ArbotantesHelarte de vivir

La muerte niña

/ por Beatricia Braque/

 
 

Cuando tenía siete años le dije a mi mamá que quería un hermanito, a lo que ella respondió algo así como: "Está bien, pero toma en cuenta que todas tus cosas tendrías que dividirlas entre dos y tendrías que compartirlas, todos tus juguetes, tu ropa, etc." A lo que respondí: "No, mejor quiero un perro". Y así fue. Mi mamá me llevó a la casa de una señora que criaba french-poodles. Por supuesto que yo sentí simpatía por la perrita más pequeña y más frágil de la manada. Le puse Coqueta porque movía mucho la cola. A los pocos meses se enfermó y mi mamá la llevó “al veterinario”. Cuando regresó después de un par de días la llamaba por su nombre y no me hacía caso. Mi mamá atribuyó esto a que había estado enferma y estaba desorientada. A los pocos meses ya la perrita estaba como si nada. No fue hasta que cumplí 13 años que supe la verdad. Coqueta I había muerto y mi mamá fue y compró otra igual. Tuve como mascota a una perra intrusa durante años. La cosa no paró ahí. "¿Te acuerdas de tus pollitos que se perdieron? ¿Recuerdas que ese día comimos caldo?" Creo que no es necesario profundizar más en este último ejemplo. La muerte está en todos lados, pero de una forma u otra mi mamá se las ingenió para ocultarlo.

   Desde que tengo uso de razón recuerdo haber tenido problemas para conciliar el sueño. Cuando era más pequeña tenía la certeza de que “solo los viejitos se morían”, hasta que un día se me ocurrió preguntarle a mi mamá. Cabe resaltar que esta pregunta la desencadenó la muerte de Selena, de quien era muy muy fan (especialmente de la canción Amor prohibido, qué barbaridad). ¿Por qué murió una persona joven? Mi mamá amablemente me aclaró que cualquier persona podía morir, sin importar su edad. Durante muchas noches me acosté en mi cama mirando el techo pensando que la muerte podía llegar en cualquier momento. Respiraba agitada imaginando que podía ser mi último aliento. Me supe frágil. Esto, por supuesto, no ayudó con mis problemas de insomnio. Abandonarme al sueño resultaba peligrosísimo. Al despertar al día siguiente me sorprendía estar viva. No recuerdo en qué momento dejé de temer todo el tiempo. Supongo que la noción que logró consolarme fue que “Solo Dios sabe”. Dios, quien todo lo sabe y todo lo ve. Gracias a las monjas durante buena parte de mi infancia imaginaba que Dios era un monstruo lleno de ojos. Otra idea que me recorría como un temblor era: “He pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Mea culpa, golpes de pecho. El pecado no está solo en las acciones sino en los pensamientos. Me daba miedo pensar porque sabía que ese monstruo de mil ojos también escuchaba mis malos pensamientos. Nos decían que el cielo era un lugar hermoso, donde estaban todas tus cosas favoritas, donde sería infinitamente feliz, donde siempre supe que no tendría cabida.

 

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*Foto tomada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 

 

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