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Analectas

Siempre es 1966 en el norte

/por Luis Enrique Castellanos/

 

     MI TÍO MARIO SEPARA la silla de enfrente mientras se agarra la espalda y se queja con los ojos . En realidad no lo veo tan viejo, pero se nota más jodido que la última vez que vine a visitarlo, cuando recién tenía dieciocho y me quedó de paso el pueblo; era casi obligatorio pararme porque fue el único de toda la chingada familia que me dijo: “Sí, vete a México, allá en tu casa van a estar en la miscelánea hasta el día en que se mueran, y ésta es una ciudad muy chiquita, no vale casi nada”.

     Ya si vale o no la ciudad me parece irrelevante, lo importante es asumir que nada se ha movido, ni siquiera un centímetro, desde hace nueve años que estuve en el mismo lugar, con la rocola idéntica, la misma sensación de aserrín en el aire, el mismo grupo de ebrios atentos a las palabras de otro en la mesa del fondo; ni siquiera yo, que después de tanto ajetreo regreso al mismo purgatorio y donde lo único movido fueron cosas perversas.

     “Quite esa cara de berrinche mijo”, titubea mi tío, e inmediatamente encoge los hombros y baja la mirada, tal vez porque sabe la razón de mi regreso (aunque no completamente, pues no es un hombre insidioso) y se arrepiente de esa comicidad tan sencilla y que, seguro notó, genera más molestia que otra cosa. Nos traen dos aguardientes en incómodas copas de brandy porque ahorita no tienen vasos, dice la mesera. Apenas están colocadas frente a nosotros, Mario se agacha y da un sorbo sosteniendo el trago con las dos manos, como si su orgullo dependiera de ello. No quiero hablarle, y mientras se me chorrea la dignidad por la boca como aguardiente, desvío la mirada al grupo de hombres en el fondo y me llama la atención lo ecléctico de la comitiva. Uno trae las menos llenas de grasa, como si hubiera huido de debajo de un coche para estar a tiempo en la cantina; otro tiene toda la pinta de ingeniero o maestro de física, camisa cuadriculada metida en los jeans y un estuche de navaja sostenida en el cinto, más arriba unos anteojos remendados con cinta aislante; el más viejo viene mucho más elegante que el resto, con traje y leontina de plata, que solidifica el contraste con el compañero contiguo, quien sugiere tener un domicilio debajo de algún puente mugriento. Se reúnen todos en un semicírculo atento, inclinándose al frente y apretando la mesa con los dedos, ante un calvo con la mirada perdida que apenas y mueve los labios. El don tiene los brazos cruzados y rebasa el respaldo vencido de la silla con su corpulencia; semeja un patriarca sometido rodeado por los restos de un séquito majestuoso, del que sobra un puñado de fieles también derrotados.

     Analizo a los cinco caducos sin mucho interés, como valiéndome de la distracción para quitarme de la cabeza la idea de Romina llorando sola en la posada. Me pregunto qué carajos cuenta el calvo a sus oyentes, pues los mantiene hipnotizados, a tal grado, que los vasos resisten llenos. De alguna manera presiento que toda la mugre del pueblo podría resumirse en este espacio, con diferentes formas y acepciones, pero echada equitativamente para influir, a su manera, en el vacío.

     Mario me mira por un instante y voltea al grupo de fondo, sonríe como encontrando la salida de un laberinto desagradable y forzado: “Es el licenciado Esparza, un buen hombre, siempre echa la mano cuando alguien de la colonia se queda sin chamba o se les enferma el chamaco; nunca bebe ni anda de putañero ni apuesta, nomás viene una vez al año a echarse una copita y nos cuenta lo que le sucedió cuando vivía en el norte, hace un chingo”, dice.

     Me cuenta que Esparza tenía un hermano, fotógrafo de medio tiempo, mucho más joven, pero que se supone era bien trucha y grillero. “Vivían en la ciudad donde nacieron, sólo ellos dos en una casa antiquísima, casi un palacio”, dice mi tío. “Esparza apenas iba acabando la carrera de Derecho y trabajaba en una farmacia para pegarse las cuentas de la casota; el carnal también trabajaba ahí, pero como siempre le pedía que lo cubriera para irse a meter en todas partes, el licenciado se aventaba el día entero entre pastillas y señoras quejumbrosas”, me cuenta. “No se veían mucho, cuando uno llega a la casa el otro ya se andaba yendo, y así siempre, pero según esto se llevaban bien, por eso, el día que el hermano le pidió que cerrara la farmacia temprano para que lo acompañara a un encargo. Esparza aceptó sin pedos.”

