Frantz

ArbotantesPersistencia retiniana

Claroscuro de butacas

/ por Ricardo Alcántara/

 

Fui a ver Frantz. Desde el principio me sorprendo porque cuando voy a ver una película para esta columna normalmente sólo somos un par de hipsters raros y yo en la sala; pero esta vez, había mucha gente. Me pongo de buen humor al notar que unas viejitas sentadas en mi fila, empiezan a sacar un montón de comida chatarra contrabandeada en sus enormes bolsas de abuelitas consentidoras. A algunos parece molestarles el ruido de las bolsas de papas y las muchas latas de refresco (seguramente eran refrescos, aunque también me gusta pensar que las viejitas, además de contrabandistas, cínicas y rebeldes, eran medio alcohólicas) que empiezan a hacer “¡tssss!” desde recién empezados los comerciales.

  Tengo la grata sorpresa de que antes de empezar la película, pasan un cortometraje financiado por el IMCINE llamado Al otro lado, dirigido por Rodrigo Álvarez Flores. Trata de un chavo homosexual que intenta de cruzar la frontera ilegalmente. Resulta ser uno de los mejores cortometrajes mexicanos que he visto. Unas hippies que están sentadas atrás de mí, confundidas, me preguntan en voz baja que si efectivamente era esa la sala de Frantz y se los confirmo.

    Fade in. Empieza la película. Una serie de tomas en blanco y negro, cubiertas de grano de celuloide, con cámara estática, con fuertes contrastes y con texturas muy marcadas, me atrapan de inmediato. La historia –ambientada mayormente en la Alemania de 1919, bajo el contexto de un pueblo deprimido por las pérdidas humanas de la Primera Guerra Mundial– no tarda en arrancar las primeras reacciones del público. Actuaciones magníficas, transiciones inteligentes, movimientos de cámara sumamente elegantes, dilemas éticos muy bien planteados, una serie de cambios de saturación entre el blanco y negro y un bombardeo de colores, nos cautivan a todos. Todos en la sala estamos conectados. Veo los rostros de mis anónimos acompañantes parcialmente ocultos en la oscuridad y sólo con la luz de la pantalla bañándolos asimétricamente –con esa magia que tanto me gusta espiar durante las proyecciones–, los veo sufriendo, gozando y conmoviéndose junto conmigo. Varias veces creemos que la película va a terminar para después darnos cuenta del engaño. Los personajes siguen enamorándonos cada vez más y más.

    “–¿Por qué, Ricardo? ¡Ya dínos de una vez de qué se trataba la película!”

    –¡Nel pastel! Aún no.”

    Violentas reflexiones sobre la guerra, el nacionalismo, la vida, la muerte, el amor, la música, la pintura, la alegría y el suicido, comienzan a bombardearme mientras la toma que adivino como última, hace un lento y delicado zoom in hacia los ojos de la protagonista. Escucho que varios en la sala lloran. La cámara se detiene. La actriz suelta su última réplica –como diría Cruz, mi maestro de teatro– ¡cómo los dioses! Su mirada se suspende unos segundos casi rozando el lente de la cámara, a punto de romper el lente, a punto de romper la pantalla, a punto de rompernos a todos los ojos y triturarnos el corazón sin remedio. Corte. Fundido a negros. Música de violín. Créditos finales. Expresiones de “¡Noooooo! ¡No puede terminar así!”. Yo hago una mueca de dolor que se convierte poco a poco en algo parecido a una sonrisa. Hago la última anotación en mi libreta, que dice en caligrafía grande y sucia que abarca más de seis renglones “¡Dios mío!”.

    Mientras las viejitas rebeldes, cínicas, alcohólicas y contrabandistas, se levantan y comienzan a abandonar la sala confundidas, las hippies y yo mantenemos los ojos fijos en la pantalla. Le aviento besos a cada nombre que aparece en los créditos mientras pienso “¡Es que a eso se viene al cine, chingáo! ¡A confundirse así, a conmoverse así! Por eso vemos cine. Por eso hacemos cine. Para esta madre es que yo nací y no para ninguna otra cosa”.

    Terminan los créditos, empiezan a prender las luces. Las hippies empiezan a bajar las escaleras. Yo bajo poquito después y las escucho decir “¿Viste que el chavo de adelante se la paso escribiendo cosas en una libreta?”. Paso frente a una señora tan inmóvil, que me parece que está dormida o muerta. Me asomo para comprobarlo, y descubro sus ojos abiertos como platos. Pienso que me ha descubierto y me avergüenzo un poco. Enseguida noto que el mundo ha desaparecido para ella, sigue pensando en la mirada de la actriz rompiendo la pantalla. Quizá a mí no me rompió los ojos pero a ella sí; pudo haber estallado la guerra en ese momento y no le hubiera importado. Sigo caminando y mientras paso bajo la pantalla, alzo la mirada y digo en voz alta “¡Gracias! Y bienvenida, Frantz, a mi Top 10”.

    Salgo de la sala. Hace frío y está empezando a llover, el sonido de las gotas me conmueve. De pronto un estruendo de tambores rompe el silencio y descubro a la gente asomada por el barandal hacia la planta baja del centro comercial. Las cornetas empiezan a entonar el toque de marcha. Me come la curiosidad y bajo las escaleras eléctricas corriendo rodeado de la extrañeza de la gente. Siento que estoy atrapado en un sueño excesivamente real o en una realidad excesivamente onírica. Encuentro a los cadetes del Colegio Militar marchando entre una multitud expectante. Me cuelo entre una señora y su hija, a quien le pide que deje de mirar y que camine. El espectáculo me hipnotiza. Siento un poderosísimo escalofrío en la columna vertebral. Parece que el piso vibra con cada golpe de los tambores. Vibra el piso, vibro yo. Por alguna razón me pongo a pensar en las personas que están en otras salas de cine. La banda toca demasiado fuerte, seguro está interrumpiendo alguna comedia romántica o una de esas películas en las que al final se muere el perro. Y me parece que la banda toca cada vez más fuerte. No paran. Y retiembla en sus centros la Tierra. Y ahí, completamente solo frente a todo el desfile y entre toda esa multitud, me pongo a llorar.

    “–Bueno Patas, ya la hiciste de emoción… ¿Ahora sí nos vas a contar de qué se trató la película?”

    -No. Vayan a verla.”

 

FB: Patas Escuadras

 
 

*Foto tomada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 
 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com)

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