Destruye lo que te destruye

¿Cómo voy a ser racista si uso el #blm?

/por Paulina Meyer/

 

El 2 de Junio del 2020, Instagram se llenó de cuadros negros para protestar el asesinato del africano americano George Floyd a manos de un policía. Dicho gesto tuvo tal impacto que incluso pude observar a varios compatriotas mexas postear el suyo junto con el #blackouttuesday. Decidí no participar ya que se me hubiera hecho increíblemente hipócrita hacerlo mientras hay una mujer oaxaqueña, trabajando informalmente para una familia burguesa blanca, en mi cocina como si todavía estuviéramos en el siglo XVIII. ¿Cómo podría decir #blacklivesmatter si mi propia casa es una micro reproducción de la estructura racista y clasista que ha imperado en México desde su consolidación como territorio?

 

         Al parecer no muchas  personas de mi círculo social (queretano mocho burguesón y el de la UDLAP a.k.a no queremos gente morena en los videos promocionales porque esa no es la imagen que queremos dar) se hicieron la misma pregunta. Me dieron la impresión de que participaron en el movimiento como si éste poseyera la ligereza de otra tendencia más, debido a que nunca vi discusiones respecto a cómo nosotros mismos, desde nuestros pentáculos del privilegio, también adoptamos las estructuras que permiten la continuidad de una sociedad tan injusta e inamovible. Pero bueno, es sencillísimo ser woke con la semi performatividad del lenguaje de lo políticamente correcto.

 

         Mientras que el internet y las posibilidades del ciberespacio nos han permitido encontrarnos con voces de la periferia que, por primera vez, pueden llegar a nosotros sin mediación, la esfera del discurso liberador y buena onda también se ha contaminado de lo manipulativo y comercial. Y, lo peor de todo, ha sido ya adoptado por la gente como un lugar común y una serie de frases hechas desteñidas de sus intenciones políticas originales. Tan sólo veamos cómo varias marcas han cooptado el discurso del feminismo, de la comunidad LGBTQ+ y de los movimientos anti-discriminatorios como técnicas de marketing a través de hashtags como #girlboss, #blm, #loveislove y nuevas empaquetaciones arcoíris o comerciales con mensajes pseudoprogres. A primera vista esto parece un gesto de santos (¡San Coca-Cola! ¡San Doritos! ¡Patrones de los movimientos justicieros!), pero si uno es realmente crítico, notará que esto es sólo palabrería semi performativa. 

 

         Se da la impresión de que si se usa el #thefutureisfemale entonces automáticamente la empresa se rige por principios feministas, pero esto es una técnica manipulativa para producir dicha sensación. La realidad es que poner un hashtag no afecta la estructura patriarcal en la cual se erigió la corporación. Tampoco nos da garantía de que las mujeres que trabajan ahí son tratadas con respeto e igualdad. De la misma forma, si es que la compañía tampoco dona alguna porción de lo que gana con el producto decorado con #girlpower a alguna causa pro feminista, indica que se está colgando del movimiento por razones de remuneración económica y no por un legítimo gesto de apoyo o empatía.

 

        Poner el #blm tampoco nos hace menos racistas ni arregla la prejuiciosa sociedad mexicana. No son estos más que trucos de performatividad pretendida que dan una satisfacción automática sin exigir reflexión o un cambio de estilo de vida. Y también, ¿por qué solo cuando los gringos lo hacen entonces comenzamos a articular nuestros discursos de igualdad cuando aquí ya teníamos problemas urgentes de genocidio indígena desde hace como cinco siglos? ¿Realmente nos importa el tema si es que tenemos que esperar que se vuelva trending topic para participar?

 

         El activismo desde el celular es muy cómodo y ni siquiera necesita de pensamiento propio: puedes simplemente retuitear lo que otros jovencitos woke ya dijeron. Así es cómo se van dispersando nuevas frases pegajosas y repetibles que por ende son cada vez más vacías (el gran peligro de la frase hecha) pero sencillísimas de usar en cualquier debate en Facebook. Y, gracias a que las redes sociales dan una sensación de performatividad y presencia social, te puedes sentir con la satisfacción de haber cambiado al mundo un hashtag a la vez.

 

         Cuando nosotros (y con nosotros me refiero a mi comunidad privilegiada, no a aquellos grupos que por medio de las redes han encontrado magníficas maneras de expandir su lucha y de generar resistencias ante el sistema hegemónico) usamos el lenguaje de lo políticamente correcto no sólo sentimos que mejoramos a la sociedad, sino que a causa de esto creemos poseer  algún tipo de superioridad moral frente a quienes acusamos de ser más legos y menos progresistas. Pero la cosa es que no estamos haciendo los cambios importantes,  los profundos, estructurales y los que, a fuerzas, significarán sacrificar nuestros privilegios. En realidad, estamos usando nuestro acceso a estos discursos como una forma de pretender una preeminencia ética e incluso espiritual para justificar nuestra necesidad de “educar” al que catalogamos como ignorante. Técnica que tanto la burguesía como los colonizadores han usado para vindicar su dominio ante sus otredades.  

 

         Finalmente, si en verdad quisiéramos ser salvadores blancos, entonces empezaríamos enfrentando y evaluando nuestras propias conductas tanto en el ámbito privado como el público. Seríamos críticos con nuestros prejuicios y tendríamos que confesar cómo hemos practicado acciones racistas y machistas. Entonces vendría lo difícil: el cambio. Pero me temo que aquí el sólo mejorar como seres humanos no será suficiente; tendremos que cambiar también el sistema en el que vivimos, para lo cual se necesitan acciones políticas colectivas y radicales. ¿Cómo lograr esto? Quisiera tener la respuesta. Lo que sí me queda claro es que, antes de osar publicar el #blm, se requiere  un largo proceso de autorreflexión.  Si no, seguirá pareciendo que usamos al discurso de lo políticamente correcto para enmascarar la jerarquía social que coronamos y para generar la noción falsa de un mundo que cambia y mejora por medio de una semi performatividad que nos permite mantener nuestros privilegios al mismo tiempo que dominar el compás moral del momento (pero sin acatar estos mismos principios, claro está). 

 

Imagen tomada de Internet.

 

Los textos así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP. (Para toda aclaración: esporarevista@gmail.com).

 

Tags :#blacklivesmatter#thefutureisfemale#woke

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