     Mario hace una mueca y se rasca el coco con mucho cuidado, como si los pelos que le quedan fueran alambres eléctricos y se rehusara a tocarlos. Dice que en el coche iban Esparza, el hermano y una chava del periódico.

     “Quién sabe por qué chingados invitaron al licenciado”, cuenta, “ni él sabe bien por qué se le habrá ocurrido al hermano llevarlo, pero ya ni se lo pregunta, porque ni le explicaron a dónde iban ni para qué; de la conversación de su hermano y la vieja sólo alcanzó a cachar algo referente a un rancho y también algo de que todos debían sonreír en las fotos”. Según mi tío, Esparza cuenta cada año que el trayecto fue precioso: “Todos venían con las ventanas abajo y por la falta de luz en la carretera se veían un chingo las estrellas, el viento fresquísimo, el olor a planta mojada, el silencio del camino nocturno. Que todavía le parecía buena idea haber cerrado temprano la farmacia. Y sí, habían ido a un rancho, tres horas, tres horas y media habían tardado, pero llegaron”.
De fresca, de placentera, no tiene nada esta noche, al contrario, hace un chingo de claro y se siente que está a punto de llover; una atmósfera pastosa, pesada, como un escuincle haciendo pucheros antes de soltar el aguacero. Por eso mismo se supone que salí a prisa del cuarto, pero ni yo me creí cuando le dije a Romina: “Va a llover”, ni ella me debió haber escuchado, porque está perdida quién sabe dónde, en un sitio donde no quiero alcanzarla, sin esquinas ni colores ni sonidos, tal vez sólo el ruido del viento; no ese viento melódico sino el otro, el silbido que te asegura estar solo, que te endurece y te parte y se empeña en tirarte y en que no te levantes.

     No pude decirle mucho hoy, ni ayer, en parte porque no tengo mucho que decirle. Cualquier cosa que se me escurre como baba le ha de sonar a pendejada, si es que la escucha. No quiero decirle nada. Se está deschavetando, me cae. Está a una pinche palabra, a una comida, a cualquier cosa, de caer completamente, y no me sorprende. Me salí del cuarto para salirme de ella, pero también me da pena dejarla ahí, acostada en la colcha deslavada de flores moradas, ya casi rosas, pero no se tapa, no se mueve; le puse el suéter por encima y ni lo notó.

     Se me va pudriendo mi mujer desde hace dos meses. Por partes, despacito. Se va gangrenando. Empezó por las uñas de los pies y le subió como reptil por las piernas paralíticas por convicción, se partió en dos y le dio vueltas por el pubis, se le deslizó por la cadera hasta subirle a la espalda, como las serpientes del caduceo de mercurio pero de adentro hacia afuera.

     Llegó tranquila, hasta eso, al departamento que habíamos rentado cuando decidimos casarnos; dejó su bolsa en el sillón con cuidado, como para que no se le fuera a romper; no me preguntó si quería café. Sólo prendió la cafetera y se recargó lastimosamente en la parte derecha de la mesita donde estaba esperándola con la mano en el aire y donde me quedé con los dedos flotando. “Apaga esa mierda que me voy a vomitar”, me dijo, dándome media espalda. Apagué el cigarro porque ahí supe que venía mal; entonces que el pregunto y que me parece que se echa a llorar, pero no se le salió ni una lágrima ni nada, namás me pasó los dedos con muchísimo cuidado por la parte más baja del vientre, aterrada de ir más abajo, y me quedó encabronadísimamente claro.

     La misma pinche bolsa se la compré la primera vez que gané en el galgódromo. Bien seguro de que le iba a gustar –se veía fina–, se la acomodé en el baño y me fui a acostar, porque así garantizaba que cuando llegara de la chamba, se quitara su gafete del banco y se fuera a despintar al espejo, le entraran ganas de despertarme a besos, ahí mismo o al otro día.

