Enérgeia

Palabras

/por Ammi Velázquez/

 

Los versos finales en “Despedida” de Teillier dictan: “Palabras, palabras –un poco de aire / movido por los labios- palabras / para ocultar quizás lo único verdadero: / que respiramos y dejamos de respirar” 1. En ellos encontramos una alusión poética que vincula la expresión lingüística con la vida misma; refleja, en conjunto, el alcance y el límite de la palabra: desgastada, no es más que “un poco de aire”, pero, en conciencia de ello, puede remitirnos nuevamente a la experiencia que llamamos vida. En este ejercicio poético, el evocador, cansado de lo evocado, libera la existencia misma de la prisión que es la palabra y vuelve a la experiencia sensorial que evoca a través de ella, paradójicamente, también a través del lenguaje. Si para la voz poética los versos son una prisión de las imágenes y experiencias de vida, en el uso diario ¿son también nuestras palabras las responsables de limitar la expresión de nuestro intercambio con el mundo?

 

         En el ejercicio lingüístico cotidiano, las palabras conforman el ancla de la comunicación con el otro. Sin embargo, es importante entender que no son un calco de la “realidad”, más bien conforman un vehículo a través del cual se produce la interpretación de la experiencia. El lenguaje lo inunda todo. Con él, comunicamos, intercambiamos y recreamos. Las palabras, signos lingüísticos, son convenciones sociales que conforman un código establecido, una estructura motivada por la percepción humana en términos de iconicidad. Así, las lenguas particulares, sistemas de signos lingüísticos en uso y función, representan una dinámica de vitalidad constante. 

 

       Humboldt (1990) afirma que “la lengua misma no es un resultado (ergon) sino una actividad (enérgeia)” 2. De esta manera, estamos frente a un actualización constante y nunca terminada del pensamiento, de esa interpretación que se hace de la experiencia. Si la lengua es enérgeia, reajuste y atelicidad, ¿cómo puede ser entendida en calidad de prisión?, ¿expandimos su alcance semántico o lo limitamos?, ¿utilizamos las palabras al punto de desgastarlas y vaciarlas? Estas preguntas nos conducen a comprender que la dinámica de movimiento y frescura de las lenguas y, particularmente, del uso de las palabras, se explicarían entonces como un juego perpetuo entre el desgaste, un vacío de significado, y la necesidad de conferir detalles.

 

         Durante el periodo de aislamiento social, los espacios para el intercambio presencial de ideas en el plano de la oralidad se han visto limitados. Las escuelas y universidades, como espacios de convergencia del diálogo, han estado cerradas ya más de un año, y, así, el intercambio de información ha requerido de otros canales, (posts, tweets, reels, entre otros). Ahora nos enfrentamos mayoritariamente a un ejercicio constante de la palabra escrita. Los usuarios de redes sociales utilizan interminables cadenas de palabras para autodefinirse, argumentar o afiliarse a determinada postura o idea. ¿Cuántos de nosotros no hemos leído hilos interminables, comentarios de comentarios, respuestas que parecen no tener fin, al punto de enloquecer y preguntarnos si tanta palabrería llegará a algún lado?

 

         Con todo ello, no intento decir que limitar este ejercicio sea lo óptimo, porque creo firmemente, como González Prada, que “con la palabra sucede lo mismo que con el agua; estancada se corrompe; movida y agitada, conserva su frescura” 3. El diálogo enriquece, nos acerca al otro y genera vínculos que permiten la colaboración. Así que, nuevamente, es necesario que volvamos a la idea de la vitalidad, de enérgeia. Es justamente en el uso constante de la palabra que residen el devenir y el cambio de un sistema. Hasta aquí he hablado en términos lingüísticos, pero seamos conscientes de que la palabra es la interpretación de la experiencia y, por lo tanto, su uso tiene serias repercusiones en la configuración de las relaciones humanas.

 

         Antes de escribir, es necesario preguntarnos: ¿tienen nuestras interminables discusiones en Facebook y otros medios vitalidad en tanto sustancialidad? Y, en términos de la metáfora de González Prada, ¿esa agitación del agua es suficiente?  Porque pareciera que solo movemos levemente la superficie y no permitimos una oxigenación profunda, una vitalidad consistente que permita la renovación de nuestro discurso diario.

 

         Podría alargar más esta cadena de palabras, pero deseo concluir expresando que estoy consciente de que la comunicación siempre estará limitada, en el sentido estricto de que no es un calco de la “realidad” sino una interpretación de dicha experiencia. Así también, en redes sociales, a través del lenguaje escrito, las cosas resultan aún más complicadas por la ausencia de elementos pragmáticos como gestos y la situación conversacional en un diálogo presencial. Sin embargo, todo esto no oculta un hecho: en nuestro afán de precisión, en protestas, opiniones (solicitadas o no), réplicas, censuras, cancelaciones, entre otros usos de la lengua, hemos desgastado las palabras al punto de que la aparente efervescencia sólo se traduce en ondas débiles, sin sentido, que nos muestran la putrefacción de nuestro estanque.

 

         En este punto, dicha lingüista —que también escribe desde una computadora y en un marco limitado para transmitir su interpretación de la experiencia, como evocadora cansada de lo evocado, expresa lo siguiente: conviene ahora despedirnos; recordar, como Teiller, que en las palabras, en ese “poco de aire”, en la dinámica de intercambio lingüístico, se esconde lo que aparenta ser más importante: “que respiramos y dejamos de respirar”; y por lo tanto, remover la superficie no es suficiente.

 

Imagen tomada de Internet. 

 

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  1. Teillier, J. (2001). El árbol de la memoria. Antología Poética. Madrid: Huerga y Fierro.
  2. Humboldt, W. (1990). Sobre la diversidad de la estructura del lenguaje humano y su influencia sobre el desarrollo espiritual de la humanidad. Barcelona: Anthropos.
  3. González Prada, M. (1976). Páginas libres. Caracas: Biblioteca Ayacucho.

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