Lego ergo sum

Orientalismo

/ por Rodrigo Lichtle/

 

Existen diferentes discursos postcoloniales que han tratado de señalar las formas en las que el occidente es capaz de definirse como un grupo relativamente unido, alejándose de los otros (o sea toda persona que no sea europea o, incluso, estadounidense). Este tipo de textos hacen que uno reconsidere la identidad y hasta poderse considerar como un tipo de mistificación. En estos casos, la ficción puede ser la nacionalidad o la unión de occidente, pero no se queda solamente en esta formación del “yo” occidental, sino que se expande en la ficción del otro. Esta representación tiene como objetivo poder discernir quiénes son parte de un grupo y quiénes son parte del otro, lo cual puede ser un tipo de imposición.

  Supongo que una definición basada en la diferenciación de los demás tiene que ver con el concepto de que, a través de la negación de todo lo demás, se puede llegar a la significación de algo o alguien. En otras palabras, puede considerase a la diferencia y a la segregación como herramientas definitorias. Lacan menciona que para dar significado a algo se necesita reprimir otras denotaciones. Por ejemplo, se podría decir que dentro del significado de “mexicano” se encuentra no ser chino, ni estadounidense, ni francés, ni nigeriano; hasta el punto en que “mexicano” esta sólo conformado por la negación de todos los demás y no por el término en sí. El ser occidental sólo toma significado cuando niega el ser de otros lugares, como es el oriente o incluso América (Iberoamérica, especialmente) o África.

    Ahora bien, en su libro Orientalism, Edward W. Said propone que el occidente aplica tres pasos o herramientas para la “creación” del oriente: (1) la búsqueda y el entendimiento del oriente de forma académica, (2) la distinción ontológica y epistemológica del oriente, y (3) la representación del oriente como diferente, reestructurando e incluso dominando al otro. Al final, estos pasos no sólo dan origen al orientalismo y a la creación de un oriente imaginario en sus distintas formas, sino que pasan a ser una forma de definir lo que es ser occidental. En otras palabras: el ser occidental es no ser oriental.

    Es interesante pensar en ese tipo de representaciones, y en lo absurdas que pueden llegar a ser. Curiosamente, entre más absurdas las representaciones, es más probable que terminen siendo una forma de normalizar lo occidental y de hacer al otro algo raro, extraño, exótico e incluso pasado. Un ejemplo de esto es considerar a Egipto la tierra de las pirámides y todo lo referente a la civilización antigua, y no verla como una cultura actual. También puede ser el estudiar a las culturas no europeas con una cierta distancia, como si fueran culturas pasadas, pero no verlas como existentes en este momento. Un gran ejemplo de lo absurdas que pueden ser las representaciones sería Indiana Jones y su manera de mostrar al otro como extraño.

    En fin, me parece fascinante este tipo de mistificaciones del otro con tal de definirse a uno mismo. Sin embargo, este proceso se vuelve incluso más interesante cuando hay un error en el entendimiento del otro. Como si al formar a la otredad, definirla e incluso representarla, el “yo” no se refuerza ni se aclara.

    El proceso podría verse de esta forma: primero se diferencia al otro, representándolo como ajeno; y después se puede usar esta segregación con el objetivo de definirnos a nosotros mismos. ¿Entonces, qué pasa si alguno de esos pasos, especialmente el último, no funciona? ¿Qué queda del yo, en ese caso? El mayor problema que puede haber en la autodefinición es el de no saber cómo definirse a uno mismo.

    Es difícil considerar a la identidad como algo no intrínseco, verla más como una formación o ficción. Desde este punto de vista, parece necesaria la otredad. Si sucede este conflicto durante la autodefinición, uno llega a darse cuenta de su falta identitaria. Un ejemplo que ya he citado en algún otro texto es el de el libro No todos los hombres son románticos, de Héctor Manjarrez:

    Perdió su raíz Andrés, pero en realidad no sabe nada de la ciudad en que vive. Lo que sabe del país, la televisión se lo dijo. No tiene historia, no tiene lenguaje (aunque comprenda el que se habla alrededor suyo), no tiene memoria, no tiene sentimientos, no tiene ideas, no tiene mujer, no tiene educación; no tiene contra quien dirigir toda su violencia.

    En este caso sucede algo interesante: Andrés no puede definir a la otredad porque es parte de él. El idioma es compartido por el y por los otros. En el caso de la memoria, el texto termina con un movimiento conmemorativo del 2 de octubre, lo cual significa que la memoria y la historia también puede ser sociales. Cada elemento de “falta” expresado en esta cita puede considerase como eso: algo que es compartido. Sin embargo, a diferencia de la negación de Lacan, esta no lleva a una solución. No conduce a ningún tipo de definición.

    Podríamos preguntarnos qué es lo que define a ese personaje. Yo diría que es la sociedad y como interactúa en ella. Sin embargo, en este caso, el personaje es parte de un grupo: aunque alrededor de “Política”, el nombre del cuento, haga énfasis en diferenciarse de los demás. Marca diferencia entre él mismo y el gobierno, su compañero, sus amores y su lugar de origen. Sin embargo, pasa a ser sólo una mascara participativa del protagonista para poder autodefinirse, y aun así nada termina siendo intrínseco a él.

    Tal vez sea más fácil considerarlo a través de identidades nacionales, estatales, o grupales en general, pero el cuento de Manjarrez puede llevarnos a ver que la otredad no es necesariamente distinta, o que esta diferenciación es una imposición social. El texto nos guía a reconocer la falta de un “yo”, lo cual hace necesario al otro para poder definirnos. Aunque, como en el cuento, se presenta un problema en la definición propia cuando uno no logra asimilar la falta de diferencias con cualquier “otro”.

    La alienación sentida por el personaje sólo llevaría a la reflexión de hasta qué punto podemos definirnos. Pero no sólo eso, sino que hasta dónde podemos hablar de una identidad intrínseca. Aparte de que es importante cuestionarnos nuestra relación social con el grupo al que creemos pertenecer y con otros grupos.

    Aunque Orientalism puede presentarnos una forma de entender el occidente como una abstracción de una identidad compartida, el texto de Manjarrez trabaja con algo más específico. Es importante considerar las mistificaciones y falsas representaciones que se pueden hacer de otra cultura; no obstante, es también interesante poder tomar esta teoría y aplicarla al individuo y su identidad. Tal vez todos tengamos la necesidad de definirnos a través de diferencias, lo cual nos hace posible crear la ficción. Es más, esta ficción no es nada más que una representación propia, una manera de definirnos. Sin embargo, el que podamos representar a quienes son diferentes a nosotros a veces nos lleva tan lejos de la realidad que comenzamos a ficcionalizar al “yo”.

    Creo que el personaje del libro de Manjarrez llega a esa conclusión y por ello esta descripción, una de las últimas, se basa en la negación y en la falta de características definitorias. Al final, uno no puede mantenerse en un estado constante de funcionalización del “yo”, así como no se puede mantener la mistificación del otro sin afectar la identidad propia.

 
 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com)

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