     Nos paseábamos presumiendo, ella su bolsa colgando del brazo y yo a ella colgada del mío; ni nos olíamos la putiza que le iban a acomodar en el espíritu, o en la conciencia, o quién sabe dónde, pero en un sitio incalculable, ingente; un pedazo que es imposible desinfectar aunque mates, o encarceles, porque la venganza se queda miserablemente corta. Quienes tal vez ya se las olían, en sueños de los más violentos, aún sin rostro, eran un par de hijos de puta, de esos que vienen con el único propósito de asegurar que el mundo siga según lo planeado y se vaya a la mierda.

     Decía mi jefa que mi abuelo usaba ligas en la mano para que no se le olvidaran ciertas cosas: que comprar refresco, recoger a mi abuela de la escuela, darme mi domingo, eso; y Romina se cagó de risa cuando le conté y me dijo que qué raro, y a mí también me dio risa, porque fue lo mismo que le dije a mi jefa cuando me contó. Más que buena memoria, siempre ponía atención, por eso no se me olvidaba nada y no necesitaba las ligas, pero Romina se sentó en la mesa, y en lo que servía sopa, le vi una colgada en la muñeca. No era como las de mi abuelo, de hule amarillento; era una acolchonada. Acabamos de cenar y salimos a tomar algo; me pedí una cerveza y le limpié la boquilla con una servilleta, atinando con la vista periférica a la liga bajo su mano. Chupamos, nos reímos y escuchamos algo de música; le acariciaba la otra muñeca con intención de evitar que se acordara de la liga, hasta que después de unas horas no me pude aguantar la risa, pues jamás la había visto cargar una, y le pregunté si se le había olvidado algo, y sonriendo, me dijo que sí: ponérsela.

     Tuve bronquitis y me dolía respirar. No podía hacer ningún esfuerzo porque la tos me desarmaba y el pecho y la garganta se me llenaban de napalm. La segunda infección respiratoria en menos de cuatro meses, pero tenía la sonrisa tatuada porque Romina y yo llevábamos más de un año viviendo juntos y todo marchaba chingón; me despertaba temprano, afiebrado, y ella ya no estaba en la cama sino en la salita tomando clorofila, con las piernas cruzadas, concentrada. Me preguntaba sin quitar la vista de la pantalla si quería café y le decía: “No te molestes, lo hago yo”, y me sentaba a verla con el pretexto de esperar a que se llenara la cafetera, un poco ansioso por no poder fumar, pero sobre todo, en paz. Escuchaba desde la silla el tecleo de su computadora intervenir el gigantesco murmullo del D. F. y armonizarse con la imagen de rines en movimiento, el ruido arrítmico de suelas gastadas, con un carrito de frutas, el grito del gas, un claxon, dos claxons, la discreción de los semáforos, el reposo de cuatro o cinco árboles, niñas cruzando un camellón, una bicicleta rabiosa, sirenas en calma… y me supe entero, no entré en pánico, me mantuve quieto, casi desafiando a un asteroide o a una bomba atómica a que se atrevieran a colisionar con nosotros para burlarme de ellos, para reírme de ellos, para reírme en su cara y gargajearlos, porque aunque se nos hubiera caído el edificio encima, ella no había dejado de cruzar las piernas y agarrarse el cabello, rascarse la oreja y darle tragos cortos a su botella de plástico. Me puse el abrigo sobre la pijama y luego de forcejear casi un minuto cerramos la puerta y bajamos las escaleras de la mano. Cruzamos dos calles y paramos frente a una banquita metálica; el camión la esperó hasta que quiso dejar de besarme y se la llevó a la oficina haciendo escándalo.

     Que no se fuera a dormir fue lo que quise decir, y lo que le dije, la tercera vez que salimos, cuando nos quedamos viendo por los ventanales de la casa de su prima los edificios que iban siendo devorados de a poquito por la multitud luminosa, sin cuerpo ni sonoridad, que arrasaba con sombras y pupilas indiscriminadamente; quería que no se me fuera, porque recién nos habíamos querido, recién la había conocido y recién habíamos soltado la euforia; me dijo que no con la cabeza al mismo tiempo que abría sus ojos cafés como impulsados por un resorte oxidado, luego me reclamó como botín de guerra, con los labios.

