Condado

Sobre la mierda y dónde encontrarla

/por Mapi Díaz/

 

Hace unos años trajeron un nuevo perro a la casa, todos se emocionaron porque era un cachorro. Yo me preocupé, era más mierda que recoger. El perro creció y con él los problemas. Mami y papi comenzaron a pelear a diario, mi hermana y yo queríamos salirnos de casa. La mierda se acumulaba en el jardín y los gusanos comenzaban a salir. Crecieron y empezaron  a comerse las plantas. Los vecinos se preocuparon. Dejaron de regarlas.

 

         La gente no suele hablar de su mierda a pesar de que sea algo cotidiano. Primero debe alimentarse uno, dejar reposar unas horas, sentir un nudito en el estómago, pujar para movilizar la mierda en nuestros intestinos, sentir cómo el ano se dilata y después, mojándote las nalgas, sacar un trozo de mierda. Viene de ti, es tu creación, es producto de tu hambre, de tu necesidad, de tu gula. Es tuyo. Y con asco te limpias el trasero y le jalas al escusado. Todos los días es el mismo procedimiento. La mejor parte es que nos avergüenza esa mierda, como si fuera un pecado. 

 

         A los 9 años conocí los laxantes. Solo tenía que decirle a mi madre que llevaba un tiempo sin hacer del baño, entonces ella me daba una pastilla. Se me hizo una costumbre, a veces tomaba hasta 3 al día. Me gustaba sentirme vacía. Me cuesta entender el por qué la gente prefiere sentirse llena… tener una cartera llena, la despensa grande, un closet repleto de cosas. Todo lo quieren lleno y grande, entre más voluminoso mejor. No entiendo los números, el 1 es delgado, plano, alargado pero cuando se junta con 0 todo cambia, se transforma en una cifra  grande o pesada; por eso me gusta el número 2, 3 y 4, son dígitos a la mitad, no son delgados ni gordos y cuando se mezclan entre ellos siempre habrá uno más mayor o menor a ellos. No están llenos, ni vacíos.

 

         He estado en muchos colegios, normalmente me cambiaban cada año. No mencionare su nombre porque la Virgen puede enojarse y probablemente me castigue, me mande de nuevo con esas monjas, con ese psicólogo o con Ernesto. Era un lugar en donde las niñas son malas y te criticaban por tu apariencia o por cuánto dinero tenía tu familia, por eso los viernes, cuando mamá me daba $50 pesos para gastar en la cafetería, todas se convertían en mis amigas. Por Febrero llegó mi cumpleaños, mamá me hizo una fiesta, invite a todos a Peter Piper Pizza y les dimos a cada uno una tarjeta con $200 pesos para jugar. Mamá adora gastar, mamá quiere que tenga amigos, mamá no me quiere sola. 

 

          “O sea ni me cae bien, solo me empecé a llevar con ella porque su mamá le dijo a mi mamá que haría esta fiesta”. Elisa era como las otras niñas, convenenciera. Unos días después, tomé 7 laxantes y una piedra del jardín, me metí al baño para hacerlas polvo y ponerlas en un papel. Al día siguiente desperté con la misma felicidad que sentía en mis cumpleaños, tenía esa sonrisa que te ponía rojas las mejillas. Esperé a que fuera el recreo, compre su bebida favorita, saque el papel y con mucho cuidado lo metí al frappé, lo revolví. Me acerque a ella y dije “el frappé de la amistad” sonreí, no porque fuera hipócrita o mala persona sino porque quería que su estómago estuviera vacío. Los dos días siguientes, Elisa no fue al colegio. Me sentí llena.

 

La fuente se rompió, mamá frenó con brusquedad y luego me sacó del coche. Entramos a una casa de aluminio, había 6 mujeres. Me sentaron en el suelo, me abrieron las piernas. Sude frío. Me cortaron la barriga y la pusieron en mis manos. “Para tener un bebé sano debes comerlo todo”. No quise, no pude pero mamá me obligó, cortó un pedazo y lo metió a mi boca, sabía a mango; un mango rojo, petacón, lleno de placenta. Su jugo corría por mis mejillas. No quiero, no puedo. Tengo una arcada. Retenlo, me digo, queremos este bebé. Me tapo la nariz, no mastico, solo trago pero la segunda arcada llega. Mi vomito es negro, mamá lo limpia con un trapo. “Quiero ese bebé”, me dice antes de abrir mi boca y exprimir el trapo. Una de las mujeres llora, repite una y otra vez “es una vergüenza, él no nacerá bien”. Me acabo mi placenta, solo queda el hueso, tan diminuto. No parece estar maduro. Una de las mujeres me lo arrebata, toma el cuchillo y parte con cuidado el hueso. El bebé está muerto.

