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ArbotantesHelarte de vivir

La importancia de llamarse de cierta forma

/ por Beatricia Braque/

 
 

El nombre configura, moldea. El nombre traza una trayectoria del antes al ahora. He pasado gran parte de mi vida deseando ser otra. Indudablemente para convertirme en otra lo primero sería despojarme de mi nombre como de cualquier otra prenda. Lo segundo sería ir a un lugar donde nadie me conozca y empezar de nuevo. El pasado entonces se quedaría quieto y eventualmente podría hasta inventar otro.

Asumir una nueva identidad no debe ser tan complicado. Esa identidad comenzaría a configurarse a partir de las experiencias nuevas que viviría mi yo. Las acciones son peces inquietos que luchan por liberarse, el yo es la red luminosa que los contiene.

En la actualidad es sencillo conocer a alguien. Tan solo es necesario buscar el nombre en Google o incluso en un perfil de Facebook e inmediatamente encontramos vida, obra y milagros. A partir de esto formamos un juicio. A partir de este juicio es como interactuamos con dicha persona. Hacemos lo mismo que al abrir un diccionario: busco la definición de silla y entiendo de qué forma usarla. Busco a una persona y leo su definición a través de la información disponible. A partir de esto decido qué papel podría (o no) jugar en mi vida.

Recuerdo la parte de 100 años de soledad en donde se habla de la peste del olvido. Los habitantes padecen una rara variante del insomnio que los hace olvidar todo. Al principio no recuerdan los nombres de las cosas y deciden etiquetarlas. Después olvidan incluso para qué sirven y les agregan entonces una pequeña definición.

Para convertirme en otra sería de suma importancia cambiar de contexto, como sucede con un ready made. ¿Qué pasaría si simplemente me colocara a mí misma en una vitrina y me quedara quieta? ¿Podría transformarme en ornamento?

Recuerdo también aquella parte de Palinuro de México en donde se habla del cielo de las cosas. Este capítulo culmina cuando Palinuro y Estefanía deciden enterrar su espejo. Cuando se disponen a hacerlo lo colocan en el suelo y empieza a reflejar las nubes, cosa que ellos interpretan como que finalmente falleció ya que dejó de cumplir la función de reflejarlos a ellos.

El nombre, esa fruta de conserva que se guarda en un frasco herméticamente abierto. Me gustaría sustraerle mi yo a las cosas que he hecho y dejarlas que vuelen libres para abrazarme entonces a un transcurrir amable. Me gustaría quitarme el nombre que a veces me aprieta.

 

 

*Foto tomada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com)

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