     Me senté, bien crudo, en un macetero en el centro de la ciudad. Llevaba ya dos años de haber acabado la universidad y no me había caído chamba. Me punzaba el cuerpo, el tipo de malestares rítmicos y expansivos que equiparaba con el envenenamiento por radiación, pero no era otra cosa que una vil cruda que se unía y se hacía cómplice del sueño roto; ni siquiera más bien de la ruptura del sueño del sueño, de que una universidad, una capital, una cantidad monstruosa de coches, de tiendas, de gente, de asfalto, me iban a transformar, casi por magia, en alguien, en algo, que tuviera algún tipo de incidencia en cualquier cosa, en el país, en una calle, una escuela, tres personas, un gentío. Me sorprendió Romina cuando fumaba mi primer cigarro de una cajetilla nueva, saliendo del banco; yo no la sorprendí, ni me vio. La postura que le daban los tacones a sus piernas, a sus nalgas, era la curvatura de un sonido que embobaba a la banqueta entera.
Cuando era niño fui tartamudo como seis meses, ocho máximo. No me dejaban ni atender a los clientes; me entendían apenas mis jefes y me zurraban todo el día: “Que hable bien cabrón, que suéltese”, y tal vez ahí me fui dando cuenta de que la gente es mierda; había desdén y fastidio, casi asco por parte de los pocos que conocía a los seis años, y aunque no era exageradamente cruel, lo notaba. Llegó el punto en que casi dejé de hablar, lo hacía lo menos posible. No tenía sentido sacar sonidos que tardaran tanto, que impidieran transmitir un mensaje, uno profundo, el enojo, cualquiera; no es lo mismo que te digan no seas pendejo a n-n-n-n-n-nnoo ssseass p-p-p-p-p-endejo; entonces se hace necio hablar, se hace necio conversar y contar chistes y dar las gracias.

     Intento, de modo muy burdo, pensar que algo similar le pasa a Romina, pero multiplicado pro doscientos. Lo de ella no es un problemita de nervios, de hiperactividad infantil, es un tartamudeo de cosas rotas, de muerte en vida, de ciegos frente a una tormenta eléctrica, de perros que ya ni aúllan; eso no se quita, como me lo quitó a mí mi tío, este mismo, escuchándome con paciencia y diciéndome que no hay prisa. Y no la hay, ni de acabarme el aguardiente ni de que me termine de contar esto de Esparza, que llegó al rancho y encontró las rejas abiertas; se fue con su hermano y la chava a la casa principal y vieron afuera, amarrados, a los caballos de todos. No supo si fue que sólo cosechaban para ellos y nada más, o que sembraban amapola; si alguien del rancho embarazó a la hija de un cacique o si se negaban a vender los terrenos, pero no averiguó jamás, ni quiso, porque nada de eso impidió que cuando rodearon la casa, encontraran más de veinte cuerpos arrasados a tiros, donde la carne y la ropa se diluían en trapos rojizos amasados en polvo y plomo, inmóviles. No había demasiado viento y todas las chozas alrededor de la casa principal yacían silenciosas, como formando un coloquio de mudos expectantes y roídos. “Entonces”, dice Mario, “Esparza giró la cabeza y presenció el instante en que su hermano y la chava dejaron de trabajar para el periódico y sucumbieron aterrorizados, sin gritar, tapándose la boca con las palmas y alejándose despacio, como buscando una pared aún sin derrumbar para recargarse, pero él no, porque regresó la vista a los deshechos y le llegó la cólera. Buscó en chozas, en la casa principal, en muchas partes, hasta que encontró, escondida y apocada, la pala que se negaba a salir para cavar necedades”.

     Así namás, mi tío me dice que lo que hizo el licenciado a continuación, lo último y lo que se niega a contar con detalle cada año, es que tomó la zapa y se pasó ocho horas perforando la tierra y rellenándola con cuerpos, porque se rehusó a dejarlos sin sepelio.

