El incendio del velo

Las fotos que cuelgan en mi habitación

/por Aranzazú Hernández Gutiérrez/

 

Se dice que la memoria familiar se mantiene viva por tres generaciones, a menudo con la ayuda de imágenes y cartas. Yo, que conservo muy pocas de mis abuelos, estoy obsesionada con las fotografías de gente desconocida de los puestos de chácharas. Me enganché como todo vicio engancha, de a poco… y pronto perdí la cuenta. Ahora tengo un álbum de gente desconocida y en las paredes de mi habitación cuelgan rostros extraños. Al principio, me preguntaba qué había ocurrido para que los recuerdos familiares circularan por las manos de cualquier curioso. Me di cuenta de lo que parecería obvio, cuando la familia que custodiaba sus recuerdos muere los retratos, cartas u objetos van a dar a la basura de donde son rescatadas por terceros que las ponen en venta, algunas veces son tomadas de casas abandonadas, y en algunos casos son vendidas por la misma familia.

 

          Una vez en los puestos, los archivos quedan disponibles a la oferta de algunos que, como yo, van en busca de los familiares que no conocieron. Mi amiga Elena me dice ladrona de recuerdos, sin embargo, yo me considero una receptora voluntaria del olvido forzado. Algunos amigos me han preguntado qué día de la semana acostumbro a ir a la cháchara, siempre respondo que los lunes porque se puede elegir con calma, además de que es cuando más cosas llegan. Esos días ante la mirada examinadora de los puesteros me justifico: es que me gusta la fotografía”, “¿ha de estudiar usted algo así como cine no?” Respondo con una mueca de ni sí, ni no, y un inmediato “¿cuándo trae más?”.

 

          En una rápida clasificación es frecuente encontrar fotografías tomadas en película de 35mm, formato medio, transparencias, películas súper 8 y muchas tamaño infantil. Los temas más frecuentes son viajes, cumpleaños y aniversarios. Es raro que tengan anotado el año con puño y letra, las diapositivas generalmente tienen la fecha grabada en las orillas, y cuando no tiene ningún dato juego a hacer conjeturas. Observo los peinados, el paisaje, si es en la Ciudad de México o en otro estado, después busco pistas como letreros de edificios, reflejos en algún vidrio, y las imágenes gritan, dicen  cosas, inesperadas, a veces terribles. Me fijo en el papel fotográfico, en sus marcas y si observo con detalle puedo adivinar los lugares en los que estuvieron alojadas las reliquias: en un libro, o en una caja, y con un poco de imaginación es posible reconstruir la identidad general del que estuvo tras la cámara.  Eso es lo menos frecuente, además me obliga a echar un ojo, por lo menos tres días a la semana, para poder encontrar más fotografías del personaje en cuestión. A veces, salen más cosas de la misma casa que ayudan a construir el rompecabezas. El trabajo de búsqueda exige de todos los sentidos (el olfato, el oído, también del gusto)  con riesgo de que suene asqueroso se le agarra gusto al polvo. En la búsqueda debo estar dispuesta a probar los restos de partículas que una vez removidos envuelven  el espacio vital. 

 

          Amigos y familiares me han dicho que buscar objetos de personas quizá muertas es algo siniestro, ser testigo de cierta manera de algo prohibido, una especie de hurto, quizá como dice George Didi Hubermann:  “Las imágenes forman parte de lo que los pobres mortales se inventan para registrar sus temblores (de deseo o de temor) y sus propias consumaciones”. Y yo en ese sentido juego a reconstruir el pasado, siempre imposible y ahora muy manoseado por la moda de lo vintage, el mercado de la nostalgia que explota un pasado que se tiende a romantizar.

 

 

          Las imágenes puestas como en un gran mosaico son como recortes  anacrónicos, que dan la sensación de pastiche de un tiempo perdido. Esto me recuerda a la conversación que tuve con Adrián P que se dedica a vender principalmente fotografías. Platica con gusto acerca de su puesto, y de cómo decidió dejar su trabajo de perito en criminalística:

¡Con la cháchara se viaja mucho!, es muy bonito (…) El trabajo ahí estaba muy viciado, cuando me salí ya conocía el oficio de la cháchara por un compañero, decidí hacer lo mismo. Antes se le ganaba más, pero ahora la gente casi no quiere pagar, yo pido cien pesos por estas fotos muy antiguas y no me quieren pagar, pero sí pagan eso y más a las tiendas de antigüedades de la Roma y esas colonias.

           Confirmo, con la cháchara se viaja mucho. A través de la mirada de otros he visto paisajes del México de otros tiempos, países extranjeros, atmósferas ahora imposibles. Entonces tomar algo con la cámara también significaba dejar otras tantas. En el acto de fotografiar inevitablemente se tiene que dar el frente, la espalda y los costados, y otros tantos puntos que quedan fuera para dar paso a aquello que se ha decidido tomar. Pienso en la ficción y la realidad de aquellas fotografías, deformada por el lente y el ojo detrás de la cámara. ¿Son sólo documentos sociales? ¿Caprichos de tiempo y luz? Les pregunto mucho, pero luego se cansan y enmudecen ante mi desesperado afán por sacarles más información. Entonces, no me dejan más opción que acomodarlas y correr de vuelta a remover el polvo.

 

 

Imágenes: IG @aranzazu_hdz_gtz

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com).

Tags :#fotosvintage#segundamano

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