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ArbotantesHelarte de vivir

Ser o no ser

/ por Beatricia Braque/

 
 

Cuando tenía 7 años me cambiaron de escuela. No me gustaba para nada el colegio de monjas pero de cualquier manera le temí al cambio. En donde estaba el nivel de inglés era pésimo (usábamos un método de Plaza Sésamo, con eso lo digo todo).

Fui a presentar el examen de admisión. Recuerdo haberle dicho a mi mamá que iba a poner mal todas las respuestas, cosa que ella solucionó dándome una moneda conmemorativa de los niños héroes de 100 pesos. Me fue muy bien, en todo menos en la parte de inglés. Me mandaron a cursos de regularización.

Para mí era un asunto penoso “no saber”. Recuerdo las primeras clases en mi nueva escuela bilingüe mirando de un lado a otro sin entender nada. Cuando la maestra me preguntaba algo yo solo afirmaba con la cabeza. Trataba de hacer los ejercicios y regresaba con mi cuaderno todo tachado. Entrar a ese salón era como transportarme a otro mundo en donde nada tenía sentido. Más de una vez lloré frente a todos. Me sentía tonta.

Cuando llegué a las clases de regularización no sabía qué esperar. Me senté en mi pequeño escritorio y recargué la cabeza en mi brazo. Tan pronto vi llegar a la teacher todo cambió. No recuerdo su nombre, pero era alta, delgada, joven (tendría quizá 19 años), los ojos más verdes que había visto en mi vida y una sonrisa que lo iluminaba todo. Agradecí haberme sentado en la primera fila. Además de ser guapísima era paciente y linda y estoy casi segura de que todos estábamos enamorados de ella. Mi actitud hacia el idioma cambió de forma drástica. De pronto “Inglés” se convirtió en mi materia favorita. Me preparaba contentísima para asistir a mis clases de regularización y ponía siempre atención (tal vez demasiada). Era la alumna más participativa del mundo.

Sabía que había en mí algo diferente. La gente tiene la costumbre de hacer preguntas del tipo: ¿Y cómo se llama el niño que te gusta? ¿Tienes muchos pretendientes? ¿Ya tienes novio? Cosas que no podían importarme menos. La verdad era que me gustaba Lupita, la niña que se sentaba en frente. Recuerdo que una vez la invité a mi casa. Toda la tarde estuve inquieta esperando. Finalmente me puse a jugar con mi bici y para colmo se le cayó la cadena. Estaba justo volviendo a ponerla cuando escuché que me llamaban. Tanta emoción en estar imaginando ese momento y ahora tenía las manos cubiertas de grasa… Corrí a lavarme y fue entonces que la recibí. Ella llevaba un trajecito rojo y un moñote y sonreía mucho. Todo el día corrimos y gritamos y hasta nos tomaron una foto. En ella salgo haciendo un thumbs up con mis pants grises y tennis y agarrándola de la mano. Ella sale sonriendo con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha.

En aquel entonces no recuerdo haber visto en ningún lado o entendido qué era “ser gay”. Lo único que sabía era que yo no era normal, cosa que me angustiaba y me hacía sentir extraña. Ni siquiera se me ocurría cómo verbalizar o explicar aquello. Solo sabía que me gustaba usar ropa de niño, tenía juguetes de niño, me comportaba como niño y definitivamente no me gustaban los niños.

Recuerdo también más o menos por aquel entonces que junto con mis primos bajábamos el calendario de Gloria Trevi que tenía mi tío escondido en lo más alto del closet y lo veíamos a escondidas.

Cuando en “Ciencias Naturales” nos hablaron sobre sexualidad nos explicaron meramente cuestiones reproductivas. No recuerdo en ningún momento haber escuchado a nadie hablar sobre orientaciones sexuales. Las escasas veces que escuché personas hablando sobre este tema siempre fue de forma peyorativa.

A los 12 años fui a terapia con una psicóloga que llegó a la conclusión de que yo era lesbiana porque no tenía bien establecidos los roles de género estereotípicos, porque no entendía que los hombres trabajan y las mujeres se quedan en casa y cuidan a los hijos. Recuerdo su cara de desaprobación cuando me explicó todo esto. Recuerdo incluso que le planteó a mi mamá darme más terapia para corregirlo. Nunca volvimos.

Fue muy problemático para mí aprender a conocerme y aceptarme. No fue hasta los 18 años que me fui a vivir a otra ciudad que me atreví a ser yo.

Me habría gustado tener más información, me habría gustado no haber vivido con angustia toda mi infancia y la mayor parte de mi adolescencia. Me habría gustado que alguien me entendiera y me explicara que lo que sentía no estaba mal. Sin embargo, miles de personas opinan que es perverso informar a los niños sobre estos asuntos. Hace un par de días llegó el camión de #ConMisHijosNoTeMetas y me hizo recordar todas estas cosas desagradables que viví y que pudieron haberse evitado. No entiendo por qué estas personas quieren hacer ver a la comunidad LGBTTTQI como un montón de degenerados que quieren pervertir a los niños. No entiendo por qué tanto odio y discriminación. Creo que el hecho de que hablemos abiertamente sobre estos temas es algo positivo, la gente homofóbica y prejuiciosa que se atreve a expresar sus ideas puede tal vez encontrarse con alguien que le haga ver que lo que piensa está mal.

Espero que las personas sean más empáticas y no tan severas en sus juicios para que las generaciones futuras no tengan que vivir con miedo, y sepan que siempre serán aceptados y queridos tal y como son.

 

 

*Foto tomada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com)

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