Comida chatarra

El heraldo de la lechuza

Comida chatarra

/por Sofía León/

 

Recuérdame con el cariño de siempre.

 

          Primer piso… segundo … tercero. Suena la campanita del elevador que he escuchado tanto en los últimos cuatro meses. Siento que la odio y la odiaré por el resto de mi vida. Al bajarme, recorro el piso de color pálido que el trapeador apenas acarició. Finalmente, llego a la cama No. 344, ahí está ella; cuando me ve, su carita pálida e hinchada refleja una franca sonrisa y, a la vez, un hartazgo interminable. Llega el médico de turno para la revisión general y es en ese preciso momento que mi madre le hace dos preguntas que me parecen, hasta la fecha, desgarradoras:

 

—Doctor, ¿por qué me pasó esto de repente?

—Señora, esto es producto de hábitos que se han tenido durante muchos años… Toda la vida, para ser más precisos… Es producto de una mala educación alimenticia- responde el médico.

 

          Mi madre vuelve a quedarse callada, envuelta en la cobija de color verde aguacate con el logo del águila. Entonces mi mente empieza a correr; recuerdo tantas condicionales  que fueron resultando en esta  realidad. Vienen a mi pensamiento toda la serie de productos que son suculentos, que se nos supeditan como premio si hacemos el sacrificio de comernos la sopa de verduras, las espinacas o las acelgas que tanto se nos antojan. Asimismo, empiezo a preguntarme qué otras situaciones externas nos han llevado a ser el país con mayor obesidad infantil a nivel mundial y a la prospección de ser el lugar con mayor necesidad de diálisis a causa de insuficiencia renal para el 2030. ¿Será la globalización?, ¿los medios de comunicación? ¿o la falta de información que recibimos sobre lo que habitualmente consumimos? Ante estas preguntas, llegué a datos interesantes.

 

         En los años 80’s era habitual que existiesen los refrescos de tamaño familiar, los cuales contenían 750 mililitros de producto: la cantidad suficiente para saciar la sed de tres a cuatro personas a la hora de la comida. En esa época, la idea de beber refresco era tomada como un privilegio, algo que no se daba todos los días. Con el paso del tiempo, los tamaños de dichas bebidas aumentaron y, así, el número de consumidores por envase se fue reduciendo. De acuerdo con datos de la Universidad de Yale y de la UNAM, hemos llegado a que en México se ingiera en promedio 163 litros de refresco por persona al año, convirtiéndonos en el país más comprador de este producto a nivel mundial y esta cifra tiende a incrementarse. Ahora, con toda tranquilidad, podemos beber un envase de un litro de manera individual y pocas veces reflexionamos sobre la vertiginosidad de este asunto; lo mismo empieza a pasar con las latas de cerveza, que han pasado de 355 a 473 mililitros, lo cual representa un 25% más de lo que habitualmente era su ingesta 1.

 

         El problema va más allá de las bebidas, lo mismo ha pasado con la  comida chatarra, la cual ha ido aumentando gradualmente su gramaje debido a estrategias mercadológicas que buscan subir sus precios y hacer más adicta a la población. De acuerdo con la revista Muy Interesante, estudios recientes emitidos por la Universidad de Duke y la Universidad de Melbourne han demostrado que las drogas como la cocaína y la heroína activan las mismas células nerviosas y conexiones cerebrales que el fuerte instinto ancestral de nuestro apetito por la sal. Pudiéramos argumentar que muchos de estos productos son dulces y no poseen sal, lo cual es erróneo, ya que éstos utilizan derivados del sodio para su conservación.

 

         También me pregunto si los medios de comunicación han sido  promotores de la obesidad o preventivos de dicho problema. Por un lado, cuando los periódicos publican información sobre este asunto de la salud en México, muestran imágenes de vendedores callejeros de botanas, como si fueran los únicos o principales culpables de la situación, evitando así tener conflictos con marcas y empresas trasnacionales. Por el otro, durante 48 años, Javier López “Chabelo” tuvo un programa de concursos más parecido a un infomercial de varias horas que promovía el consumismo de alimentos con poco valor nutrimental. El presentador se ha defendido diciendo que él no obliga a nadie a engordar 2.

 

         Aun así, no me parece suficiente. Debe haber más elementos con conductas que propicien dicha ingesta. Esta vez me voy hacia los medios más innovadores y recientes, como las redes sociales y reviso las publicaciones que marcan una apología a la gordura y la mala alimentación que nos caracteriza tanto como sociedad. Fue así como Bimbo se apoyó en su viralización  en las redes sociales para darle todavía mayor promoción a su mascota en el contexto de la prohibición de personajes caricaturescos en empaques de comida alta en azúcares, grasas y sodio. Es evidente que a ciertas empresas de la alimentación no les importa la suerte de sus consumidores. Al menos, la industria de las bebidas alcohólicas ha tenido claro que les reditúa más tener clientes vivos y cautivos a embriagados pero muertos. 

 

         En mi cabeza se introduce una idea: los medios no cumplen con la labor social  de informar eficientemente sobre este grave problema y cada vez los resultados de esta situación son más frecuentes y dolorosos… tanto como el hecho de escuchar la segunda pregunta que mi madre le hace al médico:

 

—¿Me voy a morir? 

—Eventualmente todos moriremos.- replicó el profesional de la salud.

 

         Ella se vuelve a quedar en silencio, pensativa y, de alguna manera, resignada a su destino manifiesto. Finalmente llega la hora de la diálisis y, cuando esto ocurre, lo curioso es que casi puedo leerle la mente; siento que me dice: “Recuérdame con el cariño de siempre” ¿Acaso es mi imaginación?, ¿un cliché? Decido retirarme y el elevador llega por fin.

 

—¿Baja?- pregunta el usuario.

—Bajo- respondo.

 

          Y la puerta se cierra sonando la tradicional campanita que tanto me encandila.

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: web.esporarevista@gmail.com).


          

  1. “En México se consume 163 litros de bebidas carbonatadas por persona al año”. Fundación UNAM. https://www.fundacionunam.org.mx/unam-al-dia/en-mexico-se-consume-163-litros-de-bebidas-carbonatadas-por-persona-al-ano/
  2. “Chabelo no dejará que prohibición de alimentos ‘chatarra’ lo afecte”. Dinero en Imagen. 18/07/2014. https://www.dineroenimagen.com/2014-07-18/40572

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