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La memoria del sueño

/ por Beatricia Braque/

 
 

Descubrí recientemente que algunas veces me sueño otra. Me sueño otra porque tengo una memoria del sueño, recuerdo acontecimientos que han ocurrido en otros sueños anteriores y actúo de acuerdo a esa experiencia alterna (digo que me sueño otra por motivos meramente explicativos, porque sé bien que ese desdoblamiento de mí también conforma a mi yo).

Al despertar me ajusto a mi memoria “real” y pierdo el acceso a mi memoria onírica. En la vigilia no me es posible acceder a estos otros recuerdos, así como cuando duermo no me es posible acceder a mi memoria “real”. Soy otra, y vivo en un mundo con reglas diferentes. En este mundo no existe la causalidad, no existe una lógica que conecte cierta acción con cierta reacción. Ejemplo: si hay un objeto en la mesa y lo empujo hasta la orilla esto no significa que al pasar el borde el objeto caerá, existen infinitas posibilidades. El objeto al llegar a la orilla podría quedarse suspendido en el aire, o podría desvanecerse ante mis ojos, incluso transformarse en cualquier otra cosa. Así me muevo en este mundo, presionando botones cuyas funciones no comprendo. De la misma forma si camino en un escenario y sigo una trayectoria no necesariamente avanzo, a veces camino sin avanzar, o el escenario cambia, o de pronto anochece, o se derrite mi rostro. Cualquier cosa puede suceder en cualquier momento bajo la lógica onírica.

Una infinidad de veces he soñado que me persiguen. Invariablemente en estos sueños corro con todas mis fuerzas, pero mis fuerzas en ese momento disminuyen de forma drástica, y mis gritos se pierden en la nada. Alguien le baja el volumen a mis gritos o me pone mute y me obliga a correr en cámara lenta. ¿Yo misma? Ahora, si en ese momento pudiera acceder a mi memoria real, me diría: “Detente. Deja de correr y voltea a ver quién o qué te persigue; tal vez no es nada, o tal vez es algo que puedes enfrentar”. Pero en el sueño no tengo acceso a esta memoria y lo único que puedo hacer desde mi experiencia es correr, aún si mis piernas no funcionan y mis gritos se pierden en el vacío.

Recuerdo que en mi infancia soñé que estaba con uno de mis primos luchando contra vampiros. Recuerdo que en ese sueño le dije repetidas veces: “Si te da mucho miedo nos podemos despertar”. En este momento ocurrió algo interesante, pude acceder a información de mis dos memorias y esto me permitió advertir que podría regresar a aquel otro mundo con total tranquilidad. En ese sueño experimenté un falso miedo, del tipo de miedo que sientes al ver una película de terror sabiendo que es ficción y que te encuentras a salvo.

Después de ver lo que se convertiría en una de mis películas favorias, Waking Life de Linklater, me obsesioné con los sueños lúcidos. Ya antes los había tenido pero sin comprender por completo el tipo de control que implican. En ellos aplica una lógica distinta, los objetos se doblegan a tu capricho, se crean o descrean, las leyes de la física se someten a tu voluntad. En mi primer sueño lúcido sobrevolé una ciudad de mi creación. Podía atravesar las paredes y sentí el placer de sostener entre mis manos las infinitas posibilidades que me envolvían. “El soñante es un pequeño dios”.

Hace un par de años tuve un sueño del que no me era posible despertar. En ese sueño me encontraba durmiendo en mi cama, despertaba y en el momento de lavarme los dientes me daba cuenta que seguía dormida. Lo intentaba de nuevo. Despertaba, me lavaba los dientes y después me cambiaba de ropa y volvía a darme cuenta de que seguía dormida. Entonces despertaba, me lavaba los dientes, me cambiaba de ropa y bajaba las escaleras solo para darme cuenta que seguía dormida, pero cada vez llegaba un poco más lejos. Era como desprenderme poco a poco de las capas que envolvían el sueño, como lentamente pelar una cebolla. En el siguiente intento bajé las escaleras, pero comencé a dudar en cuál de estos dos mundos me encontraba. Si habría logrado o no despertarme aún. Entonces decidí dar un brinco. Me quedé suspendida en el aire. Hice nuevamente el esfuerzo. Me desperté, me lavé los dientes, me cambié de ropa, bajé las escaleras, desayuné y al momento de abrir la puerta me di cuenta que aún dormía. Por última vez volví a derpertame, e hice toda mi rutina. Abrí la puerta y caminé a la escuela. Durante todo ese tiempo me mantuve alerta para reconocer alguna de las cualidades del mundo onírico. Llegué a clase, me senté en mi silla y los miré a todos con extrañeza. No fue hasta que terminó la clase que me di cuenta que realmente estaba despierta (mi cabeza no habría dejado pasar la oportunidad de jugarme alguna broma en aquel escenario tan idóneo). Una amiga me preguntó si estaba bien porque me notó extraña y le conté sobre lo que había pasado. Tiempo después investigué y me di cuenta que este tipo de sueños eran un efecto colateral de uno de los estabilizadores del ánimo que tomo.

En otro de los sueños más vívidos e interesantes que he tenido me encontraba con otras 5 personas sentada en una mesa hexagonal. Estábamos todos vestidos de blanco, y había una especie de mago que nos enseñaba los principios de la alquimia. Nadie más que yo parecía comprender y en ese momento pensé: supermateria. Solamente yo fui iniciada (cuando desperté busqué el significado de supermateria y me di cuenta que incluso antes de leer la información que encontré ya la comprendía). De pronto me descubrí caminando en una ciudad futurista con una armadura dorada. Recuerdo que llegó alguien que estaba a mi cargo y me enseñó una lista de pendientes. Yo extendí mi mano y la pasé sobre aquella lista y la leí de esta forma. Mientras caminaba comprendía la totalidad de las cosas. A lo lejos vi a un grupo grande de personas discutir y pelear. Levanté mi mano de la misma manera y vi cómo poco a poco volvían a la calma.

Hace escasos días soñé con Borges. Caminé con él y conversamos (su yo onírico no era ciego). Le dije que me llamaba Beatriz Elena y que nunca voy a olvidar lo que sentí al leer El Aleph. Cómo de pronto se rompió la diégesis y ese libro me llamó por mi nombre. Justo antes de despertar le di las gracias y él sonrió.

A menudo me pregunto cuál de esas dos memorias es más real. Quizá nunca lo sabré…

"Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges"
 

 

*Foto tomada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com)

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