Conciencia derramada

Chica qué dices: Rosalía antes eras chévere

/por Tania Rivera/

 

De todas las mentiras del siglo XXI, el mito de la autenticidad es mi favorito. Lo absurdo de estas pretensiones se evidencia en que, vivimos en un mundo en donde un vídeo de 30 segundos o una imagen son suficientes para dar la ilusión de conocer profundamente a una persona y, en consecuencia, nos esforzamos por mostrar nuestros mejores escenarios y poses durante ese medio minuto, entonces ¿queremos que nos reconozcan como “genuinos” posando bajo el lente de una cámara en un ambiente artificial? Todo lo anterior es tan sólo para decir que me parece absolutamente ridículo encontrarme con los comentarios de los últimos vídeos de Rosalía donde se le acusa (entre otras cosas) de abandonar su “esencia” y “venderse” para integrarse a la escena musical. “¿Dónde está la Rosalía de El mal querer?” se preguntan todos tras escucharla cantar “pa’ ti naki, chicken teriyaki/ tu gata quiere maki, mi gata en kawasaki”; porque claro, El mal querer es “una obra de arte” y Rosalía ha sido aceptada como una genio y una vez genio no puedes dejar de serlo, ya que entonces contravienes esta barrera postiza que se ha construido alrededor: esto que veo es lo que eres, lo demás es falsedad y tú no quieres ser falso. 

 

      Vamos a retroceder un segundo en el asunto del genio para detenernos en el tema de la autenticidad. La Real Academia de la Lengua (útil como siempre cuando se trata de encontrar las inexactitudes de una definición) en su segunda acepción expone que “auténtico” es ser “consecuente consigo mismo, que se muestra tal y como es”, es decir, el consejo recurrente de las películas hollywoodenses “sé tú mismo”; yo me pregunto ¿quién sería capaz de asegurar que es “consecuente consigo mismo”? y, para empezar ¿eso qué significa? Según la plataforma de influencia Hivency, el 46 por ciento de los usuarios de redes sociales consideran auténtico a un influencer cuando está impulsado “por la pasión y dar buenos consejos”. En ese sentido, ser “auténtico” (según la gente de internet) es algo que se construye aleccionando a los seguidores con tu sabiduría ¿y eso es mostrarse tal cual eres? 

 

        Dicho esto, volvamos a Motomami, disco de Rosalía que no sólo incluye “Chicken Teriyaki” sino “Saoko” y “Hentai” otras dos canciones polémicas en donde se cuestiona qué pasó con el lirismo de la cantante y a esta última además se suma la incomodidad por lo explícito del contenido. La española se burla de los señalamientos en su contra por adoptar un nuevo estilo de vida en la canción “Diablo”, donde una voz aguda (¿una representación de las voces macabras de los seguidores anónimos de las redes sociales?) le dice “Tú no has vigila’o, se ha ido tu pureza…la que salía por TV no es la que yo conocí”, a lo que responde Rosalía “Yo mi lealtad nunca la pierdo, ni por el dinero”; y si revisamos el resto de las letras del disco nos encontraremos con frases como “yo soy muy mía, yo me transformo” y “sé quién soy, y a donde voy ya nunca se me olvida” que sintetizan una constante en el álbum: sé tú mismo, no importa a quién incómodas.  ¿No es eso similar a la definición de autenticidad, de ser consecuente consigo mismo? Incluso todos estos versos que he mencionado se acoplan al marketing de Instagram: pasión y dar un buen consejo. Eso me lleva a creer que en realidad, el hate que ha recibido Rosalía por sus canciones no está relacionado con la “pérdida de identidad”, sino más bien con una cuestión estética y la noción de genialidad, la cual, como la mayor parte de calificativos adquieren un cariz distinto cuando se utilizan en masculino que en femenino: decir que una mujer es una genio es diferente a referirse de manera similar de un hombre, igual que no es lo mismo decir “un hombre público” a “una mujer pública”.

 

       Sobre la genialidad se ha dicho mucho, por ejemplo, Inmanuel Kant sostenía que el término se relacionaba con un “espíritu” compañero del hombre desde su nacimiento para protegerlo y dotarlo de ideas, un planteamiento romántico si vemos a la creación artística como sinónimo de inspiración e intuición (Enrici Aldo, pág. 2), en cambio Amelia Valcárcel en “Sobre el genio de las mujeres” apunta como otra característica esencial la extravagancia: artistas como Salvador Dalí que aventaba gatos, Igor Stravinsky se paraba de cabeza por 15 minutos al día y Leonardo DaVinci quien tenía un inusual sistema para dormir consistente en descansar cada cuatro horas por espacios de 20 minutos. Y después de eso, ¿nos parece cuestionable Rosalía usando ropa de Versace, uñas largas, rime “teriyaki” con “kawasaki” y aborde el deseo femenino en una de sus canciones?, ¿cuál es la diferencia? Rosalía comparte la extravagancia con Dalí, ha dicho en varias entrevistas que “le llega la inspiración” en lugares insospechados como la ducha, y experimenta con su medio de expresión como Stravinsky o Da Vinci, la diferencia, entonces estriba en algo muy fácil: es mujer. De esta situación ya nos daba cuenta Lady Gaga en 2009, cuando se le cuestionó en una entrevista las letras “provocativas” de sus canciones:

