El heraldo de la lechuza

​​¡Ay, mis perrhijos!

/por Sofía León/

 

Sentada en la pequeña banca del centro comercial, observo a la gente mientras disfruto de un café lechero a media tarde. Me he cansado de ver el celular y de apreciar las mismas publicaciones de gente que cree saberlo todo, opinan y se quejan de cuanto acontece en el mundo. Entonces prefiero mirar a los caminantes dentro del recinto. Algunos van solos, otros en pareja o con sus hijos, pero también existen aquellos que van con pequeñas carriolas enrejadas, vehículos que cuando se detienen un momento, es posible observar que tiemblan:  hay algo que se mueve con vehemencia  y si alguien se acerca, se escuchan ladridos o chillidos, como una poderosa alarma que anuncia peligro. Cuando esto sucede, salen los “papis-dueños-amos” de esas cosas que ladran y los calman con un típico “Ya bebé, no te asustes, no pasa nada”, como niñas llevando a pasear a su muñeca de vinil.

 

          Mientras veo este escenario cada vez con mayor frecuencia en la calle, las plazas comerciales, parques y demás lugares, reflexiono sobre la tendencia de poseer “perrhijos” o “gathijos”. De acuerdo con la revista Forbes, existe un nuevo modelo de familia en el que un animal toma el lugar central del núcleo familiar y se convierte en un sustituto del hijo. Esto se ha vuelto extrañamente cotidiano y aceptable en nuestra sociedad.

 

          Obviamente, existe un mercado que responde a todas las necesidades  de estos nuevos miembros de la familia, lo cual es posible observar en la proliferación de supermercados para mascotas, parques, tiendas de accesorios, spas, etcétera. Este fenómeno ha representado un estupendo negocio. Incluso, hay mercadólogos que afirman que el alimento para mascotas es el artículo que más se vende en las tiendas de abarrotes.

 

         Al sumergirme en el aroma y ese color caqui tan peculiar de mi café, pienso con mayor profundidad sobre cuáles han sido los factores sociales que nos han llevado a esta adopción de conductas.  Descubro que es como descifrar si la gallina fue primero que el huevo, pero tal vez sea posible entenderlo mejor si echamos un vistazo a nuestro cambio de patrones de unos años a la fecha.

 

         De acuerdo con Al Gore en su documental La Verdad Incómoda, poco tiempo después de haber sido tomada la foto de la media Tierra en el espacio por el Apolo 8, se intensificaron los movimientos ecologistas, así como el respeto y cuidado de los animales. Desde ese momento, han venido en aumento tendencias como el veganismo, los certificados de cruelty free, entre otras cosas. De ahí podríamos pasar a toda la serie de denuncias que se hacen a través de los medios de comunicación sobre el maltrato animal, lo cual ha hecho que cada vez más personas tomen mayores iniciativas para contrarrestar dicha práctica. Todo esto indicaría algo muy positivo como sociedad; sin embargo, poco se habla del otro extremo que implica humanizar a nuestras mascotas y convertirlas en parte del genograma familiar.  En su ensayo Las Mascotas en el Genograma Familiar1, Marcelo Rodríguez Ceberio y Marcos Días Videla  proponen una serie de esquemas familiares que incluyen a todos los vínculos entre mascotas y humanos, haciendo entonces una enorme familia que incorpora varias especies de seres vivos.

 

         Hasta aquí todo parece correcto, ¿verdad? Pero ¿qué pasa cuando los animales no comprenden los conceptos de familia o de etiquetas como los seres humanos? Entonces obligamos a una mascota a ir dentro de una bolsa o una carriola, todo por la influencia de la media. Entiéndase el caso particular de películas como  Legalmente Rubia o algunas de Walt Disney que han marcado esta tendencia. Tampoco se debe olvidar que cada vez se vuelven más comunes las bodas de perros o hacer partícipe a la mascota en nuestros eventos importantes.

 

         El tema de consentir a estos seres a grados extremos, como los que se han mencionado, puede indicar un gran vacío social en cada uno de nosotros que intentamos llenar con una proyección de nuestras emociones hacia una mascota. Nuestra sociedad, que juzga en numerosas ocasiones a sus miembros, puede ser una causante de este tipo de acciones con los animales, ya que estos seres no cuentan con la capacidad de juzgar, tal y como nosotros lo hacemos. Con esto, no se pretende dar a entender que tener un animal de compañía sea algo perjudicial, lo cuestionable es cuando se vuelve el centro de atención, dejando aparte la interacción entre seres humanos.

 

         Después de un rato de encontrarme sentada y ya con mi café completamente consumido, observo que la señora que lleva la carriola se aleja. Cuando abandona el centro comercial, se acerca un niño y le pide limosna. Finalmente la señora se hace la desentendida y se marcha, como si  el viento le hubiera hablado.

 

 

Imagen tomada de Internet.

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: web.esporarevista@gmail.com).

  1. https://www.redalyc.org/journal/4595/459564063005/

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