Satanerías

Escribir aburre

/por Arturo J. Flores/

 

“Escribir es aburridísimo”, me dijo Irvine Welsh. Luego remató: “para las otras personas”.

 

          Compartimos una taza de café al día siguiente de que el escocés echara a perder –desde el punto de vista de sus compañeros de mesa– la presentación de su libro Skagboys en la Feria de Oaxaca. Se había puesto una borrachera épica (me dijo que ni la heroína que consumió en su juventud lo había llevado a un estado de euforia como el mezcal) y entre dos colegas y yo tuvimos que ir a sacarlo de la cantina para obligarlo a subir al escenario.

 

         Esa vez ni siquiera habló de su novela. En vez de eso, se puso a cantar.

 

          Aunque sus presentadores intentan conducir la charla hacia los terrenos de su literatura, Welsh se empeñó en hacer el ridículo. Balbuceó ininteligiblemente la letra de “Heroes”, de David Bowie, hasta que ellos, desconcertados, decidieron iniciar la firma de autógrafos.

 

          Para los fans de Welsh, aquello había sido todo un éxito. Aplaudían a rabiar.

 

       Después de dormir más de 12 horas, el escritor era un hombre nuevo. Se condujo con toda propiedad durante nuestra charla. Entonces me dijo que escribir era un acto soporífero para quienes no escriben.

 

         –Mencióname una película en la que aparezca un escritor. Las cosas siempre suceden cuando ella o él no está escribiendo –me retó.

 

          No encontré argumentos para rebatirlo. A las personas les parece muy interesante presenciar cómo se filma una película, se pinta un cuadro o se compone una canción. Hasta yo tenía una audiencia modesta en el restaurante donde entrevistaba a Irvine Welsh.

 

          Pero nadie pagaría un céntimo por ver escribir a alguien.

 

          Lo cierto es que para quienes escribimos, dejar palabras en el papel representa una actividad trepidante. Al término de una jornada, podemos acabar agotados. Porque aunque a los ojos de los demás jamás nos hayamos movido del escritorio, en realidad conquistamos la cima de una montaña, le cortamos la cabeza a un dragón y reacomodamos el desorden del cosmos.

 

          Alfred Hitchcock definió el cine como 80 butacas para llenar. Pero le faltó decir que sin guión, no hay película.

 

          Hoy que decenas de influencers han contratado los servicios de un ghost writer para publicar un libro, queda claro que escribir es una actividad que no cualquier persona puede realizar. Hay quienes cobran por hacerlo, aunque no existe nadie que pagaría por ver a un escritor trabajar. Me explico: si un pintor o una escultora nos invitaran a su taller para observarlos mientras se entregan al acto de crear, seguramente estaríamos fascinados. No así si se tratara de un escritor o una poeta que nos convidaron a ocupar la silla de enfrente, como meros espectadores, caeríamos fulminados por el aburrimiento.

 

         Estoy seguro que una noche antes de encontrarme con él, Irvine Welsh estaba escribiendo en su cuarto de hotel.

 

          Y se la pasó bomba. Porque escribir es la cosa más fascinante del mundo.

 

 

 

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