Voluta desdibujada

Como sobre el diván

/por Alan García/

 

En el prólogo de El último lector, Ricardo Piglia se refiere a la lectura como una “aspiración a la intimidad y al aislamiento”, y no puede ser de otra forma. El que lee está solo, tiene que estarlo, de lo contrario irrumpiría la realidad inmediata, y el mundo del texto (ficticio o no) se desmoronaría. Se infiere, entonces, que uno es más “yo” cuando está leyendo que cuando está en sociedad. El acto de lectura nos expone, nos muestra algo que otros no saben, ya sea porque lo ocultamos o ni siquiera lo notamos.

 

         Cuando leo me encierro en mi cuarto y, ya dentro, me encierro en el escritorio. Lo primero que hay que decir es que los límites de este segundo encierro son dos paredes y mi laptop. El escritorio se extiende desde una pared a la izquierda –que también tiene una ventana– hasta la puerta. Sin embargo, esa extensión se interrumpe con la computadora, pues cuando leo me gusta escuchar ruido blanco o Lofi Hip-Hop. El escritorio se hace más pequeño. La segunda pared queda enfrente y evita muchas distracciones.

 

         En este espacio donde me aíslo para leer, hay siempre seis objetos: una lámpara, un gran vaso con agua, una servilleta, el libro, un lápiz y mi celular. Apenas la semana pasada reparé en ellos y, gracias a Piglia (por su culpa), decidí analizarlos obsesivamente, ver qué función cumple cada uno y qué dicen de mí. Las siguientes líneas son el resultado de semejante pérdida de tiempo.

 

          La lámpara es la vista, entendida como algo que permite ver pero también como decoración: su aspecto simple, casi monocromático, armoniza con el aspecto general del cuarto. Tiene tres intensidades de luz; yo siempre me quedo con la primera, que es la más suave. Cuando leo, prefiero estar relajado, que nada ni nadie me perturbe con su “intensidad”. Estoy consciente de que, a largo plazo, esa tendencia a la relajación puede llevarme a la ceguera, pero confío en las operaciones oculares.

 

         El vaso es la sobrevivencia constante y el bienestar; el recordatorio de que, muy a mi pesar, no soy una cabeza flotante e inmaterial. Me deshidrato fácilmente, necesito tomar agua con mucha frecuencia. Podría no hacerlo, pero entonces se me secarían los ojos y ya no podría leer: un desenlace más trágico que la ceguera, menos borgiano. Eso explica la elección de un vaso grande en vez de uno común y corriente. De aquí se desprende otra condición de lectura: necesito que el agua me dure mucho tiempo para no tener que ir a la cocina cada veinte minutos. Así como prefiero la luz suave para no ser interrumpido por la intensidad, prefiero los vasos grandes para no ser interrumpido por mis necesidades fisiológicas. El cuerpo es el peor compañero de lectura.

 

         La servilleta es la higiene. Cumple dos funciones: limpia el agua que a veces cae en el escritorio y, más frecuentemente, me seca el sudor de la cara cuando hace calor; problema agravado, lo admito, por no querer recogerme el cabello.

 

         El libro y el lápiz se complementan. O mejor, el lápiz ayuda a que el libro permanezca aún estando cerrado; rescata sus ideas más importantes. Tal vez porque estudio literatura, siento la necesidad de sintetizar los libros conscientemente, en contraste a dejar que las ideas se me queden por el solo hecho de haberlas leído. Soy obsesivo, tengo que retener todos los detalles: el lenguaje, la estructura, los temas explícitos e implícitos. Por eso mis lecturas son tan lentas, incluso frustrantes, pues entender y recordar algo requiere olvidar un poco en favor de la generalización. En todo caso, lo cierto es que corro el riesgo de que un día, por no haber dormido bien o estar de mal humor, esa frustración me lleve al punto de quiebre, me haga quemar mi librero o, en un acto más criminal, dejar la carrera.

 

         Por último, el celular es la comunicación, los restos de la vida social en el aislamiento. Al hablar de Robinson Crusoe, Piglia se detiene en nuestra incapacidad de escapar completamente de la cultura en que crecimos: “El sujeto que lee en soledad se aísla porque está inmerso en la sociedad, de lo contrario no precisaría hacerlo […] El aislamiento presupone la sociedad de la cual el individuo quiere huir”. No me gusta tener el celular tan cerca porque es un distractor, casi tan malo como el cuerpo, pero se ha vuelto esencial y no puedo alejarlo del todo. Por un lado, es constitutivo de la sociedad en que vivo; por otro, consecuencia de lo anterior, es la forma en que puedo saber si mis amigos y familiares están bien o si mi mamá necesita que vaya al súper.

 

         Queda un problema, también relacionado con el cuerpo: las ganas de ir al baño, perpetuadas por la hidratación constante. Pero ya casi me acostumbro; he tenido que desarrollar cierto estoicismo y, en vez de lamentarme, agradezco que el baño es mío y está a seis o siete pasos del escritorio. Por otro lado, quizá a costa de mi salud, he aprendido a aguantar mucho tiempo.

 

         Hay varias formas de acercarse a la introspección, tan necesaria actualmente. Conocer nuestros límites y contradicciones puede evitar malentendidos y las guerras que nacen de ellos; saber de qué somos capaces nos proporciona mejores medidas para nosotros mismos. Invito a todos a que, por lo menos una vez, partan de la lectura y sus condiciones. Yo soy el que reniega del cuerpo, le tiene rencor, pero sabe que lo tiene que cuidar. Soy también el que se aísla pero sólo parcialmente; en ocasiones retomo el contacto con el exterior. Dicho sea de paso, no me gusta hacer ejercicio, pero a veces salgo a caminar. Me gustaría conocer a un lector como el Che, siempre moviéndose, siempre afuera, un lector que no es lector. Espero que aparezca luego de esta columna.

 

 

 

Imagen tomada de Internet.

 

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