Cerdos y aberrantes

Antiheroínas

/por Malú del Ángel/

 

Don Quijote, Michael Corleone, Han Solo, Tyler Durden, Jack Sparrow, Omar Little, Dr. House, Walter White, Don Draper, Deadpool. Éstos son algunos de los nombres que se me vienen a la mente cuando pienso en el concepto del antihéroe, el personaje protagónico que carece de las cualidades típicas de un héroe (ya sea valor, honestidad, integridad, etc.). Es un ser imperfecto, muchas veces antisocial y apático, pero que gracias a su inteligencia o sentido del humor logra ganarse al público. El arquetipo ha sido usado incansablemente en el cine y la televisión, pero casi siempre se limita a personajes masculinos. ¿A quién no le resulta atractivo un rebelde antisistema con su propia definición de la moral? Pero, ¿qué sucede con la percepción del espectador cuando pasamos las mismas características a figuras femeninas? Tanto en la realidad como en la ficción, las reglas aplicadas a hombres y mujeres son pocas veces las mismas. Un hombre puede ser malhablado, sarcástico, políticamente incorrecto y eso lo volverá más interesante ante los ojos del público, pero si presentas un papel femenino así, lo más seguro es que les resulte desagradable. Esto pasa porque las mujeres estamos sujetas a expectativas morales más altas. Un ejemplo es cómo se percibe la infidelidad de un hombre comparada con la de una mujer. En él es algo natural, pero a ella esto la convierte en una puta. Es común para nosotras escuchar el comentario de “sonríe, te ves más bonita” incluso de un completo desconocido. Existe un estudio antropológico publicado por la revista Scientific American en 1999 que sugiere que el acto de sonreír es una muestra de sumisión. El profesor de psicología Frank McAndrew retoma esto del comportamiento de los primates, quienes enseñan los dientes a los más fuertes de la especie para demostrar que no son hostiles y así evitar ser atacados. Esta expresión en una mujer es, culturalmente, una señal de docilidad, apertura y cooperación. Cuando un hombre nos pide esbozar este gesto, esto conlleva un sutil acto de dominación ampliamente normalizado en la sociedad. Las antiheroínas conquistan el derecho a estar enojadas, tristes, frustradas y demostrarlo sin tener que fingir una sonrisa para agradar o evitar incomodar a los espectadores.

 

          Existe un sesgo sexista que ha ocasionado que las pocas antiheroínas sean malinterpretadas. Esto se denota en las constantes críticas a este tipo de protagonistas, como fue sugerido por la escritora Roxane Gay en un artículo de BuzzFeed titulado “Not Here to Make Friends”. Gay hace referencia a una entrevista de la autora Claire Messud, a quien le cuestionan si le gustaría ser amiga de la protagonista de su novela The Woman Upstairs, Nora, una mujer enfurecida por sus circunstancias. Messud tiene la respuesta perfecta: “¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Te gustaría ser amiga de Humbert Humbert? […] Si estás leyendo para encontrar amigos, estás en graves problemas. Leemos para encontrar vida en todas sus posibilidades. La pregunta relevante no es ¿este personaje es un amigo potencial para mí? Sino ¿este personaje está vivo?”.

 

          Hay mucho trabajo que hacer para lograr la paridad de género en el mundo del entretenimiento, pero por fortuna nos encontramos en el auge de las series de televisión. La extensa variedad de contenido ha dado cabida a figuras femeninas complejas. Annalize Keating de How to get away with murder es una abogada exitosa, inteligente y mordaz, pero también una alcohólica sin estabilidad emocional. En House of Cards, Claire Underwood ha demostrado que puede ser igual de peligrosa que su contraparte masculina, lo cual cambia el juego por completo. Usualmente, la pareja del antihéroe suele limitarse a la función de ser la brújula moral o la voz de su consciencia. Por ejemplo, Skyler White en Breaking Bad cae en este cliché a pesar de ser un personaje complejo, lo que la lleva a convertirse en uno de los papeles más odiados en la televisión. La brillante manera en la que está escrito el personaje de Walter te obliga a empatizar con él, y esto automáticamente convierte a su esposa en la antagonista, una aguafiestas que le echa en cara el peligro en el que ha puesto a su familia al entrar al mundo del narcotráfico. Fleabag, rol creado por Phoebe Waller-Bridge para su serie homónima, es sin duda de mis favoritas. Ella admite haber pasado la mayor parte de su vida adulta usando el sexo para evadir el alarmante vacío en su corazón. Es promiscua, cínica y problemática, pero muy graciosa. Estas mujeres tienen muchos matices, defectos, se equivocan y sufren. Es justamente lo que las hacen estar vivas, pero lo más importante y antiheroico de ellas es que siguen sus propias reglas, saben que los métodos tradicionales y honestos no las favorecen, pero esto no las detiene. Sus objetivos son buenos, pero lo que hacen para alcanzarlos tal vez no tanto. Gracias a la creación de estos modelos se está combatiendo la práctica de crear personajes femeninos que sirven sólo como instrumentos en el arco argumental del protagonista varón.

 

         En la ficción en general, la antiheroína por excelencia de nuestros tiempos es La chica del dragón tatuado, Lisbeth Salander, de la saga Millennium. Ella es antisocial al grado de que se cree que es autista. Su carácter apático y genuino desinterés por lo que otros piensen de ella la convierte en un buen ejemplo para hablar de la simpatía que se espera de los papeles femeninos. Según Roxanne Gay, “en muchas formas, la simpatía es una mentira muy elaborada, una actuación, un código de conducta que dicta la forma correcta de ser.” La historia de Lisbeth refleja las consecuencias que una mujer enfrenta cuando no se somete a este código de conducta. Incomprendida por sus nulas habilidades sociales y por rehusarse a participar en evaluaciones psicológicas, termina siendo mal diagnosticada como mentalmente incompetente. Esto provoca que el estado le asigne un guardián. Dicha persona es responsable de ella, se encarga de administrar sus finanzas, lo cual la deja en una posición muy vulnerable. El guardián no tarda en aprovecharse de la situación para abusar de ella sexualmente. Aquí, cualquiera que no esté familiarizado con este tipo de situaciones preguntaría: ¿denunció el abuso? No, se trata de una mujer a la que la autoridad le ha fallado desde que era una niña. Es alguien que tiene todo el derecho a desconfiar de las instituciones. Lisbeth decide hacer justicia por mano propia de la manera más brutal. A pesar de tener un pasado lleno de abusos y maltratos, no es ninguna víctima, al contrario, es una mujer fuerte que no duda en cobrar venganza como sea necesario.

 

       Como sociedad nos hace falta reconocer que las mujeres no somos seres perfectos que complementan al hombre, tenemos motivaciones y mentalidades propias. Ser alegre o servicial no es un rasgo femenino, ni conforma una personalidad. A estas alturas, deberíamos de exigir algo mejor que personajes planos sin nada importante que aportar. Al final, siempre voy a preferir a los que representan bien a la condición humana con los defectos y la diversidad que esta conlleva.

 

 

 

Imagen tomada de Internet. 

 

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