ArbotantesHelarte de vivir

La vida en blanco y negro

/ por Beatricia Braque/

 
 

La depresión es una cama suavísima cubierta de almohadones. Es una pausa. La primera vez que me diagnosticaron con un cuadro de depresión mayor recuerdo haberme visto al espejo sin reconocerme, no podía creer que una mirada tan triste me perteneciera. La depresión me posee a voluntad con su frío tacto y me convierte en otra. Otra que calla y que quisiera renunciar al movimiento. La depresión es ese amargo oasis al cual me retiro, para darle la espalda a todo y a todos. El oscuro letargo de la renuncia. Es el auto-exilio, un filtro que me hace verlo todo en blanco y negro, como si la realidad fuera una película vieja.
La segunda vez que me diagnosticaron con depresión mayor le pidieron a mi madre que me vigilara con atención para que no me hiciera daño. Es curioso, la gente rara vez se suicida cuando tiene un cuadro de depresión mayor; lo hacen al salir de este, pues después de haber vivido algo así se aseguran de no tener que vivirlo otra vez.

Al platicar sobre mi depresión con una persona que también la ha experimentado con esa intensidad, mi depresión mía de mí, porque las personas felices se parecen, pero las infelices lo somos cada quien a nuestra manera me sorprendió mucho el que después de escucharme simplemente me dijera: ¿Y cuál es tu pensamiento recurrente? Ningún médico me había preguntado eso, y sí tenía/tengo un pensamiento recurrente. Nunca seré suficiente. Eco oscuro que retumba en mi cráneo.
La depresión es esa galería de exposiciones permanentes en donde he acomodado cada uno de mis fracasos. Enmarcada con dorado, reluce, cada cosa de la que me arrepiento. De manera constante renuevo aquellas hojas de sala, las escribo con letras cada vez más grandes, cada vez más llamativas. Esa sala pletórica y desbordante crece más rápido de lo que quisiera. A veces me adentro a la bodega que mantengo bajo llave, en donde hay cosas tan sórdidas que no soy capaz de colgar en ningún lado. De vez en cuándo las desempolvo para recordar aquél momento en el que toqué fondo. O más bien, aquél momento en que descubrí que mi fondo no tenía fondo, que podría seguirme sumiendo hasta perderme en mis profundidades. El fondo es más bien ese punto de no retorno, ese punto a partir del cual no podría volver a la superficie, por lo menos no sin morir en el intento.

-Tienes que perdonarte a ti misma

-¿Pero cómo?

-Así, solo perdónate, di, me perdono.

-Pero no lo siento.

-Solo dilo, la fuerza de la repetición te hará sentirlo.

Recuerdo aquellos tiempos en los que buscaba deprimirme solo para poder escribir en ese estado cuasi alterado de conciencia. Ahora solo es un estado que visito, que puedo abandonar casi de inmediato. Aunque cada vez que lo hago, invariablemente, siento que he llegado a casa.
 
 

*Foto tomada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 
 

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