     Me pregunto cómo lo enterrarán a él, al Esparza débil, anciano y ecuánime que distingo del otro lado de la cantina, si con los más altos honores de estos borrachos que parecen adorarlo, con la misma indignación, con arrojo, o con las formas olvidadas de la vejez, del tiempo, de la memoria y la geografía.

     Al licenciado lo siguen escuchando, respetuosos, allá a lo lejos, y Mario pide otros dos tragos para estar aquí conmigo; sólo estar, creo, porque no tenemos nada más que decirnos, pero es buena gente y la incomodidad ha disminuido, así que se resigna a mi mutismo y decide reposar porque ya ha cumplido con su parte: me ha hablado y ahora puede descansar; por eso se menea en la silla como necesitando dejar su huella ahí, echa la espalda hacia atrás, levanta los brazos, se estira, toma su copita para brandy y se la pone junto al pecho, mueve la cabeza en un círculo empedrado para tronarse el cuello, suspira y fija la vista en el techo para pensar en lo suyo o no pensar en nada y escuchar la música.
Me agarro el cogote, tomo el aguardiente y bebo en silencio. No puedo decirle “pobre2 a Esparza, porque tampoco se lo puedo decir a Romina. Eso sería lástima, hacia cualquiera, hacia los dos, y no es eso. Además, sería como hacerme el desentendido, como decir: “A mí no me está pasando o a mí no me pasó”. Estoy metido en lo mismo, pero de otra manera. No creo estar concretamente en el mismo infierno; estoy en otro, uno más ambiguo y más violento pero, creo, menos rancio; los veo a ellos bien lejos pero aún alcanzo a ubicarlos y a mí me ven los otros, como Mario, alejándome. No sé qué quiero, qué debo hacer, en esta región destrozada; si violar, matar o contar cada año su-mi-nuestro desquicio, porque no quiero quedar inerte ni arrodillarme hasta llenarme de polvo y locura. En una pendejada intentar escapar por un túnel, con Romina de la mano, lenta y como autómata, o saltar la barda aunque nos raje la piel el alambre de púas, irnos de nuestro país y nuestros nombres, probar el tope de acelerador y dejarnos al barranco, empedarnos hasta el cansancio o seguir como si nada.

     ¿Y entonces qué? ¿Tendré que ir a misa como cuando niño? ¿Llevarnos al psiquiatra? Qué pinches majaderías.

     Habrá primero que acabarme mi trago y salir a cavar. Buscar una pala digna, pasearme un rato por la ciudad arrasando a mi camarada, fumar un chingo e ir a despertar a Romina, que seguro está despierta, ya sin iridiscencia.

     Me dirá –me dice- sin hablar que no quiere, que no la joda, pero ella es la que se termina levantando para salir a buscar el rancho del licenciado o el que más se le parezca, y llega, conmigo a sus espaldas, hasta donde sienten la tierra sus pies con las uñas largas; entonces ella se detiene como para hacerme la broma y darme tiempo de arrepentirme y lo logra: me arrepiento.

     Le digo, primero en voz baja y luego a gritos, que siempre no, que la cagué, que puedo encontrar otra manera, pero no nos lo creemos ninguno de los dos y sigue caminando y me arrastra, porque vengo agarrado de su pierna y jalándola del pantalón pataleando como chamaco y haciendo un berrinche cósmico para suplicarle que no tiene que ser así, pero ni se da cuenta de que se me desmoronan las manos y le mancho el vestido y las pantorrillas, dejándole pústulas por donde me deshago. Me quedo bien atrás mientras ella sigue avanzando con la pala. Llega a una zona que le parece apropiada, escoge el terreno, lo revuelve con la mano y toma un poquito con el dedo, lo prueba, asiente –tiene el cabello en la cara pero no se lo quita–, pero luego inspecciona la pala, el mango, la paleta, la aprueba y la estira con las dos manos hacia mí, que sigo en el piso, y me dice: “Ándale, te toca”, pero con la boca cerrada.

