Destruye lo que te destruye

De la vez que me enfrenté a un culto

/por Paulina Meyer/


Cuando se dice “culto”, las siguientes imágenes aparecen en el imaginario colectivo: los 70, Estados Unidos, Tom Cruise, cienciología, etc. Pero difícilmente podríamos sospechar que el curso al cual nuestro amigo o primo acude en las noches usa como base métodos tétricamente similares a los de Synanon, uno de los cultos más peligrosos y violentos de Norteamérica según el escritor Matt Novak.

 

            La primera vez que me topé con esta cepa de aquel monstruo fue durante la preparatoria: un compañero me comentó sobre un maravilloso curso que estaba tomando. Pregunté de qué se trataba y contestó que era difícil de explicar, que tendría que vivirlo. Es más, que yo era perfecta para esa experiencia; una chica especial con una gran luz oculta. Esa tarde me mandó un documento de inscripción y, desorientada por su insistencia, lo rechacé. 

 

            La segunda vez el monstruo me atrapó. Un familiar muy cercano me contó de un curso que tenía que tomar, que me cambiaría la vida y resolvería todos mis problemas. No diré el nombre de la empresa, pero daré una pista: estos esquemas piramidales suelen empezar con la palabra “México” y terminar con un verbo que nos remite al creacionismo. Este familiar sentía una gran aprensión porque yo me enrolara en el siguiente grupo y, considerando que él iba a pagarlo (es decir, más de cinco mil pesos), accedí. 

 

           La primera fase del curso, la “Introducción”, ya mostraba señales de alerta. Cualquier persona que llegara tarde o quisiera irse era confrontada por el orador, frente a 40 personas. Le alzaba la voz, le decía que estaba rompiendo un compromiso consigo mismo, le cuestionaba sus ganas de mejorar, su amor propio. Las sesiones eran entre semana, comenzaban en la noche, duraban hasta la madrugada y se podían extender si el orador quería. De igual forma, debíamos de llamar sin falta a nuestro miembro del staff designado todas las mañanas para monitorearnos y asegurar que no faltáramos ni una vez sin importar la razón. Muy pronto, entre trabajo o escuela y el curso, estábamos agotados físicamente. Una vez, el staff me hizo prometer que en la sesión de ese día iba a compartir cuestiones privadas a pesar de no querer hacerlo. Debido al hostigamiento que sufriría si no lo hacía, me forcé. Porque ahí no existe el no, sino el “¿o no puedes o no quieres?” (al igual que varias otras máximas que nos hacen repetir como “el universo conspira a tu favor”, “lo que te choca, te checa”, etc.)

 

            Después de esa nada liberadora sino humillante experiencia, se hizo una actividad en la cual debías rodear primero a la persona que más te pareciera magnética, atractiva o admirable, y luego a aquella que te pareciera lo contrario. Y claro, tenías que decirle a él y a todos tus razones. El haber sido vulnerable me abrió a comentarios positivos, pero también a ataques personales de extraños. 

 

            No fue hasta años después que comprendí las tácticas que usaron gracias a un documental sobre el culto de Synanon. Synanon, fundada en 1958 en California por Charles E. “Chuck” Dederich como un centro de rehabilitación para adictos, empleaba una polémica técnica llamada terapia de ataque. Se basa en enfrentar, humillar o denunciar agresivamente a un sujeto, ya sea en grupo o por un terapeuta (aunque claro, en este curso, ni el orador ni el staff ni nadie es un psicólogo certificado). Un recuerdo vívido que tengo fue una actividad que consistía en ir de grupo en grupo y contar, ante cada aglomeración, una experiencia que nos haya impactado tremendamente. Luego, cada miembro debía decirnos qué impresión le causamos, sólo que no estaba permitido decir cosas agradables (o se te acusaba de evitar hacer el ejercicio). La vileza y crueldad eran promovidas ante la excusa de la sinceridad y la búsqueda de la autoreflexión. Otra actividad era compartir tu mayor sueño o deseo y que otro grupo de personas te gritara cosas desmoralizadoras, siendo el pretexto la resiliencia. Así, varios otros momentos incluyeron gritar y ser gritado hasta perder la voz junto con la señalización de todas las imperfecciones percibidas, técnica que también se usa en el mundo militar para descorazonar a los soldados y volverlos maleables. 

