Condado

Los lamentos de un violín

 

En sus muñecas siento su pulso. La sangre en sus dedos palpita y sus palmas se humedecen evidenciando el creciente nerviosismo. Ha estado llorando antes de esto, nerviosismo o dolor, sus ojos enrojecidos son el único vestigio de ello. Sus compañeros murmuran a su alrededor, las miradas le recorren de pies a cabeza, mas, su porte se mantiene indemne.


            Filas de personas elegantes, todas guardan silencio y esperan a que el concierto continúe. El aire susurra al cruzar por sus labios, la tranquilidad no es más que un engaño para sí mismo. Las luces se atenúan, sus compañeros están listos, los ojos de todos fijos en su figura, esperando que comience, y sólo yo veo cómo sus ojos se vuelven acuosos. Sus párpados cubren su vista y su frente se llena de arrugas.


            Con una caricia, la primera nota surge. La tristeza de su tacto fluye sobre mí, abrumándome hasta el punto de hacerme llorar, acompañando su penar. Sus dedos se frotan contra mí, presionan y estiran mis cuerdas hasta que cedo ante su fuerza y canto, aunque mi voz sea sólo lamentos; un canto lastimero que acompaña su llanto.


            Un sonido diferente ingresa al teatro. Ritmo constante y lúgubre, va en contra de las notas de la melodía. En él también existe tristeza, pero el furor en sus ojos es mayor a la pena de su alma. Miradas que vienen y van, lleva un esmoquin negro y zapatos de cuero que reducen el sonido de sus pisadas. Mas, aun así, su ritmo es constante, y su sonido se funde al mío.


            La velocidad aumenta, el ritmo cambia y los tonos suben y bajan tan rápido, que apenas si se puede apreciar el modo en que el arco me toca. En mi vientre siento las vibraciones cómo son cada vez más constantes que apenas si soy capaz de soltar un jadeo. Los violonchelos suspiran en el fondo y el coro de violines genera énfasis en el Allegro moderato de Giuseppe Tartini. Como acentuamiento de las notas bajas, el eco de una lágrima se pierde junto al resto de las notas, pero la siento cuando corre por mi madera, luego cae al proscenio.


            La presencia de él, idéntica a la de antes, misteriosa y lúgubre. La mirada sobre el intérprete sigue siendo fija y torva, impenetrable; las notas gritan con fiereza un mensaje, mas todos han sido hechizados por la música, así que nadie es capaz de descifrarlo. Todos mantienen ojos y oídos abiertos, pero las señales son desapercibidas. Las notas que se aferran a las paredes, a las bancas y a los pensamientos; los movimientos bruscos del intérprete, son todo lo que los ojos alcanzan a ver.

            La dificultad de las notas aumenta y el clímax está sobre nosotros. Puedo ver la inseguridad en sus ojos al saberse concertino, ninguna nota ha salido mal hasta ahora, los ensayos han servido, pero ¿será eso suficiente? ¿la velocidad del ritmo hasta ahora ha sido correcta? ¿de qué forma habré de llevar al público al éxtasis con mis notas? Y luego, su expresión se oscurece, pues aparece él. ¿Cómo habrá de enfrentarlo una vez baje del escenario? ¿Qué palabras debería de elegir para marcar un final? ¿El sentimiento será igual para ambos o intérprete y amante habrán de diferenciarse más?


            Perlas de esfuerzo llenan la frente del intérprete, sus manos tensas sobre mí y mi complemento que quema mis cuerdas con cada roce. Con cada movimiento, siento sus sedosas cuerdas desgastándose: la unión con la madera a punto de ceder y el terror me invade al ser consciente de que podría ocurrir lo mismo conmigo. Las voces de los instrumentos se elevan, en conjunto, llegando al clímax de la melodía. Un escalofrío recorre al público y al artista mismo. El cambio abrupto de tono a tono requiere de velocidad y mis jadeos apenas si son suficientes para alcanzar el ritmo necesario antes de sentir el ardor del látigo de uno de los hilos del arco que ha cedido.


            Puedo sentir su temblor y el público entero contiene el aliento. El corazón del intérprete a punto de salir del pecho, mis cuerdas ardientes que parecen desvanecerse sobre mí, el polvo de mi existencia se opaca al sentir el carmesí de los dedos mientras cambian de una nota a otra. Temblores, respiración, llanto, la preparación de una vida, todo lo que siempre se ha querido, está siendo expuesto durante esta noche. Al violinista le tiembla la mano, mientras una fría gota de sudor comienza a correr por su frente. Su futuro y el mío, en juego ante el sonido de una composición barroca.


            El dolor suplicante del amo, mi necesidad de hallar la paz… ¿Acaso él también desea encontrar el final? ¿Busca con todo esto recuperar los brazos del intérprete y conciliar el descanso eterno? Las predicciones siguen en el ambiente, atentas miran la mano que reside en el bolsillo y tiemblan temerosas al ver una sonrisa ladina surcar sus delgados labios. Él se muestra atento al concierto, pero su mente siempre ha gustado de divagar, olvidándose de la realidad y gozando de imaginar obras macabras.


            Un nuevo contraste entre graves y agudos: la siguiente sección de la sonata. El descenso da inicio.


            Las notas graves reaparecen con un ritmo más suave, la respiración del público reaparece. Sonidos agudos cortan el aire de forma bella, con el final casi al alcance de mi arco, hasta que los lamentos encuentran su final con una bala dejando su casquillo.


            El final de la sonata. Amo e instrumento, muertos en el escenario.

 

 

 

 

 

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