ArbotantesHelarte de vivir

¿Por qué tan solita?

/ por Beatricia Braque/

 
 

Hace una semana tuve que tomar un taxi sola. Sentí miedo. No inquietud, no nerviosismo, MIEDO. Te pedimos un UBER, me dijeron. Inmediatamente recordé todo lo que he visto en redes sociales sobre hackeos a la app, sobre casos de acoso, y sobre cómo de alguna forma o de otra la empresa protege a sus choferes. Cabify ni se diga. Bueno, hay una base de taxis aquí cerca, dijeron. En ese momento aquella opción me pareció ser el menor de los males.

Es difícil explicar la vulnerabilidad en la que nos situamos al estar encerradas con un desconocido en un carro en movimiento. Cuando vivía en CDMX también llegué a sentirme nerviosa al abordar un taxi pero nunca como esta última vez. En una ocasión, cuando me subí y cerré la puerta, me di cuenta que el chofer olía espantoso. Además traía una camiseta interior manchada. Le dije que íbamos al sur, a la Av. Toluca, pasando Televisa San Ángel. Me pidió que le indicara por dónde ir. Durante casi media hora de trayecto tuve que irle diciendo dónde meterse y dónde dar vuelta. Nunca supe si iba drogado o enfermo o el porqué de su desorientación. A pesar de que no me hizo ningún comentario inapropiado, fue una experiencia desconcertante.

Una vez me fui con alguien que había ligado en el antro. Por ir fajando no me di cuenta del largo recorrido que hicimos. Al otro día cuando quise regresar a mi casa me dijeron que estaba como a 2 horas. Me dieron ride acercándome una hora y después tomé un taxi de base. Iba cruda y desvelada así que supongo que en algún momento del recorrido me quedé dormida. El taxista que me llevó segura a mi casa no es un héroe ni merece ninguna medalla, simplemente hizo su trabajo. Tampoco creo que sería correcto decir que corrí con suerte, o que qué forma tan estúpida de exponerme. ¿Pensarían lo mismo si quien contara esto fuera un hombre? Además en aquél entonces (hace casi 5 años) no sentía el peligro tan latente. Por supuesto que había historias de terror sobre taxistas en CDMX, pero nunca había sentido cercanía con ninguna de las víctimas. Me bajé a mi casa de lo más tranquila. En otras ocasiones he tenido que soportar a taxistas platicadores y sus miraditas. “¿Y por qué tan solita? ¿Y el novio?”. Con esto no quiero decir que esté mal que hagan plática pero creo que es fácil en momentos así percibir su intención.

Esta última vez tuve miedo, además no me sabía el camino. Noté que el taxista iba manejando espantoso. Mi atención se desvió de un “me van a secuestrar/violar” a un “nos vamos a estampar”. Mi lógica decía que si el taxista iba manejando de esa forma probablemente no estuviera interesado en hacerme daño, supongo que cuando sí quieren hacerle daño a su pasajera manejan de forma tranquila y disimulada para que la víctima no se altere. Con todo y eso decidí mejor abrir Google Maps para asegurarme de que no me fuera a llevar por otro lado.
Para mí existe un antes y un después de Mara Castilla. Una mujer de mi edad, que abordó un taxi a unos metros de mi universidad y quien, como yo, usó el #Simematan. Desde ese día no puedo evitar pensar que pude haber sido yo. Desde ese día no puedo subir a un taxi y no sentir miedo. Desde ese día cada vez que salgo de mi casa no puedo evitar pensar que estoy jugando a la ruleta rusa, y que las estadísticas no están a mi favor.

 
 

*Foto tomada de internet. Todos los créditos correspondientes a la imagen que encabeza el texto.

 
 

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