Carta Editorial
La primera vez contemplé mi cadáver como todos los hombres / eran huérfanos estos ojos / de piedras pupilas. / Decido parar hoy por aquí, a su lado. / Hago como que no lo veo porque sé qué se siente que lo miren a uno. / Las paredes cubrían todo, solo un atisbo de luz, / detrás una oscura sala. / Así nació mi ceguera: / Al voltear, ya no distinguía a la arboleda del horizonte. / De ahí en más cada noche una voz, / por una fuerza extraña / atrapada la imagen de ese armatoste capaz de helar o conservar la carne que alguna vez pensó y anduvo.
– Las editoras