Analectas

De cuando las calles fueron nuestras: #8M

 

El momento en que se escucha el primer grito de «ahora que estamos juntas», cientos de mujeres hacen eco con dolor en la garganta. «Una sola no puede, pero todas juntas sí podemos», dice una activista durante su discurso, a lo que las demás responden: «tranquila, hermana, aquí estamos». «No tienes que ir sola, yo estoy contigo». Volteo a mi alrededor. Mujeres, niñas, familias, no binarios, varones, parejas, personas mayores, con discapacidad, racializadas, trans, queer, «bolleras»—hermanxs. Comienzan los cantos y alguien entona «no estamos todas, faltan las asesinadas». 

 

         Ahora que estamos juntas…

 

        Marchamos por las que no están, gritamos por las que ya no tienen voz, le decimos a las que quedan que esta sororidad es suya. Salimos a marchar porque queremos vivir en paz, queremos estar seguras. Me acuerdo de las madres mexicanas llorándole a sus hijas. «Se te van a acabar las lágrimas», le dijo Irina Buendía a la madre de Lesvy Berlín, «lo que no se te tiene que acabar es la rabia, esa sed de justicia». Se me inundan los ojos y grito al unísono con aquella aglomeración de más de trescientas cincuenta mil personas.

 

        …ahora que sí nos ven…

 

    Ahora con más fuerza, las calles están cerradas, se escuchan tambores y hay una marea de gente: grupos de amigxs, señoras con sus hijxs, padres y madres con carreolas, señoras de la tercera edad sosteniendo letreros. Somos cientxs y cientxs reunidxs para marchar y hacernos ver. La noche es nuestra. Nos damos cuenta de que no solo fuimos a gritar, que no solo fuimos a desahogar nuestra desesperación: fuimos a descubrir el significado de ‘sororidad’.

 

       …abajo el patriarcado…

 

       Avanzo y pienso en mi madre, mi hermana, mis amigas que están marchando en otras ciudades; en todas ellas que me han enseñado que juntas lo podemos todo. Trescientas cincuenta mil personas manifestándose el 8-M en Madrid. Madrid no era Madrid. Yo no era yo. La necesidad de poder caminar por la calle y gritar acompañadas de mujeres que se vuelven hermanas con cada paso. Ese es el grupo que marcha del Gallito al Zócalo del centro histórico de Puebla. Avanzamos y gritamos a todo pulmón, intentando desahogarnos de todo lo que llevamos cargando. Los últimos rayos de sol desaparecen y el ayuntamiento madrileño se tiñe de morado. La noche es nuestra. Retumban los tambores. Me envuelve el incienso. Desemboco en Gran Vía y desde una banca contemplo el escenario: cientos de mujeres uniformadas de violeta, perfectamente alineadas retumbando sus tambores, agitando sus panderos. El sol sigue brillando sobre el Ángel, ahora con más fuerza, las calles están cerradas, se escuchan tambores y hay una marea de gente: grupos de amigxs, señoras con sus hijxs, padres y madres con carreolas, señoras de la tercera edad sosteniendo letreros. Los edificios metropolitanos se vuelven cómplices del aquelarre. Me estremezco y dejo que mi cuerpo se mueva en sincronía.

 

      …se va a caer, se va a caer.

 

      El sistema que permite que nos maten, secuestren, violen, discriminen, y maltraten física y emocionalmente se va a caer. No importa qué tan alto tengamos que gritar ni qué tan roncas nos quedemos. Marchamos para poder decidir sobre nuestro cuerpo; porque queremos tener acceso a educación sexual, a anticonceptivos para prevenir y a un aborto legal que garantice nuestra salud para no quedar desangradas en una plancha o en baño por haber abortado con un gancho o con alguna hierba. Esta sororidad es mundial y se forma para decirle a las mujeres que no están solas, que entre todas nos cuidamos.

 

      Aún me cuesta asimilar aquella catarsis. Aquella vez que dejé de ser un yo para convertirme en un nosotras.

 

Autoras:

Fernanda González

M. Yandró

Montserrat Flores

 

Editorxs:

Fernanda González

Rodrigo Lichtle

 

Crédito de fotografía: EFE

 

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