Destruye lo que te destruye

Sobre tías nazis y covidiotas

/por Paulina Meyer/

 

Todos tenemos una tía nazi, ¿no? La que bombardea al grupo familiar de Whatsapp con imágenes del Jesucristo rubio y cadenas sobre la futura vacuna del coronavirus infestada de peligrosos microchips. Quien jura que Bill Gates es un reptiliano y hostiga con teorías conspirativas. En un principio, simplemente ignoraba estos truculentos mensajes, pero un día se me ocurrió ver uno de los videos de YouTube que, según el título, explicaba la verdad de la pandemia. Había un hombre parado frente a una cámara que, sin el más leve rastro de ironía o de burla, aseguraba que esta había sido el producto de un plan maquinado por las familias judías más poderosas del planeta para crear caos, instruir un “nuevo orden mundial” y someter a la sociedad al comunismo. Noté que detrás de él había una placa plateada con el logo de YouTube, indicativa de que el canal posee más de 100,000 suscriptores. 

 

         ¿Saben que otro apócrifo texto decía lo mismo sobre los judíos? Los protocolos de los sabios de Sion. ¿Saben quiénes usaron dicho libelo como uno de los argumentos para justificar su doctrina? Los nazis. Los protocolos dicen, en esencia, lo mismo que el pendejazo de YouTube: que los sefardíes tramaban una conspiración para hacerse del control mundial a través de la masonería y el comunismo. La única diferencia entre los discursos es el intercambio de la masonería por el virus. No sería una locura asumir que tanto mi tía como esos 100,000 suscriptores hubieran votado y apoyado a Adolfo Hitler, ya que comparten muchas ideas con el Partido Nacional socialista Obrero Alemán. No obstante, sospecho que si le dijera eso, se indignaría y negaría semejante acusación. Después de todo, lo peor del discurso de odio es cuando el emisor es ignorante de las consecuencias y los orígenes de sus ideologías.

 

          El culpar a los judíos de las pestes también es una bonita tradición española. Durante el medievo, antes de que los sefardíes fueran echados de la península ibérica, era común culparlos por las enfermedades que azotaban a las poblaciones debido a que poseían mejores medidas higiénicas y, por ende, mejor salud. Su inmunidad los hacía sospechosos ante los cristianos, quienes, básicamente, buscaban cualquier razón para atacarlos. Siglos después y ciertas personas siguen reaccionando ante una pandemia con la misma fórmula a pesar de tener acceso a información que nuestros antepasados oscurantistas no tenían. Lo que más me aterra es pensar que, como los arquetipos de Carl Gustav Jung, el odio y el racismo también parecen ser algo que se engrana en nuestro cerebro y supera el olvido que el paso del tiempo impone.

 

       Pero el problema no se limita a mi tía y los 100,000 idiotas. 30,000 protestantes en Berlín que marcharon en agosto para quejarse del uso de máscaras y las restricciones impuestas por el gobierno. Entre ellos se destacan los antivacunas, partidarios de teorías conspirativas y simpatizantes de la extrema derecha. En Madrid se observaron pancartas que decían “no vacuna, no 5G, no mascarilla” de gente convocada por el partido de ultraderecha Vox. Los integrantes de FRENAAA también mostraron ser víctimas del daño colateral de la desinformación al denotar su xenofobia en su recelo ante los inmigrantes sudamericanos y miedo a la ciencia en sus comentarios respecto a la pandemia. ¿Qué tienen estas manifestaciones en común? Las tendencias ultraderechistas que resuenan por su racismo y conservadurismo, el desinterés por los datos y la facilidad de seducirse por las explicaciones sensacionalistas.

 

       El problema de esto es que cuando juntas a estos jinetes del apocalipsis, o sea, la ignorancia, la información falsa, la histeria colectiva y un contexto de crisis, se dan las condiciones necesarias para que se expandan diferentes formas de discurso de odio, como el anti-semitismo ya mencionado. Este tipo de protestas no son solo peligrosas por el hecho de que están esparciendo el virus con dichas congregaciones, sino porque denotan con qué facilidad los individuos caen ante lo que Hannah Arendt ya nos había advertido como tendencias fascistas. 

 

       Claro que no es lo mismo un covidiota marchando a un oficial del Tercer Reich, pero hay algo inquietantemente similar detrás de sus ideologías basadas en la ficcionalización de hechos, el racismo y el amarillismo. Así que creo que es buena idea cuestionarnos de dónde vienen estos discursos que buscan culpar a ciertos grupos de la crisis, cuál es su historia y si ya se ha demostrado su peligrosidad. Sobre todo en momentos de caos y cambio, ya que estas son las situaciones que suelen llevar a algunos individuos a buscar explicaciones fantásticas con tal de poder tener la satisfacción de señalar con su dedo a alguien. 

 

 

Imagen tomada de Internet. 

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com).

Tags :#covidiotas#discurso de odio#teorías conspirativas

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