Condado

Sinfonía en Blanco y Rojo

/anónimo/

 

Las expresiones por parte de mis compañeras fueron el primer indicador de que mi gusto no era aprobado. Cada que me lastimaba solía morderme en la herida para transformar el dolor malo (así solía llamarlo), en uno placentero. Emocionada compartía este remedio con las personas, pero siempre pareció ser único en mí, un defecto de fábrica al cual me negaba a renunciar. Mi familia nunca fue de premiarnos o darnos incentivos, el buen comportamiento era algo que se debía hacer. Había una sola excepción ante esa regla: el dolor. Si alguno de nosotros se llegaba a lastimar físicamente y no había ningún lamento de por medio, los adultos mostraban su admiración. Por ello desarrollamos una tendencia de involucrarnos en situaciones que nos causaran heridas.

 

          Me encantaría agregar títulos de libros, películas o cualquier otro medio que me haya facilitado la exploración del dolor. Pero en mi memoria solo hay vivencias, muchas de ellas no relacionadas a lo sexual y una aceptación tardía de placer. Siempre he sido envidiosa de mis emociones, ningún tercero es merecedor de conocer las causas de mi comportamiento. Así que riego mis dudas con un falso orgullo convenciéndome de evitar la terapia, ya que yo misma me premio el dolor. Decidí transferir todas mis manías autodestructivas hacia prácticas sexuales, ese ha sido el germen que he nutrido desde la adolescencia.

 

          El sadomasoquismo es la escarcha que ha dejado mi distancia emocional en las relaciones sexuales. Me he vuelto incapaz de sentir placer genuino sin dicho método, es uno de los requisitos incuestionables en mi vida amorosa. Temo de mi dependencia al dolor, pero me aterra aún más la idea de abandonarlo. Cualquier acto de dulzura es una pincelada hacia un futuro cuadro depresivo, por ello evito formar un lazo afectivo con mis parejas. Se me enseño a dominar todas las situaciones y el sexo es un descanso de esa extenuante herencia familiar.

 

          Daniel ha sido el único con el que he sentido placer sin necesidad de alguna práctica masoquista. Aprendimos juntos las implicaciones sociales de un noviazgo, nos volvimos expertos en aparentar. En la privacidad compartíamos un espacio libre, hasta la fecha nunca nos hemos expuesto tanto a “otro” como en nuestra relación; a través de él me analizaba. Escribimos una serie de comportamientos que seguimos implementando con parejas actuales, sin estar juntos nos seguimos conformando. Nuestro gusto por lo hemático no era igual, él disfrutaba de lo grotesco: operaciones, heridas de tercer grado, órganos expuestos. Yo de lo estético, en especial de las marcas. En uno de nuestros intentos fallidos por obtener experiencia sexual jaló de mi cabello por equivocación. Jamás le dije que aquel dolor me había agradado, guardé esa sensación para posteriormente impregnarme del recuerdo.

 

       En ocasiones dudo sobre mi tendencia al dolor, me rodeo por una lejanía edificada de miedo. Lo mío son apenas tentativos trazos, un pequeño espasmo comparado con todas las costumbres eróticas. ¿Realmente me gusta? ¿O es parte de una defensa psicológica? Desearía que fuera lo segundo, ser yo quien decida cuando servirme o despojarme. La palabra “juego” se suele emplear para describir estas prácticas, si ese fuera el caso, yo sería la farsante. Me asqueo al informarme de todas las implicaciones sociales, no quiero ser clasificada en ello. Sigo guardando aquella primera sensación, es un lugar atemporal al cual volveré cuando ya no necesite de él. 

 

         Trace límites que nunca he querido cruzar gracias a Daniel y su posterior novia. Veía los resultados de sus hábitos sadomasoquistas con la misma expresión que mis compañeras cuando yo me mordía. Ambos disfrutaban de causar y recibir dolor, fue la primera vez que me encontré con la gama de diferencias sexuales. Sin darse cuenta fueron mis mentores e impulsaron mí curiosidad, no porque quisiera imitarlos, sino porque me demostraron que aquel defecto de fábrica había sido masivo. Ya lejos de mi familia, en la adultez, normalice mi tendencia, ignorando las posibles causas y evitando meditar las consecuencias. Construí mi sexualidad mediante fragmentos desvinculados de delicias eróticas.

 

          No sé equilibrar mis actos, me balanceo de un extremo a otro envidiando la inmovilidad. Me encuentro en un vaivén conmigo misma, y el punto catártico en donde todo se detiene es el sadomasoquismo. Un extremo se conforma por mi inexperta tolerancia al dolor psicológico, mientras el otro se constituye por mi resistencia hacia el físico. En la extraña mezcla logro beneficiarme del mareo. El movimiento impide la claridad de mis ideas, un cuadro borroso es la base de mi búsqueda por el placer. Cuando todo comienza a detenerse provocó la tormenta rechazando lo estático, para volverlo a desear.

 

         Transformo prácticas dañinas hacia mi persona en un acto estético con mi cuerpo como herramienta. La concepción de dolor se pierde cuando se transforma en arte, y esa es la mejor excusa para justificar mis gustos. No me veo envuelta en una comunidad masoquista, si es que eso existe. Esta experiencia es mía, y la recelo porque es un medio atemporal donde convivo con mi pasado. Aprendo sobre mis gustos y límites traspasando mis vivencias en erotismo, confabulando un proceso de sanación.

 

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: web.esporarevista@gmail.com).

 

          

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