 

         Una de mis plantas favoritas son los cactus, ellos  pueden durar hasta 2 años sin agua, se les reconoce como las más resistentes. Es muy raro que tengan una plaga, no son codependientes como las demás, defienden su espacio y aún así no mueren. Con el tiempo, el jardín se llenó de mierda, a la mierda le salieron gusanos y mis hermanos tuvieron la idea de machacarla y esparcirla. Todo lo verde tenía mierda. La casa olía mal, los vecinos se molestaron, las moscas llegaban. Tuvimos que quitar todo, arrancarlas de raíz. Pusimos nueva tierra, sembré cosas nuevas pero la mierda se seguía acumulando. Nadie limpiaba, entonces lo hice yo. Agachada, con las rodillas tocando el suelo recogí una mierda que no era mía. 

 

         Me hice muy amiga de Elisa. Nunca me cayó bien pero me quedé con ella por los problemas de su casa; nos encerrábamos en su cuarto para ver Mamma Mía mientras hacíamos listas de cosas que nos gustaría hacer. No cumplimos ninguna. Un día, cuando su papá gritó que quería el divorcio, Elisa tomó mi mano y la mordió. Tuve sus dientes marcados por semanas, me dejó de gustar ir a su casa. Ella venía a la mía, mamá compraba helado, refrescos y pizza. Se sentía segura, en cambio yo, sentía que había una plaga en la casa. Tomaba de mis vasos, besaba a mis perros, dormía en mis sábanas. Sus papás se divorciaron y su mayor miedo fue ir al infierno. Las mujeres que se separan de sus esposos, las personas que rompen una promesa ante Dios, deben pagar las consecuencias ¿cierto?

 

Me han acostado en una mesa de metal, mi bata blanca estaba en el suelo. Ella ha entrado, en sus manos una segueta; ya estoy acostumbrada a esto, ya no duele. comienza a cortarme los senos, los pone en líquido verde. Son gelatina, ese será el postre. Después corta mi meñique. Solo sirve como palillo. Continua con los otros, al final lija todos para que queden puntiagudos. Cuando corta mis piernas, comienza a llorar. Me ha dejado en la mesa, me puso su bata encima. Mañana, cuando tenga de nuevo mi cuerpo, será igual. 

 

        Mis abuelos tuvieron un schnauzer negro, lo amaron demasiado o al menos eso decían. Toda su vida estuvo en la azotea, mi nana fue quien le daba de comer y recogía su mierda, muchas veces mi mamá regañaba a mi abuela por no tener a su perro dentro de la casa, a lo que ella contestaba “hará del baño en todas partes, manchará los muebles, llenará de pelos. Los animales deben estar afuera.” Fui novia de un cazador, él y su familia se dedicaban a matar plagas, como ratas, venados y conejos. Tenía una familia grande, todos estudiaron en el IMEX, todos eran doctores o abogados; él quiso estudiar fisioterapia, yo me decidí por las letras. “Lo bueno es que tienes una familia que te heredará, entonces puedes tener un hobby”, “Además mi primo ganará muy bien y te comprará lo que quieras…” Odiaba ir a sus comidas familiares. Tenía dos chihuahuas, que según su madre, eran las criaturas más bellas del mundo; para mi solo eran ratas gigantes que apestaban la casa, orinaba donde fuera y muchas veces pise su mierda. Odie cuando su madre me dio de comer conejo.“Armandito lo cazo especialmente para ti”. Armandito nunca quitó los residuos de la bala, señora, me destrozó un diente pero no pasa nada, sé que mañana su hijo llegará con flores y me dirá que me ama.