 

            Tras cada sesión de llanto, más pequeños y obedientes nos volvíamos. Luego llegó la segunda fase del programa, el EIP. El costo era de casi diez mil pesos y debía ser pagado antes de su comienzo sin excepciones. Nos pusieron en dos líneas, una donde estábamos todos los que terminábamos el curso introductorio y otra a la cual debíamos cruzar si queríamos tomar el EIP. Las personas que se amaban a sí mismas cruzarían, aquellas que buscaban lo mejor para sus hijos, con un deseo de tenerlo todo en la vida. Si alguien lo hacía, todo el staff se caía en aplausos y vitoreos. Yo crucé. 

 

            Las técnicas manipulativas del EIP eran todavía peores. Al igual que en Synanon, se nos compartía una visión utópica del mundo y una sensación de ser aquellos elegidos con el poder de instaurar el famoso y abstracto “cambio” a través de la enseñanza de un secreto que nos daría la clave para el éxito absoluto. Se nos asignó una pareja. La regla de oro era que, si una parte del dúo decidía irse, la contraparte no podía terminar el curso aunque ya hubiera gastado casi diez mil pesos. Esto nos llevó a muchas situaciones en donde perseguimos al fugitivo para convencerlo de quedarse, ya que el que alguien se fuera significaba una derrota para todos resultando en gritos y amenazas. Los miembros de Synanon no tuvieron tanta suerte: al tratar de huir, Phil Ritter fue golpeado con tanta violencia que su cráneo se fracturó y entró en coma.

 

            Por suerte, tras el EIP me salí. Esto claro, no sin antes recibir mucho hostigamiento por parte del staff. No viví lo que fue la última fase, que es el GAP, pero sé que en esta parte final se hace un campamento en el cual se vendan a los sobrevivientes para que así no sepan a dónde son llevados. También se les da un brazalete único y especial con frases como “soy fuerte, amable y amoroso” y un uniforme para su “ceremonia de graduación”. No obstante, sólo aquel que logra enrolar a una docena de personas para el curso de introducción logra graduarse, lo cual lleva a muchos a extremos como pagar las cuotas de dichas personas, y también explica la actitud neurótica de mi compañero de la prepa y mi familiar. 

 

            Tiembla Mary Kay, tiembla doTERRA pues este es el nuevo modelo de fraude empresarial en donde en vez de ofrecer labiales o aceites te venden algo irresistible: la promesa de mejorar tu vida y la superación de tus traumas. Los graduados del GAP luego se vuelven el staff de las próximas generaciones, entrando así en un ciclo que los lleva de víctimas a abusadores. Al mismo tiempo, este trabajo se hace gratis, lo cual significa que los únicos que obtienen algún tipo de remuneración son aquellos que están en la mera punta, igual que en los esquemas piramidales.

 

            Tras involucrarse en la desaparición de Rose Lena Cole, intentar asesinar al periodista Paul Morantz y varios otros cargos de violencia y terrorismo, Synanon fue clausurado en 1991. Pero México ____ sigue abierta y contiene varias sedes en toda la república y, a pesar de no ser tan extrema como el culto en el cual basa sus prácticas, es importante recordar que Synanon comenzó como un espacio de autoayuda hasta agravarse en aquel nido de abuso y codicia que ha quedado tan marcado en la historia estadounidense. 

 

            Tenemos que preocuparnos por el hecho de que existan empresas perfectamente legales como estas, sobre todo cuando se excusan con una misión llena de ideales nobles que creen que justifican cualquier medio. Y la única manera de tronarlos es dejar de serles lucrativos. Busquemos, en vez, la ayuda de profesionales certificados, como psicólogos, psiquiatras y teurapeutas. Me faltaron muchos otros detalles, pero aquí se concluye la historia de la vez que me enfrenté a un culto.

 

 

 

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: web.esporarevista@gmail.com).

 

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