Hay que hablarlo

Punto y coma

/por Natcisa/

No soy mis enfermedades mentales,  

padezco enfermedades mentales.

 

Hay una gran diferencia entre ser y padecer. Trato con frecuencia de convencerme de que no me defino por mis enfermedades. Sí, forman parte de quién soy, de cómo me comporto también, mas no tienen porqué ser todo lo que soy, o lo que más resalta de mí. Quiero creer que soy algo más. Si fuese sincero conmigo mismo, no creo me alcancen los dedos de las manos para contar sólo las enfermedades mentales que padezco. O eso creo, y no, no busco «ventanearme» , ni que me tengan lástima.

 

          Este 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental y el pasado 10 de septiembre se celebró el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, ambas fechas, por obvias razones, son de suma importancia para mí. Anteriormente ya he contado retazos de mi historia con el fin de generar conciencia, pero por aquí no, así que eso intento ahora.

 

          Muchas veces bromeo con «la muerte», mi muerte. Digo que no le tengo miedo y de cierta manera, la ansío constantemente. Llevo años sin poder ver un futuro, mi perspectiva es pesimista. Hay días donde siento unas ganas tremendas de vivir, otros donde no doy para más, unos donde no sé qué pasa. No me pregunten por qué sigo estudiando o por qué escribo. Tampoco me pregunten por qué sigo con vida, me cuesta saberlo. Del suicidio se habla en susurros, socialmente se toma a cobardada. La muerte ha sido un tema delicado en mi familia por mucho tiempo, quieran o no aceptarlo mis padres, de mi intento de suicidio se habla menos.

 

         El día nueve de febrero de dos mil dieciséis fue mi último intento de suicidio; un día antes de mi cumpleaños número dieciséis. Hasta la fecha me siento invalidado por cómo sucedió, pues no paré en el hospital como normalmente se concibe esto, más después de platicar con varios amigos, me di cuenta de que muchos, como yo, al siguiente día nos levantamos como si nada hubiese pasado, inclusive dos días después, fui al OfficeDepot a imprimir una tarea.  

 

        El diez de febrero fui directo con la psicóloga de mi preparatoria; ha sido mi peor cumpleaños. Aún recuerdo ir y venir por aquel largo pasillo naranja, las paredes parecían venirseme encima, estaba indecisa de si entrar o no, si valía la pena contar mis problemas, decir en voz alta «anoche me amarré algo al cuello y por mero me petateo, por mero me mato». No recuerdo si entré a clases, no recuerdo nada antes ni después. Tengo varias lagunas mentales, no sólo de mi infancia–pubertad, o de ese día, sino también de hace apenas unos meses; efecto secundario de algunas enfermedades.

 

          Eso sí, recuerdo a mi madre rompiendo en llanto cuando la psicóloga le contó que su hija había intentado quitarse la vida.

          Me sentí desnudo, vulnerable, débil.  

          El que tuviera que mostrar las cortadas en mi cuerpo y las marcas en mi cuello es de lo más traumante que puedo recordar.

 

         Me hicieron «dar consentimiento hablado» para revelar esta información en un momento de vulnerabilidad extrema. Inconscientemente sabía que dicha petición era un mero formalismo; la psicóloga ya tenía una mano sobre el teléfono y me hablaba «dulcemente», dándome a entender que «todo era por mi bien», cuando al inicio yo le había dicho que no quería que se supiera, que sí podría salir de esto sólo con su ayuda.

 

          Ese mismo día me canalizaron con un psiquiatra, me medicaron y comencé con mi terapia de ocho meses. Desde entonces, siento que no sólo cambié yo, que no sólo comencé a etiquetar y adjetivarme con mi diagnóstico, también cambió la forma en la que mis padres me veían; hasta la fecha no sé si mi padre supo todo, pues sólo mi madre estaba en la ciudad. Sé que con el tiempo mis hermanos se han enterado, sé que ellos también han tenido problemas, ignoro qué tan graves, porque como ya dije, en mi casa no se menciona nada de esto. Incluso el día que me desmayé por un síncope de-no-sé-qué en los brazos de mi madre —causado por mi gastritis y SII— está prohibido mencionarse.

 

         Y esto es sólo una parte de cómo se presenta el estigma social frente a las enfermedades mentales, frente a sus síntomas, el padecerlas, hablar públicamente de ellas. «Z se arañó solito su brazo», escuché la vez pasada. No, Z se cortó, no hay por qué eufemizarlo. «Y va a terapia y X está medicado; se les salió un tornillo», dicen por ahí; por y para eso existen estos días de conciencia. Entiendo que ciertas enfermedades mentales son más complicadas que otras, más eso no implica que cada persona que las padezca sea un riesgo, se sabe muy poco sobre ellas, ignoramos cómo son realmente y estamos desinformados, nos dejamos llevar y juzgamos sin saber.  Ir al psicólogo o al psiquiatra es como ir con el gastroenterólogo. Ni siquiera las cantidades de veces que regresas a terapia o te vuelven a medicar es algo malo. Estar con tratamiento psiquiátrico de por vida sólo te convierte  en ser humano. El año pasado tuve una recaída y recibí otro tratamiento psiquiátrico. Durante algún tiempo quise ingresar a un hospital o a una clínica psiquiátrica. Se me quitaron las ganas cuando descubrí el trato de la patada que tienen hacia los internos.

