Voluta desdibujada

Here’s something you don’t often see

/por Alan García/

 

Steve Martin es una de esas personas que nos son familiares aunque no sepamos bien qué hacen. Estoy seguro de que muchos no podrían distinguirlo por nombre, pero lo reconocerían si lo vieran. Su carrera es larga, y varias de las cosas que ha hecho (Más barato por docena, El padre de la novia y ese refrito de La pantera rosa en el que es mejor no detenerse) son lo suficientemente digeribles para que Canal 5 las siga transmitiendo.

 

          Recuerdo haber visto Más barato por docena 2 cuando tenía alrededor de diez años. Estábamos en Veracruz, pero como no me gusta la playa decidí quedarme en el hotel viendo la tele. Mis papás estuvieron un rato conmigo antes de irse e hicieron esos comentarios que, al menos en mi familia, son una costumbre cuando vemos algo: con quién estaba casado tal actor, si aquella actriz se había operado la cara, etc. Quizá fue por eso que la película no tuvo ningún efecto en mí; al punto que, hasta la fecha, no la he vuelto a ver. Sin embargo, la cara de Steve Martin se me quedó muy grabada y, por razones que ignoro, se convirtió en la personificación de cierta “comedia gringa”.

 

           Creo que a todos nos pasa: vemos a una persona haciendo algo y ya no podemos imaginarnos a alguien más haciéndolo, aunque no volvamos a saber de él en mucho tiempo. Me atrevería a decir, incluso, que no soy el único para quien Steve Martin representa el humor hollywoodense. Y es que su cara, tan plana –aunque también expresiva–, resulta sobresaliente. En efecto, sus películas y forma de actuar podrían usarse como ejemplos en un manual de comedias mainstream que apelen a la mayor demografía posible.

 

         Esas comedias, según lo que he visto, le han dado mala fama a Estados Unidos: son absurdas, exageradas, repetitivas, vacías. Pero vale la pena aclarar que el humor en ese país es mucho más versátil. Algunas de sus corrientes, aunque menos conocidas, incluso pueden considerarse innovadoras, y Steve Martin entra en esa categoría. Antes de convertirse en un actor para toda la familia, era un “estandopero” irreverente, subversivo y que, sin embargo, llenaba estadios. Su acto, a grandes rasgos, era el de un mal performer que se cree el mejor, una mala parodia de Sammy Davis Jr. o Dean Martin.

 

          Pero también hacía otras cosas. En una rutina con Johnny Carson, por ejemplo, sacó cuatro perros al escenario con la supuesta intención de hacer una comedia más universal, e interpretó una pieza musical en un silbato de Galton. Le gustaba llevar las cosas a su punto más caótico: construía mucha tensión sólo para llegar a una resolución anticlimática, pasaba de un tema a otro sin transición y, después de saltar y gritar porque sí, mostraba su talento en el banjo. Su intención era, simplemente, desafiar las convenciones del humor en la época, dejándonos sin un lugar donde apoyarnos. Como él mismo diría en una entrevista con la revista Smithsonian: “Si seguía negándoles la formalidad de una punchline,, la audiencia terminaría eligiendo su propio lugar para reírse, esencialmente a causa de la desesperación”.

 

          Suena radical, incluso hoy en día, pero no es sorprendente. Los primeros años de su carrera también fueron algunos de los más inestables en Estados Unidos. Fue el período en que la Guerra de Vietnam estaba en su punto más alto, el asesinato de Martin Luther King había intensificado los conflictos internos, la amenaza nuclear era muy latente, y el escándalo de Watergate había provocado una desconfianza generalizada hacia el gobierno. El resto del mundo no era tan distinto, pues hubo una crisis petrolera que perjudicó a casi todos los países desarrollados. Dicho de otra forma, durante el paso de los 60 a los 70 se llevó a cabo una serie de eventos cuyas consecuencias seguirían por mucho tiempo.