“Ya ves, si yo fuera un chico, estuviese sentado aquí con un cigarrillo en mis manos, agarrándome la entrepierna y hablando de cómo hago música porque me gustan los autos rápidos y joder chicas, me llamarías una estrella de rock, pero cuando lo hago en mi música y videos, porque soy mujer y hago música pop, eres crítico y dices que es una distración, pero sólo soy una estrella de rock”. 

 

          No pienso entrar en detalles sobre cómo la industria de la música otorga a las mujeres  cierta rentabilidad a partir, no de su talento, sino de su aspecto físico (entre más cercano al canon de belleza mejor), pero si enfatizo del testimonio de Lady Gaga la diferenciación entre la creación artística masculina y femenina o más específico, la recepción por parte del público, tal como nos recuerdan Alejandra Boschetti y Daniela Dietrich (2011) una obra se constituye dos veces, una por el productor (artista) y otra por el consumidor “o mejor dicho por la sociedad a la cual pertenece el consumidor”. 

 

        Las autoras destacan sobre este último punto la cualidad de una obra por ser “museable” es decir, lo expuesto es digno de ser recordado. Estas decisiones no son inocentes y están cargadas de intencionalidad por parte de aquel/aquellos que seleccionan, recuperan, exponen con el fin de configurar una identidad específica  al objeto acorde con los sistemas de creencias dominantes (pág. 89). Si bien este concepto se apega más a las artes plásticas, por extensión podemos asumir que ocurre algo similar en el resto de las disciplinas artísticas; quizá no podemos hablar de lo “museable” en la música pero sí de lo que merece ser reproducido una y otra vez en Spotify, replicarse en los 30 segundos de los Tik Toks y esto obedece a los valores que rigen nuestra sociedad sexista: está bien cuando un hombre aborda la sexualidad, mas si una mujer dice: “te quiero ride como a mi bike” es fácil señalarla por mentirosa o perder su identidad en vez de admitir la incomodidad por escuchar sobre el deseo femenino. 

 

          A estas alturas, el atento lector se habrá dado cuenta que este texto tiene por finalidad decir abiertamente que a mí sí me gustó Motomami y por supuesto, no es objeto de éste convencer que Rosalía es en efecto una genio y este nuevo álbum la panacea, pero sí es una invitación a reflexionar sobre qué es lo que está en el fondo del desagrado hacia una pieza artística ¿no te gusta chicken teriyaki por su letra “insulsa” o lo que quieres de Rosalía es una letra virtuosa que se adapte a lo que crees que es ella como artista? y ¿por qué Rosalía hizo un álbum excelente está obligada a renovar la música en cada canción? A mí me parece que no, y ella es muy sabia al finalizar el disco con las siguientes palabras “que si estoy en esto es para romper/ y si me rompo con esto, pues me romperé/ ¿y qué? Sólo hay riesgo si hay algo que perder”. 

 

Referencias

-Boschetti, A., Dietrich, Daniela (2011).”La creatividad femenina y el mundo del arte”, La Aljaba,Volumen 15, recuperado de https://repo.unlpam.edu.ar/bitstream/handle/unlpam/5436/v15a05boschetti.pdf?sequence=1&isAllowed=y  

-Enrici, A. (2000) “La genialidad como desdocilización. Una interpretación del genio de Einstein según Gerarld Holton: aplicación de Nietzsche a través del discurso de la metamorfosis del espíritu de Zaratustra”.  Epistemología e Historia de la Ciencia. Recuperado de:  http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/genio.pdf

-Hivency, (03 de noviembre de 2020) “Autenticidad y marketing de influencia: la clave del éxito”, recuperado de  https://blog.hivency.com/es/autenticidad-y-marketing-de-influencia-la-calve-del-%C3%A9xito  

-Valcárcel, A. (1992) “Sobre el genio de las mujeres”. ISEGORÍA, No. 6. Recuperado de: 

https://www.researchgate.net/publication/50223891_Sobre_el_genio_de_las_mujeres/fulltext/0e5f6e0

8f0c4c08778fb8469/Sobre-el-genio-de-las-mujeres.pdf 

 

 

 

 

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