     Ya sabe que no quiero, e igual cierro los ojos y muevo la cabeza de un lado al otro, con una negación suficientemente adecuada para arrancarme la cabeza y que ruede por ahí, sonriendo, pero no sucede ni me lo permite, así que me pongo de pie metiendo el pie derecho entre las manos recargadas en el suelo y me acerco para complacerla; suspiro, levanto la cara, echo los hombros para atrás y le doy un beso en la mejilla mientras le quito la pala de las manos.

     No se acuesta lentamente: se deja caer y el choque forma una polvareda que sólo me permite ver su silueta ennegrecida y que me cierra la garganta con tal empeño que inhalar me lisia la tráquea y deja en instantes cada vez más próximos a un silbido. Desde el suelo me exige con los ojos que de una vez, que me apure; por eso cojo la pala y tallo el mando con las dos manos, como si probara un bate de beis, bajo la cabeza para esquivarle la silueta y clavo la pala mientras parafraseo algo que escuché alguna vez: “Pido a Dios, si es que existe, que salve nuestras almas, si las tenemos”, ¿pero cómo no vamos a tener?, si las estoy viendo enmugrecerse al mismo tiempo que cae el primer montón de tierra sobre el cuello y la quijada de mi mujer, o cuando salió del banco sin verme, o cuando era niño y tartamudo, y si no, seguro cuando ella hacía la tarea en el despacho de su casa, con la mamá sobre su hombro, o cuando le arrancaba la cabeza a sus muñecas pero dejaba a una viva, o sin duda cuando aprendió a contonearse y a mover las nalgas, con falda de cuadros como en la secundaria, desnuda o con cualquier cosa encima.

     Le echo tierra por todas partes. Es puro destrozo verla impávida mientras la inundo con millones de granos de tierra; no le importa estar desnuda, ni que yo llore, siempre que siga tirándole tierra encima.

     Paso la pala sobre la tierra y doy pequeños golpecitos para alisarla; sobresale la punta de su nariz que, por más que intenté, no pude tapar. Doy la vuelta y veo los veinte, los setenta, los ciento once cuerpos de Romina que me falta enterrar. Comienzo con el más cercano: una Romina niña, por eso la tapo con mi abrigo y le pongo un cúmulo de tierra a modo de almohada, para que descanse y permanezca muerta y cómoda; luego es una Romina aindiada; luego un gordo jocoso, su mamá, un adolescente con bigotes de Cantinflas, una vieja con los dientes blanquísimos, un tipo muy alto y de cabello plateado, una pareja joven llena de cicatrices, echo tierra, echo tierra; una niña tatuada, un ruco con sombrero en la mano, echo tierra, pelo arrancado, coágulos, dientes rotos, balas dobladas, un zapato gastado del lado derecho, dos riñones podridos, sífilis, rezos. Llevo mucho tiempo, más de ocho horas, quién sabe si años, cavando, tirando tierra encima de Romina, empapado en coraje y con sangre donde había huesos, porque ya no hay pala ni manos, sólo sangre que se sigue moviendo y levantando tierra, uniéndose con el resto, la de los cadáveres todavía humeantes, amaestrados, rampantes, con la epilepsia tan agravada que parece que no se mueven, pero lo hace, tan espacio que no se nota cómo intentan acomodarse y que la tierra sobre ellos se asiente de tal forma que no quede, ni se pueda ver o respirar, la mínima porción de aire, de luz corrupta, de actos que a mí todavía me alcanzan a desollar y me hacen notar la pesadez, la fatiga, el delirio de la mugre bajo las uñas que de pronto tiran la pala porque queda solo un hueco, junto a Romina. La beso sobre la tierra y me siento en mi fosa; jalo con el antebrazo la tierra que dejé a ese propósito y me cobijo.

     Ya enterrado paro de llorar. Con los restos de lágrimas invisibles me levanto de la mesa y me acerco a mi tío. También se levanta, me dice: “Yo pago, no hay tos”, y le palmeo la espalda cuando él palmea la mía. “Comemos mañana”, le digo por el hombro y apenas escucho el “Simón, te espero en la casa”, porque a la salida, toda la cantina se convierte en el mismo murmuro. Me paro en la banqueta, el viento está fuerte. Me cierro el abrigo, con el gesto tieso veo el cielo, voy a la posada. Entonces empieza a llover, casi como si significara algo.
 

 

*Foto tomada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 

 

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