 

         Regresemos a la adjetivación mental.   

Soy depresivo, soy ansioso, soy obsesivo compulsivo, soy distético y puede que eso no se quite nunca, mis pensamientos son intrusivos, soy suicida, soy… soy cinco mil cosas más, que aún no he enfrentado y ni pienso decir

 

          Así he pensado por mucho tiempo, me he encasillado, refugiado y justificado con mis enfermedades mentales, han sido mi zona de confort por más de diez años. Poco a poco he ido cambiando la forma en la que me expreso de ellas y en cómo las concibo. Tengo esas enfermedades, tengo esos pensamientos, tengo ese comportamiento; sin embargo, tengo la oportunidad de ayudar, tengo la capacidad de cambiarlas si eso quiero. Quizá me hace falta el querer más, intentar cambiar mi vida. Siento que esta mala adjetivación en la que caí es por el cómo se siguen viendo las enfermedades mentales. No, no estamos locos. Sí, tenemos un desbalance en ciertos neurotransmisores, nomás, ya, sanseacabó. Así como tengo un desbalance en mi flora intestinal, punto. Realmente es difícil aceptarnos e intentar mejorar cuando la sociedad sólo te tacha, te revira los ojos, te susurra.

 

          La recuperación no es lineal. No estar listo para recuperarte tampoco es malo. Es normal que cueste sentirse cómodo con un psicoterapeuta para poder compartir tus pensamientos. A la fecha sólo he sentido mejora mientras asistía a terapia con una psicóloga, es la cual le he tenido más confianza, lamentablemente por políticas de la escuela ya no puedo seguir yendo. Quizá si se mejorara el sistema de salud público y privado, principalmente el de psiquiatría en este caso, el estigma social sería menor, habría más oportunidades de mejora. Si cierta institución nos diera más de ocho sesiones de apoyo psicológico en cuatro años, gran cantidad de estudiantes tendríamos mejor estabilidad mental; no todos tenemos el dinero para costear sesiones de 900 pesos más tratamiento. Digo.

 

          Aún no es todo lo que quisiera hablar sobre este tema. Bromeando, “podría llenar un librito”, mal escrito pero lleno. No siento que me haya quitado un peso de encima, creo que más bien me agregue otro encima; más gente se enterara de qué tan mal ha estado mi mente por años, quizá me señalen, quizá me censuren por ahí. En fin, agregaría lo siguiente: 

  • Te recomendaría mantenerte en contacto con quien sepas batalla consigo mismo, con su mente, mas no lo agobies, no lo fuerces a buscar ayuda o a contarte todo si no está listo. Ciertas veces más que aconsejar o «intentar salvar», sólo se necesita prestar la oreja, escuchar al otro. 
  • De igual forma, creo es importante también checar a aquel que «siempre está bien». No mostrar ningún signo o síntoma, ocultarlos, es un mecanismo de defensa, una autoprotección. Sin embargo, eso no significa que el preguntarles cómo están no tenga un impacto positivo, quizá es lo que se necesita para dar el paso a pedir ayuda.
  • Sobre todo diría: cuídate y no te abandones. No necesitas estar para todos si no puedes estar para ti mismo. Se vale no poder, no querer nada más. No eres un cobarde, tienes permitido ser vulnerable y recurrir a alguien. No te puedo prometer que todo mejorará, pero creo es mejor ponerlo a prueba y vivir, porque de todos modos la muerte es inevitable, más vale hacer algo antes de que ella llegue por nosotros.

 

         Hay que ser más humanos. Es por esto que creo fielmente que necesitamos generar aún más conciencia entorno a las enfermedades mentales y al suicidio, y no sólo reducirlos al simple hashtag de estos meses. Hacer de esta búsqueda de ruptura con los estigmas un ejercicio constante, hasta que un día ya no sea necesario. El suicidio y sus intentos no son sinónimo de ser cobarde y  las enfermedades mentales no lo son de la locura. Todos merecemos tener un ; , el inicio de un nuevo capítulo, símbolo que decidí tatuarme cuando cumplí los veinte años. Como bien dice el lema de la asociación Project Semicolon: your story isn’t over

 

 

 

Imagen tomada de Internet.

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com).

 

  

 

 

Tags :#Día Mundial de la Salud Mental#Día Mundial para la Prevención del suicidio#enfermedades mentalespunto y coma

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