 

          Esto dio lugar a una comedia explícitamente antisistema. Teniendo como antecesores a Lenny Bruce y Mort Sahl –entre muchos otros–, apareció gente como George Carlin o Richard Pryor, cuya fama creció, principalmente, debido a que reflejaban la inconformidad de una sociedad que se sentía oprimida. Su aparición está en la misma línea que la contracultura y el civil rights movement, si acaso aplicando sus bases de forma distinta. Con esto en mente, podríamos pensar que Steve Martin es una anomalía: a fin de cuentas, las circunstancias no eran las más apropiadas para salir al escenario usando orejas de conejo. Pero su irreverencia y el carácter absurdo de sus rutinas también responden a la inestabilidad social e individual, pues se trata, en mi opinión, de una respuesta más radical y desafiante que la crítica directa al sistema.

 

          Debemos considerar que la segunda mitad de los años 60 también fue la época en que aparecieron las películas de Mel Brooks, los sketches de Monty Python, lo que sea que hiciera Andy Kaufman y, más adelante, los programas Saturday Night Live o SCTV en Canadá. Al igual que la generación beat, estos comediantes se habían hartado de las convenciones en su campo y buscaban reducir los límites que se les imponían. En vez de satirizar aspectos visibles del gobierno en turno, desafiaban las técnicas que habían nacido bajo el gobierno mismo; esto es, las bases culturales. Si algo nos demuestran ellos y sobre todo Steve Martin es que, en un mundo sin reglas o en el que éstas ya no funcionan, quien intente mantenerlas no es más que un chiste. Tal vez sin quererlo, tal vez con el único propósito de ser absurdo, se burla de los performers clásicos porque sus rutinas, que al mismo tiempo reflejaban una serie de valores bien establecidos, habían sido precursoras de una aparente catástrofe global.

 

          Como ya se habrán dado cuenta, el stand up de Martin tenía varias de las características que le reprocho al humor hollywoodense: era absurdo, exagerado, un poco repetitivo y casi insustancial. Sin embargo, es el entorno, aquello que había alrededor de lo absurdo, lo que marca la diferencia. Mientras que esas películas fueron hechas bajo un contexto diegético y extradiegético más o menos estable, Steve Martin se presenta en medio del nihilismo, donde unos banjos o una guía telefónica se vuelven lo más chistoso del mundo. Acabamos riéndonos, en efecto, a causa de la desesperación, pues todo lo que hay afuera es angustioso.

 

          Ahora bien, esto, aunque “natural” en varios individuos, no parece ser una reacción universal bajo un contexto colectivo. México, por ejemplo, tiene y seguirá teniendo muchos conflictos grandes, pero nunca ha habido un humorista como él o quizá no haya alcanzado ese nivel de fama. Aquí todos los elementos de la comedia (chistes, temas, personajes, clases sociales) se mantienen en su lugar, y los más radicales no pasan de decir muchas groserías. Además, aun con todo lo que pasó en 2020, no parece que vaya haber algún cambio. ¿Qué dice eso de nuestra historia, el rumbo por el que vamos y nuestra actitud ante dichas circunstancias? Ustedes háganse bolas con la respuesta. Sólo diré que, en muchos casos, el crecimiento personal y social empieza cuando aprendemos a reírnos de nosotros mismos.   

 

Algunas cosas suyas:

Stand-up para perros y entrevista con Johnny Carson (1973): youtube.com/watch?v=N9MUQuX21pQ

Presentación y entrevista con Johnny Carson (1980):  youtube.com/watch?v=N9MUQuX21pQ

Entrevista con Conan O’Brien (2000): youtube.com/watch?v=fn6Ix1CYvfc

Apariciones en el programa de Ray Stevens: youtube.com/watch?v=nyAemx7HNJ4

Monólogo de SNL con Bill Murray (1979): youtube.com/watch?v=_qIcYkEIVdc

Stand-up en el Universal Amphitheatre (1979 aunque el título diga 1984): youtube.com/watch?v=RRocmX0pF9U

 

Imagen tomada de Internet.

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com).

Tags :#comedia#Steve Martin

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