Contraplano

Restos de viento

/ por Héctor Justino Hernández/

 

La peor ausencia es aquella que negamos. La que de tanto insistir se hace presente. La que, a fuerza de dejar un vacío, llena toda la vida. Quizá la mayor ausencia es la muerte y el duelo su consecuencia más inmediata. Los psicólogos suelen dividir el duelo en etapas: negación, enojo, negociación, miedo y aceptación; todas ellas intercambiables o suprimibles, lo cual suele desembocar en vivencias particulares de la muerte.


       En el cine la ausencia a partir de un deceso ha sido retratada en películas tan contrarias como Anticristo (2009) de Lars von Trier y Ghost: la sombra del amor (1990) de Jerry Zucker. Sin embargo, en general, la vivencia de la pérdida es retratada con personas mayores, en principio estables, que transitan hacia la ruina o la aceptación. La visión infantil, por otro lado, ha quedado relegada o ha sido idealizada a partir de un discurso adulto, tal es el caso de Un monstruo viene a verme (J. A. Bayona, 2016), que, a pesar de su potencia y maravilla visual, carece del intimismo que requeriría una película que pretende retratar la niñez con fidelidad.

 

         Y es que una visión que recurre a la infancia tendría por fuerza que retratar no solo la supuesta inocencia, sino las consecuencias que la muerte trae a la visión del mundo infantil, con sus altibajos y sus problemas. Esta exploración puede encontrarse en dos películas de reciente manufactura: Verano 1993 (2017) de Carla Simón y Restos de viento (2018) de Jimena Montemayor. La primera utiliza la visión de una niña para evocar la orfandad y el estigma del VIH; y, la segunda, que apuesta por una perspectiva múltiple, divide su atención entre los tres miembros de la familia protagonista.


        Restos de viento es la historia de Carmen (Dolores Fonzi), cuyo esposo ha muerto, y la historia paralela de sus dos hijos, Ana (Paulina Gil) y Daniel (Diego Aguilar), que deben sobrellevar no solo la ausencia del padre, sino también la depresión de Carmen. Esto se traduce en dos puntos de vista que se van entrelazando. Por un lado, los niños comienzan a ver una criatura misteriosa ante la cual reaccionan con temor y respeto; por el otro, Carmen entra en un abismo que la conduce a la desesperanza.

 

        En este sentido, Restos de viento presenta dos perspectivas bien diferenciadas: la madre que intenta llenar el vacío con pastillas y encuentros de ocasión (identificable a nivel visual cuando la cámara se encuentra fija o es manejada con un estabilizador); y los hijos, que a través de un acontecimiento casi fantástico exploran un mundo nuevo sin el padre (y cuyo distintivo es la cámara en mano, a la altura de los ojos infantiles). Ambas perspectivas, matizadas por la fotografía de la inigualable María Secco —responsable de la cámara de filmes tan importantes como La jaula de oro (2013), La libertad del diablo (2017), Te prometo anarquía (2015) y Club Sándwich (2013)—, van y vienen de forma que muestran el limbo que habita la madre y la manera en que los niños se insertan en esta vida negada, vida que no es vida, que les exige luchar por llenar el vacío que ha dejado el padre. Vacío materializado en un principio en el plato extra que hay en la mesa, y poco después, en la criatura silenciosa a la que Daniel se enfrenta.


        Restos de viento recurre a la fantasía construida por Daniel para ejemplificar el duelo irresoluto, pero también a la madurez temprana que Ana debe asumir. Es destacable la escena en la que frente al espejo, con el aire indiferente de Carmen, sostiene un cigarro en un intento por construir en su cuerpo aquello que no encuentra en el exterior; pretende, vanamente, ser su propia madre.


         La situación de los tres personajes crea un arco narrativo centrado en la transformación interna de cada uno. La fuerza de la película no solo recae en la cámara, sino también en el desarrollo gradual que Carmen, junto con Daniel y Ana, van adquiriendo. Cada uno enfrenta la ausencia de forma distinta. Su duelo los pone en trance de desintegración. Es la aceptación de la pérdida irremediable lo que los hará abrirse al mundo y entregarse a lo desconocido.


          Al forjar un retrato del luto y el dolor, Jimena Montemayor crea un poema visual en torno a una situación profunda, demasiado humana. La pérdida del padre (y el posterior duelo como consecuencia) es un tema ampliamente tratado en la ficción bajo diferentes enfoques, con Restos de viento adquiere una dimensión doble que recurre tanto a la perspectiva de la niñez como a la de una edad adulta obcecada por el desconsuelo. Esta ausencia resulta en una angustia profunda acentuada por el ambiente de ensueño propio del mundo infantil. Solo la resiliencia lleva a los protagonistas hacia la aceptación. Su vida ha cambiado para siempre, no obstante que el eco del padre resuene en el bosque de una edad recuperada.

 

Imagen tomada de internet.

 

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