Lengua desenvuelta

Jomsik

/por Valeria Enriquez/

 

Los días corren distintos cuando uno está en un lugar nuevo, extraño. Igual que las palabras cuando se habla un idioma que no es el propio. En pocos días se cumplirán dos meses desde que llegué a Corea y un mes desde que mi uso del español ha sido casi nulo —a excepción de las veces que me cruzo con otro estudiante de México y nos saludamos brevemente, o cuando alguno de los estudiantes internacionales intenta decir alguna frase en español.

 

          Me pregunto si la cadencia del español me sigue cuando hablo inglés. Espero que lo haga… a veces. Porque otras deseo tener un acento tan perfecto y limpio como los otros estudiantes, un acento casi nativo. Pero, en días como hoy, solo quiero que el español me haga compañía.

 

          Hoy es uno de esos días, o quizá el primero, en el que realmente siento que algo me hace falta: el hogar. No, no el hogar, más bien el comfort que este me ofrece. No me refiero a la comodidad o la seguridad, sino a ese sentimiento de calidez, esa sensación de que estás y no necesitas más que eso.

 

          Durante los días anteriores, aunque algo alocados y con poco tiempo para siquiera pensarme a sentar…sentarme a pensar, he extrañado muchas cosas. Personas, en especial. Y con ellas el español. Quién diría que, después de dedicar años en conseguir un acento near native en inglés, ahora quisiera que el español hallara espacio entre las rendijas de los sonidos anglófonos, solo para sentirme un poco más cerca de casa, de las personas. Y no es que no conviva con la gente, en realidad todos mis días son demasiado ruidosos, llenos, y quizá un poco más divertidos de la cuenta; más bien, no deja de haber una barrera entre yo –mi yo real– y el otro.

 

          ¿Cómo le explicas a alguien el sabor de los tacos de canasta? ¿Cómo describes el olor de una panadería mientras se hornea el pan? Y aunque existan las palabras en otro idioma para responder estás preguntas, ¿son suficientes? ¿No hace falta también experimentarlo?

 

          La barrera sigue ahí, latente. A ratos se desdibuja. Se aligera después de una taza de café y una plática bastante interesante sobre el sistema educativo en Alemania. Mi lengua se encarrera, estoy a punto de cruzar la meta sobre estos patines llamados inglés que comienzo a sentir estables. Entonces, el muro aparece de nuevo, ya no como una hoja de papel o un garabato, sino como una gran pared, a veces hecha de ladrillos, a veces de metal. También, descubro que los patines sobre los que ruedo son, de hecho, inestables y el intentar frenar termina de empeorar las cosas, pierdo una rueda en el camino. Me estrello. A veces solo resbalo por la pared fría. Otras, las irregularidades en la planicie se incrustan en mi piel. Sangro.

 

          Me duelen tres cosas: mi inglés, mi español y mi comunicación. Bueno, quizá todos esos años de arduo trabajo intentando mejorar mi inglés han servido para poco. El inglés. Mi inglés. Me frustra. El sentimiento conocido como homesick me abraza, sabiendo “si esta persona hablara español, si conociera México, entonces podría explicarle”–pero de nuevo, ese no es el caso, pues si conociera México, no habría necesidad de explicar nada. Me llena, también, una ansiedad. Se supone que trabajo con las palabras, ese es el objetivo final de lo que estudio, y si no puedo usar las palabras para hacer que alguien experimente –aunque sea a través del idioma– lo que es darle una mordida a esa torta de tamal de rajas, cómo el picante tintinea en la lengua y la textura suave y lo salado del queso contrasta pero acentúa las notas del chile, then what? Did I choose the wrong major?  ¿No soy, entonces, suficiente para llenar el ancho de lo que se espera de un estudiante de mi campo?

 

          La pared crece con cada golpe que recibe. Y me aleja, cada vez más, de casa allá y de casa aquí. Quisiera derribarla, quizá terminar muy lastimada, pero finalmente lograr cavar en ella un agujero para que colapse. Pero eso no ocurre. Como una cicatriz, sigue creciendo y creciendo, apartándome más de mi objetivo. Espero pacientemente, trato de recuperarme e intentar de nuevo. Quizá la próxima vez pueda frenar o tal vez girar justo a tiempo para evitar el golpe inminente. Aunque en días como hoy siento que la pared me aislará para siempre, que seguirá creciendo y haciéndome retroceder. O quizá no crece, siempre ha sido de ese tamaño y con cada golpe que doy –me doy– solo descubro una nueva parte que no había visto antes.

 

          Quizá la barrera está en mí. 

 

          Quizá la barrera está en nosotros.

 

          Porque un idioma está tallado y moldeado por la cultura, la sociedad. Y aunque nuestra proficiency sea tan buena como la de un nativo –o quizá seas un nativo–, siempre existirá un espacio, una pieza del rompecabezas faltante, porque vemos el idioma desde afuera. Aquí todos somos extranjeros. Incluso de nuestro propio idioma.

 

          Espero pronto poder desmantelar bloque por bloque esta molesta pared de ladrillos y hacerla caer como un Jenga –si eso es posible, aunque lo dudo, al menos hasta desdibujar las fronteras. 

 

          Pero será otro día, porque en días como hoy, lo único que desearía poder hacer es estar cerca de las personas, mis personas, sabiendo que puedo abrazarlas y decir una oración en español que más bien parece una encrucijada, con la profunda seguridad y calma de que van a entenderme. Hace cerca de dos meses que nadie me entiende. Me pregunto si alguien aquí podrá realmente hacerlo algún día.

 

 

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: web.esporarevista@gmail.com).

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