Helarte de vivir

Del acoso, las áreas grises y otros demonios

/ por Beatricia Braque/

 

El siguiente texto puede ser detonante para ciertas personas debido a que trata un caso de abuso físico y psicológico. Recomendamos discreción.

 

Hace unas semanas leí una columna de Jazmina Barrera titulada «Maestros amigos. ¿Dónde empieza el acoso?», en donde habla abiertamente de sus experiencias personales. Desde ese día no me puedo sacar de la cabeza todo lo que yo viví. No quiero ahondar demasiado en el tema, pero creo que es importante que tengamos este tipo de diálogos. El 8 de marzo, camino a la marcha, hablé con mis amigas sobre este artículo y todas reflexionamos sobre las distintas dinámicas y el tipo de convivencia que tenemos con nuestros profesores. Jazmina hace sobre todo hincapié en las «áreas grises», las cuales no puedes identificar fácilmente como acoso, digamos que son los primeros síntomas. Pueden ser desde comentarios fuera de lugar, hasta miradas, mensajes a deshoras, cercanía física innecesaria e incómoda. Nos han enseñado a minimizar este tipo de actitudes. Hemos interiorizado un discurso en el que nos decimos a nosotras mismas que quizá exageramos, que solo está siendo amable, que estamos malentendiendo las cosas. Entre la confusión y no entender qué es lo que sucede no dices nada, y avanza.

 

    Creo que esta es la forma en la que comienza el acoso, con cosas sutiles que pasan inadvertidas. Supongo que en este tipo de casos preferimos ignorar y dar el beneficio de la duda, por el conflicto interno que generaría reconocerlo. Asumir que alguien te está acosando implicaría tomar cartas en el asunto. ¿Pero qué cartas puedes tomar? En una situación así nadie sabe a ciencia cierta qué hacer. Ignorar a la persona puede resultar en actitudes más agresivas, confrontarlo también. Fingir demencia parecería ser la forma más segura de lidiar con ello.

 

    Cuando estaba en la prepa por alguna razón comenzaron a darnos clases optativas de cine, y vaya, estaba fascinada. Supongo que el profesor de esta asignatura vio esto y lo utilizó para enredarme. De manera inconsciente me encontré de pronto en un área gris, en la que tenía largas conversaciones con él preguntándole más sobre algún director o pidiéndole recomendaciones de películas. En aquel entonces existía Blockbuster y tenían una sección de «cine de arte». Poco a poco renté todas esas películas. Después comenzaron los mensajes a deshoras. «¿Qué haces?», «¿Cómo estás?». Debo aclarar que a mis 18 años yo no veía nada de malo en eso. Él tenía 33. Y como todas las series de eventos desafortunados, existieron más factores para que me enredara. Recientemente me habían diagnosticado con trastorno bipolar, así que me encontraba vulnerable, frágil y aislada, cosa de la que él también se percató. Me hizo sentir especial, todo el tiempo me decía lo inteligente que era, lo buena que era en la clase y lo bien que escribía. Hablaba sobre mi enorme potencial. En aquel entonces incluso escribí un guion que él insistió que podía dirigir conmigo. Yo veía todo esto como un gran halago, más en la situación de desequilibrio emocional tan fuerte en la que me encontraba. Me invitó a salir por un café. Acepté.

 

    ¿Pero qué hacía un hombre de 33 años invitando por un café a una alumna 15 años menor que él? ¿Qué tan consciente podía estar yo de todo lo que implicaba aceptar esta invitación? Recordarme a esa edad me provoca una tristeza que no puedo describir con palabras. Saberme tan necesitada de atención, de aceptación, sentir que alguien genuinamente quería ayudarme y veía potencial en mí, saberme especial. Y fue así como terminé teniendo una de las relaciones más destructivas y enfermas que he tenido en mi vida. Lo que comenzó como un área gris terminó en un abuso. Terminó con él borracho manejando un coche en carretera diciéndome que nos íbamos a matar. Terminó con él amenazándome con suicidarse por querer irme a estudiar a otra ciudad. Y cuando cortamos comunicación, terminó con él amenazándome con proyectar públicamente un video que nunca existió.

 

    Pensé todo esto en el asiento trasero del Uber que me llevó a la marcha junto con mis amigas. Cuando llegamos y vi a tantas mujeres congregadas, sentí las mismas ganas de llorar que estoy sintiendo ahora, pero no era el momento, esperé hasta hoy para hacerlo. Pensé en las razones que tendrían las mujeres a mi alrededor para marchar. A todas nos han violentado de una forma u otra. Antes de comenzar la marcha nos repartieron un protocolo de seguridad. Sentí miedo porque recordé todo aquello que me tenía ahí, todas las veces que he sido acosada, lastimada. Y era todo un torbellino que de pronto desapareció cuando sentí una mano en mi hombro. Y supe que no estaba sola. Y caminé con mil mujeres, y grité hasta que ya no pude más. Grité con enojo, con tristeza, y saqué todo mi dolor. Bueno no todo, el resto de ese dolor está aquí, y espero que se quede en esta columna. Espero que si alguien la lee y reconoce estas áreas grises pueda alejarse a tiempo, y que no acepten esa invitación que parece inocente, que no acepten ese aventón a casa, que no respondan esos mensajes ni llamadas.

 

    Y si sucedió, como nos ha sucedido a tantas, yo te creo. Y jamás te culparía, culpo a los tipos que abusaron de su situación de poder, culpo a las instituciones que los encubren, culpo al sistema.
No estás sola. Juntas somos más fuertes.

 

 

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com)

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