 

         Hubo un verano en el que se fue a Texas, regresó con muchos regalos. Regalos no diseñados para mí, como ese vestido corto con flores rojas o esos 5 perfumes de Victoria ‘s. Use el vestido en su cumpleaños y su familia me invitó a un buffet, su padre amaba ese tipo de restaurantes porque para él “nunca hay que estar satisfechos, siempre se debe hacer un hueco para el postre”; en su cuarto yo lo era, aunque muchas veces me hacía sentir más como los residuos, los huesos del pollo o la cabeza del conejo. 

 

         A los 19 años me hice vegetariana. Comprendí que comerse un animal era como comerse a sí mismo, creando dolor a cambio de satisfacción. Fui novia de un cazador, jamás me sentí como una plaga pero por alguna razón, él me hacía sentirme así. No fui una plaga grande, más bien fui una diminuta, esquelética. Si hubiera sido una gallina, no comerían mi pechuga; si hubiera sido un cerdo, no tendría tocino que dar. No fui una plaga, solo me sentía como una. 

 

         Las vacas, ovejas y cabras, tienen cuatro compartimentos en su estómago, esto les permite comer mucho y cagar el triple. Es curioso cómo la mierda se descompone o más bien, es irónico cómo un desecho se convierte en desecho. Primero se seca, comienza a cuartearse, después toma un tono más claro, salen unos pequeños gusanos blancos, los cuales se convertirán en señores gusanos. Después sale una ligera capa de moho, hasta que un día comienza a desintegrarse. Una mierda hecha cenizas. Pero el gusano no muere, él crece, se muda a otra mierda donde hace un gran hogar, crecen más y más. 

 

         Las abogadas pocas veces hablan a nuestra casa, la última vez que lo hicieron fue para decirnos que Ernesto tenía una nueva familia, que tuvo hijos y a uno de ellos lo llamó como a mi hermano. Todos los animales tienen la capacidad de vomitar, a excepción del conejo; no porque no quieran sino porque su estómago, su anatomía, no se lo permite. Uno de mis conejos murió, se atragantó de comida y comenzó a asfixiarse; metí mi meñique a su garganta, tenía la esperanza de que si vomitaba, viviría. No fue así. 

 

         Cuando alguien muere pierde el brillo de sus ojos, su piel deja de tener color pero a pesar de ello, sigue estando ahí. Su cuerpo no desaparece, no de un día para el otro. El cuerpo humano tarda 2 años en volverse esqueleto, yo solo tardé 3 meses para recaer y convertirme en uno. No me malentiendan, no soy alcohólica, ni mucho menos drogadicta; vi de cerca lo que te hace esa mierda, cómo te controla y oprime hasta que te vuelvas agresivo. No, yo nunca he sido agresiva, jamás he golpeado a una mujer o a un animal; mis palabras jamás han sido balas y mis acciones nunca han merecido mandarle flores a alguien como disculpa. No soy ese tipo de adicta. 

 

         La mayor parte de mi vida he estado con psicólogos, no porque esté loca o porque haya tenido un padre con esquizofrenia, adicto al crack. Desde los 12 años tengo esta obsesión por comprar comida y ponerla en un cajón, esconderla y no tocarla. Los últimos años he empeorado, comencé a comprar comida enlatada porque esta tardaba más en descomponerse. El último cajón que llené fue de dulces y papas. Me tranquiliza saber que ahí está lo que me gusta. 

 

         Algunos animales hibernan, entre ellos los conejos. No tenía ni idea, hasta que mis conejos comenzaron a guardar su comida, la apilaban en la esquina de su casa; no les importaba si se llenaba de moho o si las hormigas llegaban. Tardé semanas en hacerlos entender que ellos no necesitaban guardar su comida porque yo estaba ahí, yo los cuidaría. Me fui un tiempo a ver a mi familia de Monterrey, mamá cuido a los conejos; un día me llamó preocupada para decirme que vio a uno de ellos comerse su popó. Al ser herbívoros y comer pura fibra y celulosa, deben ingerir dos veces su alimento, por ello se comen la primera capa de su mierda. No me gusta el excremento pero tampoco me da asco, he llegado a apreciarlo. No he visto a Ernesto en 19 años, la mierda del jardín sigue acumulándose. A veces es necesario recoger un desecho que no es tuyo, puede ser doloroso pero si no lo haces entonces las plantas se llenarán de plaga y los vecinos podrán molestarse. 

 

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: web.esporarevista@gmail.com).

 

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