Condado

Estás viendo y no ves

/ por Rodrigo Lichtle/

 

Generalmente cuando pienso sobre mi pasado lo primero que me viene a la mente es aquello que no puedo ver del todo. No recuerdo gran parte de mi infancia, hay varios años en primaria que para mí parece que no existieron, y esto llega hasta secundaria. Entre lo poco que recuerdo yo, u otros me han dicho, son estas escenas:

 

  1. Un niño de unos cinco, seis años está tratando de aprender a hablar de nuevo ya que entendió mal el idioma mientras crecía. Le da a su maestra, en una caja envuelta con papel de regalo, una cinta adhesiva para que, durante la clase, se la ponga a su recién nacida y no interrumpa la sesión.
  2. Un chango recorre toda velocidad su jaula hacia el niño y le quita los lentes. Pierde la vista. Entre manchas, puede cómo el chango muerde y dobla el aparato.
  3. Una máquina corta mi cornea. Cuando un doctor la levanta, paso a ver una espiral verde que gira de manera centrífuga en un fondo completamente negro. No tiene sentido por qué veo eso. Cuando mi cornea regresa a su lugar veo con neblina. Un día después veo casi perfecto.

 

        Espero que estas imágenes lo muestren, pero en retrospectiva mi identidad se moldeó a través de lo borroso. En muchos casos tiendo a relacionarlo principalmente por mi uso de anteojos, pero al mismo tiempo siempre he tenido presente la falta de memoria y de entendimiento, que incluso llega hasta hoy. Manchas que no se identifican, como esas imágenes, separadas, no hiladas, solo ahí. 

 

        Regresemos a la primera escena. A mis tres o cuatro años, en jardín de niños, las maestras comentaron a mis padres que era imposible entender mi idioma. No es que hubiera formado una lengua nueva (ojalá): había entendido mal el español. Lo deformé, terminé hablando diferente. Entendía, pero no era entendido. Borraba las reglas sintácticas y la combinación de fonemas que los otros usaban y hablaba con mis propias construcciones. Incluso años después para mí era complicadísimo pronunciar “código”, y todavía me es difícil pronunciar bien algunas palabras. Mi logro es poder pronunciar sin problema “tres tristes tigres tragaban trigo en un trigal”, algo que cada mañana, antes de dejarme en la escuela, mi padre me hacía repetir. No me sé otro trabalenguas; comoquiera, no podría decirlo fácilmente. El lenguaje, mi herramienta principal para el mundo, estaba mal interpretado: transformado. Lo que provocó es un aislamiento claro, que aún percibo. Especialmente en la dificultad de hacerme entender en muchos casos y, en otros, de que los demás me escuchen.

 

       Poco después de aquella escena, mis padres se dieron cuenta de que no veía bien. Ahora era una falla biológica, no una incomprensión propia de algo externo. No fue hasta que me compraron mis primeros lentes cuando descubrí que los árboles tenían hojas, antes eran manchas verdes sobre una mancha café. Lo que veía eran caras irreconocibles, gestos que se borran y confunden. Debido a mi imposibilidad de comunicarme y aparte reconocer a otros, mi caminar se volvió distraído, intentado evitar ver a los otros por miedo a no reconocerlos. A esto se sumaba entonces ese miedo a no poder comunicar, por lo que hablaba casi en secreto.

 

         Mi mundo se componía de deformaciones, cosas mal vistas o entendidas que tenían que ser reinterpretadas. En la mañana, mi primera acción era tomar y ponerme los lentes. Mi identidad también se formó con este objeto, una identidad preestablecida, claramente falsa, pero compuesta de ideas relacionadas a aquellos que usan anteojos. Se podría decir que sólo yo me entendía a mí mismo, incluso ya hablando español-no-rodrigiano. En este español, el común, sólo puedo pensar en orden, como supongo puede verse en este texto. Sin esa búsqueda de orden, incluso de dividir y crear incisiones para aclarar, ver cada elemento de cerca, sin esto caigo de nuevo en que los demás no me entiendan. Veo el orden como algo autoimpuesto, que da un cierto sentido, pero dirigido a los demás.

 

         Dados la miopía y el astigmatismo, empecé a establecer una relación entre ver y pensar borroso. Lo segundo siendo una duda constante sobre las cosas, atrapado entre la imposibilidad de entender y comunicar. Un mundo definido no por lo que comprendía sino por aquello que no. Desde conceptos e ideas hasta las demás personas. Todo lo sentía distante. El chango fue capaz de despojarme de la vista sólo con un movimiento, de ver perfecto a solo manchas. Perdía parte de mí, como ese objeto identitario. Mientras veo, repitiendo la escena, una bola que parecía destruir los lentes, no dejo de pensar que de cierta forma acababa con algo de mí. Supongo que en la duda de quién soy, incluso como una persona que desde el principio le era imposible describirse para otros, los anteojos eran una salida fácil a la pregunta. Entre prejuicios o suposiciones, era todo lo que significaba usar lentes, no tenía que ser otra cosa más.

 

          La última escena: una operación para perder la borrosidad. Realmente nunca estuve seguro, de nuevo, relacionaba mi vista con mi forma de pensar. Temía perder algo, y tal vez así fue. Tan sólo perder un objeto que de cierta forma me describía, que tomaba como propio de mi subjetividad me hizo pensar en qué quedaba después de eso. Ahora me cuesta imaginarme exactamente cómo veía con miopía, sólo recuerdo que borroso, más no exactamente cómo se deformaban las manchas, que vería y que no, a qué distancia. Aunque perdí los lentes, mi subjetividad la seguí definiendo a través de lo borroso, lo sigo haciendo. Es más, desde la operación varios días me aferro a los anteojos, aunque ya no necesite usarlos. Supongo busco encontrar algo en usarlos, esa salida fácil antes planteada. Puede que también me gustaba una cierta mediación de la realidad, unos cristales capaces de cambiar el mundo, suavizarlo, interpretarlo por mí ya que yo había probado ineficiente en este sentido. Pero igual me deja entonces la pregunta de qué queda tras perder los lentes y dónde dibujo aquello que me define. Si retomamos las imágenes entonces todos son elementos ya de cierta forma perdidos u olvidados: el lenguaje propio, los lentes y la operación. Asimismo, el pasado que, repito, lo veo aislado de mí mismo, como si solo fuera una historia que me han contado. 

 

          Me mantengo en un estado de incomprensión de qué soy y qué fui después de la falta de recuerdos. Divido mi pasado como esas manchas, bloques que agrupan cosas que no se entienden sin poder conectarlo al presente, como si todo lo que he vivido me lo hubiera contado alguien más. Siento en sí una disociación de mí mismo, como si no comprendiera cómo llegué al momento presente. Supongo que en parte ahí se encuentra también lo borroso.

 

 

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