Destruye lo que te destruye

Mata a tus padres

/por Paulina Meyer/

 

Mata a tus padres. Simbólicamente, claro. Cortemos ya ese cordón umbilical; no se llega a la madurez hasta que uno se separa del lecho paternal. No soy la primera en notar esto, pero las generaciones mozas padecemos del síndrome de Peter Pan. Y mi crítica no va dirigida al hecho de que hoy en día muchos jóvenes adultos siguen viviendo en casa de papá y mamá, pues los salarios son bajos y las viviendas caras. Lo que quiero resaltar es más bien nuestra ya característica infantilización.

 

          Nuestra fascinación por la nostalgia se denota en la fijación por las películas o series de televisión de los 90. Aferrándonos a nuestra niñez, consumimos una cantidad asquerosa de reboots y remakes al año. Somos felices con las regurgitaciones que las compañías nos ofrecen, asegurándose siempre de tener una audiencia adulta que pagará por ver los personajes que ya conoce pero con un diseño más oscuro. No queremos exponernos a muchas ideas o experiencias nuevas. Como los infantes que vuelven a mirar una y otra vez la misma película, nos quedamos con lo que nos es familiar obteniendo así una sensación de seguridad. Hay algo inquietante en que se nos venda nuestra propia infancia, en cómo los recuerdos añorantes se pueden tornar en un producto. 

 

         No es sólo una ofensa a nuestra inteligencia que nos ofrezcan la misma cosa pero masticada, sino que es raro ver cómo adultos pierden la cabeza por un remake que cambia ligeramente la trama o contrata a actores no blancos: “es que no es como la original”, “esta película era muy importante para mí, me duele que la cambien”. Pues sí, nosotros crecimos y el entorno cambió; las cosas no pueden quedarse congeladas por siempre. Ahora todo es más feo, lúgubre y deprimente. El cambio climático es irreversible y tenemos contados nuestros años sobre un planeta habitable. Entre más conocemos del mundo, más nos aterra la codicia del humano. Es entendible el querer quedarnos en la inocencia del pasado, pero también es, con todo y todo, cobarde.

 

          Es curioso que una generación que sigue gustando de contenido para niños al mismo tiempo se autodescriba como el grupo más comprometido con los problemas de índole social. Pero si somos críticos, notaremos que nuestra idea de activismo se limita, la gran mayoría del tiempo, a retuitear o repostear frases cortas o ideas acomodadas en viñetas. Todo ya pre hecho y sencillo de digerir.

 

         Cuando tengo conversaciones con mis compañeros respecto temas como el feminismo (el cual obviamente apoyo), he notado que muchos sólo repiten aquellas frases que han leído en internet y no son capaces de formular sus propios razonamientos. Tendemos a asumir una noción simplista y totalizadora del mundo, e igual que los pequeños, no señalamos los matices y las complejidades sistemáticas. Las relaciones humanas no se pueden clasificar puramente entre víctima y victimario. No todo es blanco y negro. 

 

          De hecho, los jóvenes de hace cincuenta años, tanto los hippies como los integrantes del Movimiento Estudiantil, se tomaban mucho más en serio las luchas sociales; no sólo sabían repetir ideas y máximas, sino que cambiaron radicalmente sus estilos de vida para mostrar concordancia. Pero, curiosamente, solemos desacreditar a nuestros mayores y los etiquetamos de retrógradas poniéndonos en un pedestal erigido por el aprendido discurso de lo políticamente correcto. Así que tal vez no seamos la generación más anti-racista, pro-derechos de la mujer, aliada a la comunidad LGBTQ+ o ecofriendly. Por lo menos no cuando publicamos historias sobre el reciclaje en Instagram y luego compramos fast fashion, porque expresar materialmente nuestros gustos es más importante que el medio ambiente.  Seguimos ocupando un territorio de resistencia demasiado cómodo, hipócrita y pueril.

 

          Comprendo que uno de los problemas del capitalismo es que hace que sea casi imposible de existir sin tener que participar en el sistema, pero quiero destacar que los jóvenes de los años 60 lograron crear comunidades que operaban de maneras directamente opuestas a las del sistema hegemónico. Es decir, hay maneras de establecer mejores resistencias, pero se deben de centrar alrededor de la unidad para así abandonar el individualismo que amenaza con destruir al mundo humano. Se deben de crear comunidades en el sentido del estar-con-otro, no el de comunicarte siendo mediado y delimitado por un aparato electrónico. Reitero que estamos en un estado crítico en el cual la supervivencia de nuestra especie está en juego y considero que la única forma de luchar contra el sistema y, por ende, contrarrestar el cambio climático, es generando movimientos masivos y reaprendiendo cómo interactuar con el humano y el otro. Pero nunca aprendimos a compartir, hemos olvidado cómo ser una colectividad que sepa dar y recibir. 

 

          Incluso nuestros hábitos alimenticios se sienten infantilizados, consumimos sólo lo sabroso, esponjoso o de colores llamativos. En vez de buscar sabores complejos o con relieves históricos, como el mole, nos vamos por lo dulce y grasoso como si tuviéramos un paladar todavía subdesarrollado. No sabemos masticar lo fuerte y complejo, no sabemos estar en posiciones de incomodidad y ayudamos a agrandar así una industria responsable de contaminar nuestra tierra y de usar a humanos como esclavos modernos.

 

          Nuestras nociones sociales tan, nuevamente, infantiles, no me parecen sorprendentes cuando considero la popularidad de las películas de superhéroes. Estas producciones, que repiten las mismas estructuras narrativas, suelen exponer una visión del mundo que lo  limita a las dicotomías: héroe-villano, bueno-malo, estadounidense-extranjero y, cuando amanecen aventureros, avientan a la mezcla a algún antihéroe carismático. Sus mensajes son igual de decepcionantes. Con casi cada desenlace se reitera la idea de que la bondad y la justicia son verdades universales sostenidas por la meritocracia. Pero en el mundo en el que vivimos la suerte de muchos está a la mano de los intereses personales de algunos pocos y muy millonarios individuos. Y ninguno de ellos es Ironman o Batman.

 

         Mata a tus padres. Para ser adultos y enfrentarnos al mundo como uno, tenemos que salir de nuestros nidos de comodidad, tenemos que alejarnos del seno caliente y aventurarnos a la fría intemperie. Tenemos que matar a nuestros padres, es decir, alejarnos de nuestra protección infantil y abrirnos a lo complejo y feo, a lo que está detrás de la pantalla. Y el primer paso para esto es el desengaño: el desengaño de los finales felices, de los cuentos de hadas y héroes. 

 

 

Imagen tomada de Internet.

 

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