Condado

¿Me concede este perreo intenso?

/ por Diana Rojas Ruiz/

 

El perreo es ese baile impúdico, sucio, inmoral que se baila acompañado del género reggaetón. Se baila principalmente en pareja. Ella con las nalgas hacia atrás, restregándolas en la pelvis del compañero. Los movimientos podrán hacerse pa arriba, pa abajo, lento, lento. La calidad del perreo depende principalmente de qué tan bien se menean las nalgas y cadera, y de qué tan abajo se puede llegar sin perder el contoneo. Ambos sujetos encargados del control de calidad. 

 

       Se llama perreo porque se parece a la posición sexual de perrito. O más bien, se parece al acto de copular entre perros: por atrás. Aunque esto puede variar y volverse hacia enfrente, cara a cara, manteniendo los cuerpos cerca. Lo importante es no perder el movimiento de las caderas y culo. Elemento clave del perreo, así como de su entendimiento. Pues es de aquí de donde parten sus orígenes, su sexualización y, con ello, parte de su estigmatización.

 

Racismo latente

 

      No somos las únicas que mueven el culo y la cadera con tanta determinación al bailar. Este fenómeno está permeado por la trata esclavista en América durante la colonia. Son a las mujeres negras a las que les debemos esta influencia que se ha manifestado en otros ritmos como la samba, la salsa, el merengue, la champeta, la bachata, la cumbia del lado latinoamericano; y del lado estadounidense, el hip hop, soul y el twerk. El perreo, entonces tiene rasgos tanto de los ritmos caribeños, como de la escuela afroamericana en Estados Unidos. Una muestra de la similitud de ambas escuelas está en el baile de Sasha y Sean Paul en el video de “I’m Still in Love With You” (2002).

 

       A la comunidad negra se le asociaba con lo animal, lo salvaje. Sus ritmos eran un elemento para construir este argumento de los colonizadores. El cuerpo se veía más suelto, al igual que las caderas y esto parecía traer consigo una carga sexual. Por medio de sus bailes, los negros evidenciaban esa naturaleza salvaje y sucia que les hacía imposible dejar los asuntos sexuales encerrados en una caja de moralidad como parecía indicar la fijación de los colonizadores cristianos con lo civilizado. 

 

        Esta fijación era parte del imaginario racista de la época impregnado en la danza. Cuestión que avanza y se sigue reproduciendo en las posteriores manifestaciones. El discurso racista está proyectado, también, en los orígenes del perreo y se fusiona a su vez con el argumento sobre salvajismo. Esto da evidencia del racismo latente que se vive en el continente hacia gran parte de las manifestaciones relacionadas con lo afro.

 

Sexo con ropa, sexo en pijama

 

        He visto a personas perrear de muchas maneras. En Cusco, en un hostal donde se hacían fiestas cada noche, un grupo de colombianos bailaban perreo choque, jamás lo había visto. El hombre golpeaba su pelvis fuertemente contra las nalgas de la chica quien mantenía el contoneo sin ningún problema. Nadie se escandalizaba, realmente parecían estar muy acostumbrados a este tipo de perreo que no se ve en los antros de México donde el movimiento es más suave. Un año después de mi visita a Cusco, bailé perreo choque con mi ex, quien había sido criado en Estados Unidos, donde bailar no es mal visto. Fue en una fiesta y todos se escandalizaron, incluso escuché a una chica decir: “ya mejor cógetela”. El escándalo esa vez en Puebla parecía estar ligado más al contenido sexual de este perreo, por eso el grito de “mejor cógetela”. Había una relación estricta del perreo agresivo con el coito. Relación un tanto absurda, pues el perreo que se practica en México, aunque es más suave, no deja de ser sexual ¿O apoco sólo cogemos suavecito y no duro? Escandalizaba la fuerza del choque. El roce de la pelvis y el culo remite al acto sexual, pero el choque alude a la penetración; le sube dos rayitas de perverso a la danza.

 

       Pero hablar de escándalo o perversión no siempre es negativo. Pareciera que como dice Juan Carlos Ubilluz en su ensayo sobre el perreo: hay una especie de regocijo en el escándalo, lo inmoral y la perversión del baile. Cuando nos vieron bailar perreo choque nadie se salió ofendido de la sala o dijo “qué asco”. Observaban, reían, seguían perreando. Probablemente así fueron las primeras veces de los colombianos al ver estas muestras de baile y más adelante lo adoptaron. Quién sabe. Pero es como si entrar a este ghetto, expresáramos a través de nuestro cuerpo otros discursos de libertad, de sexualidad, de interacción con el otre. 

 

        A su vez los que bailan, provocan al que observa, quizás no a los que lo acompañan en el espacio de perreo, pero sí al tradicionalista encerrado en un tabú social que ve en este baile la simulación del sexo. Y más tarde afirma que es el perreo lo que está destruyendo los buenos valores y embarazando adolescentes. El perreo tiene un matiz sexual pero no es sexo, ocurre con ropa y a la vista pública.

 

       El perreo provoca, pero no transgrede. Gusta porque los que perreamos hemos encontrado una nueva forma de manifestación individual y social. Nos acercamos a nuestro cuerpo desde otras sensaciones que implican más tacto y que nos desinhiben. De este modo nos burlamos de la mirada tradicionalista, pero al mismo tiempo nos la creemos. Aceptamos la suciedad, lo inmoral del baile y acordamos mantenerlo escondido.

 

       El perreo está también blanqueándose, afresándose. Mi amiga me escribió desde Escocia hace dos años diciéndome que en cualquier club tocaban reggaetón, y aunque no sabían bailar perreo, ya estaba esa apertura a la música. Ahora en los antros más fresas de México la gente perrea, pero se mantiene en su espacio cerrado, donde podemos liberarnos, una especie de teoría del mundo al revés de Bajtín. Perreamos en donde sabemos que estamos escondidos. En el antro, por ejemplo, con las luces que hacen las caras difusas, que distorsionan la voz y sin problema nos dejan restregar nuestros cuerpos contra quien se nos dé la gana. 

 

         Manteniendo esta idea de lo secreto e impúdico, el perreo se vive en distintas esferas sociales (cada vez más). Poco a poco ha logrado quitarse de encima algunas estigmatizaciones como lo hicieron muchos de los ritmos afro-latinoamericanos. Se le aborda desde la crítica social, de género, cultural, etc. Lo cual no indica principalmente un avance del ritmo, indica, lo mismo: una suerte de occidentalización. Proceso por el que no hay urgencia, pues ya no estaríamos hablando más de un ritmo desobediente a lo civilizado, y sería una cumbia más en la boda de tu prima fresa en Atlixco. 

 

        El perreo no avanza por medio de la mirada occidental, así como tampoco nos atrasa por estos motivos. Nos vuelve un poco animales como dice Aleks Syntek, nos aleja de lo civilizado y nos permite interactuar de distintas maneras.  El perreo, finalmente se disfruta como una buena sesión de yoga y por más que nos agarremos de los bailes finos, todos vamos pa’allá. 

 

Bibliografía:

Ubilluz, Juan. El Perreo: Entre La Perversión Capitalista Y El Hedonismo Posmoderno. 1st ed., Desco, p. 5, http://www.desco.org.pe/recursos/sites/indice/18/73.pdf. Accessed 1 Dec 2019. 

 

 

Foto tomada de internet.

 

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