ArbotantesLego ergo sum

Sin destino, sin camino

/ por Rodrigo Lichtle/

 
 

Cuando nos enseñan a escribir, especialmente escritura académica, se trata de buscar un planteamiento inicial, donde el autor diga de lo que hablará, su importancia, qué resultado se espera y la misión del trabajo. Es más, la idea de una columna, y de casi todo texto no literario, es predestinar el escrito con tal de que pueda mantener una estructura. Justo con la introducción de esta columna uno ya se puede esperar una idea del tema. Todavía peor, con leer varios textos míos, uno podría imaginar qué escribiré después y de qué manera.

   A lo que quiero llegar es a la existencia de una predestinación. Para esto me pongo a pensar en la literatura. Desde la Odisea, toda la literatura medieval, pensando en el Poema de Mio Cid o El libro del caballero Zifar, La vida es sueño, y hasta la novela Cien años de soledad o Amor en los tiempos del cólera, hay un destino, algo que se debe cumplir, un punto que los personajes deben alcanzar o regresar, una situación que lleva a la destrucción y olvido de un pueblo. ¿Y es, en la vida, igual de ordenado todo?

   Creo que no es difícil adivinar que uno de mis autores favoritos es Jorge Luis Borges, de quien, a mi parecer, sus cuentos son grandiosos. Empero, la razón por la que quiero hablar de él, en específico de algunas de sus obras, es porque entre sus temas está justamente ese, el destino. Me parece no problemático el pensar que, ante la rareza de enfrentarse a un mundo inexplicable, como es una biblioteca infinita que contiene todo texto que se ha, se está y será escrito, se necesitaría explicar su existencia. En el cuento “La biblioteca de Babel”, lo que sucede es que un bibliotecario trata de entender su mundo, formarle reglas y buscar su justificación. “Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado pero que, en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique”.

   En eso se halla la respuesta al destino. Me parece que nuestro cerebro, en su interminable tarea de organizar nuestro mundo, nos hace creer que existe. Para nosotros debe haber una justificación de lo que nos está pasando, algo tiene que decirnos por qué pasan las cosas, y por ello es necesario una predestinación de todo. Si hay un destino, probablemente sea propio y, a la vez, una formación de nosotros mismos.

   “We all make choices, but in the end our choices make us”. Si hay un destino, me parecería que es este. Ante aquello que “necesita” una explicación de que haya pasado, creo que no debemos culpar algún plan, algún libro que tenga la verdad de nuestra biblioteca, sino que será culpa de las circunstancias, las personas, y sus acciones. Me parece que, en la modernidad, sólo podemos ver el mundo como aparece en La Celestina. Como si estuviéramos en un lugar sin destino, sin redención, sin poder alcanzar las grandes metas. Una obra en la que la bruja Celestina, muere; Calisto y Melibea, mueren; todos mueren sin redención.

   Está claro que, ante esta idea, es mejor pensar en una predestinación de todo, que lo que nos pase sea culpa de algo. Borges, en una postura que no comparto, se distanció de su presente, se volvió apolítico, y creía en la posibilidad de un “tiempo circular” o de la existencia de “ciclos” en nuestras vidas. Él alguna vez escribió en “El tiempo circular” contenido en Historia de la eternidad: “Si los destinos de Edgar Allan Poe, de los vikingos, de Judas Iscariote y de mi lector secretamente son el mismo destino -el único destino posible-, la historia universal es la de un solo hombre”. Si creemos en un destino, para qué preocuparnos de todo lo demás, de la política, la pobreza y las guerras; si todo está escrito en un libro. El que nos involucremos o no, sería lo mismo. Este es otro de los grandes problemas de creer en el destino.

 

Posdata. Creo que como todos he tenido algunas “pruebas” de la existencia del destino. No obstante, siempre lo he cuestionado porque nada impide que estas sean meras coincidencias. Temo que este texto caiga en la idea neoliberal de que “todo es culpa del individuo”; pero al mismo tiempo, para mí sería impensable pensar en la idea de “todo es culpa de ese Plan”. Si, en todo caso no es culpa del individuo, nuestros destinos serían la formación de nuestra identidad, aquello que moldea cómo actuamos para formarnos un camino. Ante todo, siempre es reconfortante pensar que existe la posibilidad del libre albedrio, haya o no destino.

 

 

 

*Caspar David Friederich. Abtei im Eichwald, 1809. Foto tomada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 

 

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