ArbotantesPersistencia retiniana

Con mucho apetito

/ por Ricardo Alcántara/

 
 

No sabía exactamente qué esperar cuando fui a ver Voraz (Raw). Sabía que trataba de canibalismo y que era una cinta estilo gore ; el mismo póster es bastante claro respecto a eso. Sabía, por comentarios, que era muy fuerte; incluso escuché por ahí que en algunos cines te daban una bolsa para vómito junto con tu boleto y que en el Festival de Cine de Toronto, varias personas se habían desmayado. Mortal y morboso como cualquier cinéfilo respetable, no pude resistir la tentación de ir a ver la causa de todo el alboroto que la película francobelga, ganadora de varios premios en Toronto y en Canes, había provocado.

   Voraz superó por mucho mis expectativas, pues no estamos hablando de una película que busque sostenerse por el mero sensacionalismo de sus escenas crudas y grotescas, sino que genera una serie de sensaciones de incomodidad, ansiedad y asco, a partir de un lenguaje cinematográfico de manufactura muy puntual, haciendo uso de composiciones fotográficas saturadas y una movilidad continua, tanto en la cámara como en los personajes que rodean casi siempre a los protagonistas.

   La historia trata de una joven vegetariana (Garance Marillier) que ingresa a una universidad de medicina veterinaria donde comienza a desarrollar un repentino gusto por la carne cruda. Este entorno está lleno de peculiaridades, pues los estudiantes cuentan con una personalidad fuerte, agresiva y extravagante; organizando borracheras al lado de los mismos laboratorios de sección y obligando, como dicta la tradición, a los novatos a pasar pruebas poco comunes; escenas que lograron, además, hacerme sentir engentado e inquieto en medio del excesivo bullicio de las fiestas. El lugar también funciona como personaje, ya que sus espacios estrechos y la una paleta de colores tan gris resaltan la sensación de encierro de la protagonista.

   Justine –posiblemente una referencia al personaje de Sade– es introvertida y, aparentemente de moral pacífica y justa, pero el impacto de algunas de las pruebas; como ser obligada a comer el riñón crudo de un conejo o ser bañada por un balde de sangre de vaca, comienza a trastornarla poco a poco. Su hermana mayor, Alex (Ella Rumpf), quien también estudia ahí y ya pasó por todas esas pruebas, se muestra dura aunque parece estar severamente afectada psicológicamente. La complicada y contradictoria relación entre ambas cobra protagonismo rápidamente y, desde mi punto de vista, oculta el verdadero tema de la película: el inevitable daño que les hacemos a las personas que más queremos. A pesar de que las hermanas parecen ser extremos opuestos, Justine termina por descubrir que hay rasgos compartidos que son de familia y de los que no pueden huir.

   Toda esta truculenta trama esta coronada por una narrativa vibrante y variada. Las partes en que la protagonista se queda sola están orquestadas con largos y dolorosos silencios que nos sumergen en su sensación de ser un ente defectuoso y alienado; cosa que se refuerza de manera visual con el brillante momento en que queda cubierta de pintura azul en medio de una broma de los veteranos se contempla a sí misma con la extrañeza de haber descubierto a un marciano. Esta fue una de mis escenas favoritas, ya que vemos esos fondos grises, caracteristicos del diseño de producción, fuertemente contrastados por las manchas de pintura. A la vez hay dos personajes igualmente cubiertos de pintura de colores muy brillantes, abrazados en medio de una escena casi surrealista en la que se usa una iluminación completamente diferente; más alegre y romántica, lo que sólo vuelve más extraño todo el aconteciemiento.

   Cada que nos topamos con un evento grotesco, la reacción de asco es automática, pero no es ni espontánea ni gratuita, ya que la directora, Julia Ducornau, lo viene cocinando desde las secuencias anteriores que no parecen tan impactantes a simple vista, pero que sirven para que la narrativa vaya jugando con las sensaciones que se van despertando poco a poco en el espectador. Algunos ejemplos son las escenas de las pesadillas y las noches inquietas de Justine, el horrible sarpullido que le sale –que nos causa más ansiedad que a ella– y las diferentes prácticas que vemos llevarse a cabo con los animales.

   Hay que resaltar que las escenas más fuertes están ejecutadas con maestría, por lo que es necesario sacar a colación la excelente fotografía y el trabajo de maquillaje y efectos visuales, que son extraordinarios pues lograron un realismo preciso y un impacto contundente. La elección del soundtrack también es buena, ya que le da un tono de curiosidad tétrica a todos los descubrimientos que los personajes van teniendo. Me estremeció particularmente la canción que suena mientras Justine baila frente al espejo, pues los subtítulos nos dejan saber que la letra habla de una de una adolescente necrofílica que describe sus gustos con una sensualidad dominante y agresiva. En esta escena, nos sorprende la actitud sexual de Justine, y esto funciona para darnos un pequeño vistazo a la trasformación radical que se está llevando a cabo en el personaje.

   Debo decir que lo que más me gustó fueron la actuaciones, principalmente la de Ella Rumpf, quien se encontró ante un reto monumental con un personaje plagado de contradicciones; con una conducta impulsiva y autodestructiva, aunada a un profundo cariño por su hermana que lucha en una dualidad con su temperamento individualista y hostil.

   Aunque no me desmayé ni vomité, la película sí es fuerte y no te la recomendaría si eres de estómago sensible. Pero si no te ofusca ver un poco de sangre y te gustan las emociones fuertes, no puedes perderte Voraz ; es bizarra –en el mejor sentido de la palabra– y podría ser la mejor película de ese género que haya visto; es simplemente magnífica. Creo que dejo ahí la crítica porque necesito un bocadillo, por cierto, ¿alguien más tiene hambre?

 

 

FB: Patas Escuadras
 

 

 

 

*Foto recuperada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 

 

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